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Domingo, 15 de febrero de 2015

LITERATURA › CUATRO NUEVAS TRADUCCIONES AL ESPAñOL DE EL PRINCIPITO

La eterna actualización de un clásico

 Por Silvina Friera

La liberación, como una puerta que se abre, acelera la maquinaria mundial de ediciones. Los derechos de autor de la obra de Antoine de Saint-Exupéry (1900-1944) entraron en dominio público el pasado 1 de enero, luego de cumplirse setenta años de la muerte del escritor y aviador francés. Le Petit Prince –que se editó por primera vez en Estados Unidos en 1943 y en Francia recién en 1946– fue traducida al castellano por Bonifacio del Carril para Emecé Argentina, que la publicó en 1951 como El Principito, título en diminutivo que es la marca registrada de esta traducción canónica. Al menos cuatro escritores argentinos han trabajado sus propias versiones: Ana María Shua, Cristina Piña, Marcelo Cohen y Leopoldo Brizuela. Shua la tradujo originalmente hace unos veinte años para Ameghino, una editorial de Rosario que arrancó “muy bien” y se fundió en los malos tiempos. Entonces cambió el plazo para que una obra quedara libre de derechos –de 50 a 70 años– y no llegó a publicarse. “De pronto, a fines de 2014, me di cuenta de que todavía podía ofrecer esa traducción. Y me la compró Guadal, la editorial de la colección El Gato de Hojalata. La revisé con mucho cuidado pero me gustó y no cambié nada. ¡Se ve que hace veinte años escribía mejor que ahora!”, ironiza la escritora. “El Principito es un libro de autoayuda espiritual infantil, sus consideraciones morales y sus consejos apenas disimulados se adaptan perfectamente a esta época. Los ideales de la humanidad no cambiaron mucho: juntar plata es malo, amar es bueno, etcétera”, agrega la autora de Fenómenos de circo a Página/12.

La versión de Brizuela saldrá en junio o julio por el sello Su-damericana (Penguin Random House) en la colección Especiales. “No creo que haya perdido capacidad de atraer lectores –advierte–. Las marcas de época, que quizá haya que explicar a algunos chicos, son poquísimas. Sus ilustraciones siguen siendo muy sugerentes. En cierta medida, puede decirse que el texto ‘ilustra’ los dibujos y no al revés, y quizá a eso se deba también la naturaleza bella pero errática de la historia central. La traducción de Bonifacio del Carril, que todos leímos, ha envejecido mucho. Aunque no se hubieran liberado los derechos, ya era tiempo de hacer otras.” Piña –poeta, crítica literaria y profesora– estima que la obra de Saint-Exupéry resiste el paso del tiempo por la imaginación del autor y la poesía del mundo que crea. “Su planteo podría considerarse un caso de ciencia-ficción poético-filosófica. Hay rasgos perdurables en su universo que siguen despertando algo en los chicos. Mi hija no sólo lo leyó y lo amó en su infancia, y luego se los leyó a sus propios hijos, sino que ellos lo vivieron y lo amaron tanto como, por ejemplo, a las canciones de María Elena Walsh, con las que también se criaron y cuya muerte sufrieron como si hubiese sido de la familia.”

Cuando se vuelve a leer un libro, se corre el riesgo del desencanto. “Confieso que cuando la editorial Catapulta me ofreció la traducción temblé, porque me ha pasado con otros libros que guardaba como joyas en mi memoria y que, al releerlos, me desilusionaron. Pero con El Principito fue al revés: la escritura carece de manierismos de época, la visión de la infancia no es edulcorada, sus personajes son entrañables, tiene una gran ternura y enfrenta el tema de la muerte –la serpiente que habla largamente con el Principito– de una manera única: con estremecimiento y miedo pero sin terror; con una naturalidad carente de toda ñoñería; con esa ingenuidad trágica que asocio con la niñez.” Cuando releyó la famosa novela, Shua la encontró “un poco mejor” que el recuerdo que tenía. “La leí por primera vez a los doce años con enorme decepción. Esperaba una narración y me encontré con un ensayo acerca de cómo hay que comportarse para ser feliz en la vida.” Brizuela aceptó traducirla porque era como “un cuento aparte” que quería contarse a sí mismo: meterse en un texto que de chico le parecía inalcanzable. “Acabo de leer en una página dedicada a El Principito que en realidad no se trata de un libro para chicos, sino de un ‘cuento filosófico’. Exageran, creo, pero si uno lo piensa tiene mucho en común con el Cándido de Voltaire: ese itinerario que a su manera le muestra le monde comme il va. La parte filosófica me habrá enganchado tan sólo por el absurdo de los diálogos, un poco en la línea de (Lewis) Carroll o de María Elena Walsh, aunque mucho menos corrosiva –compara el autor de Una misma noche–. Ese enganche... no pudo permanecer con la misma fuerza en mi memoria.”

“El lenguaje de Saint-Exupéry es muy bello, su prosa es una de las grandes y auténticas cualidades del libro. Lo más importante era no traicionarlo –explica Shua–. El francés y el español son lenguas muy cercanas, es difícil cometer errores. Traté de elegir palabras y giros tan sencillos y conocidos como los que elige el autor, sin caer en galicismos ni en argentinismos. Mi otra preocupación, al principio, fue que mi traducción resultara distinta a la tradicional, la de Bonifacio del Carril, que es excelente. Pero enseguida me di cuenta de que no había ningún peligro, porque cada traductor tiene su propia sintaxis, su propio vocabulario, su estilo personal de comprender su propio idioma”. No tuvo dificultades, excepto la única, “la insalvable”: el verbo apprivoiserlo que el Principito hace con el zorro–, “para el que no encontré nada mejor que ‘domesticar’”, precisa la escritora.

“El término en español tiene algo de negativo, y nada del encanto y el doble sentido del francés. Tengo curiosidad por leer otras traducciones y ver si alguien encontró una equivalencia mejor.”

Bucear a fondo en el mundo y en la escritura del autor para tratar de recrear su tono, su ritmo y sus efectos de lenguaje. Ese fue el plan trazado por Piña. “Mis obsesiones fueron no olvidarme nunca de que el destinatario principal es un chico y mantener, en castellano, la respiración de Saint-Exupéry y las diferentes modulaciones de los personajes. No es lo mismo el lenguaje del Principito que el de la flor, el rey o el vanidoso –aclara la autora de Alejandra Pizarnik. Una biografía–. Hay una polifonía muy sutil que me empeñé en reproducir sin ser infiel, a la vez, a la voz en primera persona del narrador, el piloto que se encuentra con el protagonista y cuya última página todavía me estruja el corazón. Siempre he opinado –a diferencia del admirado Benjamin– que salvo excepciones –entre las cuales recuerdo la memorable traducción al inglés de La orestíada en la puesta de Peter Hall–, el texto debe sonar como si estuviera escrito en el idioma al que se lo traduce, en el sentido de producir efectos similares en el lector, como quería Octavio Paz.” El desafío que se propuso Brizuela fue traducir la obra a un lenguaje “más actual”. “Quería que el narrador usara palabras de todos los días, volviendo anécdotas y descripciones mucho más vívidas. Quería que cuando hablara el Principito, cualquier chico pudiera sentir que él hablaba su propio lenguaje –comenta el escritor–. Por otro lado, tenía muy presente que muchos adultos querrán leer el libro a los chicos en voz alta; y que el texto tenía que ser, como dice Margaret Atwood, una ‘partitura para la voz’. Eso me llevó a tomar determinadas decisiones, como reponer sujetos, trabajar cadencias y ritmos para destacar su carácter casi oral. Lo difícil fue hacer ciertas elecciones previas al comienzo de la traducción. Tuve que pensar mucho y corregir muchas veces, tratando de que mi versión pudiera ser a la vez despojada y lírica, profundamente melancólica y muy frecuentemente humorística, tierna sin ser ñoña. Como es el libro en francés.”

Brizuela señala que en la versión de Bonifacio del Carril “uno acepta que el narrador sienta ternura por el Principito, pero el lenguaje de la traducción impide sentir esa ternura, o lo permite sólo muy moderadamente”. “En cuanto traduje a nuestro lenguaje su primera frase, el Principito se me mostró como lo que es: un chico. En la versión antigua, el Principito ingresaba en el cuento diciendo ‘dibújame un cordero’, una orden bastante fría y autoritaria; pero en cuanto ‘lo oí’ decir ‘dibujame una ovejita’, la esencia de ese personaje solitario, valiente e indefenso, no sólo ante el universo sino ante su propio deseo y su incapacidad de comprender, se me reveló como la misma esencia de la infancia, eso que nos convoca a protegerla porque, como suele decirse, más que recordarla, la llevamos dentro de nosotros mismos.”

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Los derechos de autor de la obra de Antoine de Saint-Exupéry entraron en dominio público. Ana María Shua, Cristina Piña, Marcelo Cohen y Leopoldo Brizuela trabajaron sus propias versiones.
 
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