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Sábado, 29 de noviembre de 2014

LITERATURA › OPINION

La gracia de los abrazos

 Por Tununa Mercado

Volver a México después de haber vivido allí tanto tiempo es siempre un vuelco al corazón, si esto quiere decir que la emoción gana mi interior de persona en el plexo y se expande hasta la piel. Es el reencuentro con mi hijo; allí está, como un puntal que posee la clave de lo que se recupera al abrazarlo: como si él se hubiera quedado para custodiar lo que fuimos y tuvimos en ese país, y de pronto lo desplegara, vivificado, mientras avanzamos por las avenidas hacia el sur. Poco a poco comienza el reconocimiento, no tanto de los cambios, sino de lo que no cambió, perfiles de barrios, calles que se meten hacia un fondo que será siempre inexplorado. Y, de pronto, lo conocido: allá ya se ven las torres. Las torres de Mixcoac, nuestro lugar de crianza, no sólo para los hijos que llevamos en 1974, sino para nosotros, sus padres. Por empezar, criarse en lugares donde lo real se aposenta con una gravedad desconocida, amalgama de eso llamado precolombino, que es un “antes” jamás entrevisto ni palpado, un barroco en cuyo interior sobrevive, apretado, oculto, el dios esculpido, la escritura indescifrable. Criarse con fondo de volcanes y un arte cuyos trazos pareciera que acababan de llenar los muros. Y, lentamente, la convivencia con los pares en las letras, queriendo yo ser par también de tejedores que me enseñaron sobre telares el arte del tejido. Y, entrelazada hasta el sofocamiento, la condición de exilio, mitigada por la convivencia y la amistad con quienes la vivían con la misma intensidad de dolor y de respuesta en contra de la dictadura.

Recibí en 2007 el Premio Sor Juana por Yo nunca te prometí la eternidad, un libro en el que quise reconstituir unas vidas de exilio, de refugiados que fueron “apátridas” por ser judíos alemanes en Francia y luego refugiados en México por su vínculo con la guerra de España. A esa gente, a esa familia, creo haberles devuelto una historia cuyos repliegues permanecían recónditos y cuyas “escrituras” tenían que salir a la luz para conferirles valor y darles vida. Una mujer, Sonia, artista, madre que pierde a su hijo en una carretera hacia el sur, huyendo de los alemanes que tomaban París, un hombre enrolado en las Brigadas Internacionales, un niño extraviado. La búsqueda, el encuentro, los avatares de la guerra me llevaron a saber demasiado, aunque nunca tal vez lo suficiente, de los protagonistas de un tiempo desgarrado en el que reinaba la muerte, pero también el pensamiento vivo: Koestler, Regler, Otto Katz y, sobre todo Benjamin, cuyas letras WB aparecieron en los diarios de Sonia y me llevaron a trazar el encuentro de dos seres que huían buscando fronteras.

La Feria del Libro en Guadalajara, en la que estuve algunas veces, es un acontecimiento fulgurante, un enorme juego de artificio donde los reencuentros siempre tuvieron para mí la gracia de los abrazos, de la continuidad del afecto. Volver a México ahora no es como llegar en 1974. Se han revertido las figuras. Llegábamos llenos de muerte, buscando refugio, consuelo. Vamos a un país atravesado por la muerte.

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