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Jueves, 9 de julio de 2015

LITERATURA › ETERNA CADENCIA PUBLICO VENTANAS Y OTROS RELATOS, DE STEPHEN DIXON

“Mis ficciones se volvieron frágiles”

El escritor norteamericano nunca contó con el reconocimiento de otros colegas de su generación, pero leerlo tiene el regusto de los grandes descubrimientos. “Intento escribir cada uno de mis cuentos de una forma completamente distinta”, afirma.

 Por Astrid Riehn

Los peores escenarios se materializan en los cuentos del norteamericano Stephen Dixon: un suicida yerra el tiro y agoniza con la mandíbula rota en un cuarto de hotel; un hombre llega a casa y se encuentra con que su mujer está siendo violada; una pareja que viaja en taxi al hospital es atropellada por un auto mientras que una niña sale volando por la puerta de un avión. Por no mencionar a las mujeres que dejan a sus maridos de un día para el otro confesándoles sin anestesia lo felices que son con otro. Aunque pueda sonar irónico, leer a Dixon, de quien Eterna Cadencia acaba de publicar un segundo volumen de cuentos, Ventanas y otros relatos, es tremendamente placentero. Y no sólo por la originalidad de sus historias, su coqueteo con lo fantástico y la belleza desnuda de su prosa –que no les teme a las repeticiones, pero sí a los adornos excesivos–, sino también porque su lectura tiene ese regusto especial de los grandes descubrimientos. Y es que hasta el año pasado, cuando la editorial argentina publicó Calles y otros relatos (cuya selección, al igual que la de este segundo libro, estuvo a cargo del escritor Eduardo Berti), Dixon no había sido traducido nunca antes al español. Parece increíble para un escritor tan prolífico, que lleva publicados más de treinta libros entre cuentos y novelas, dos de las cuales, “Frog” e “Interstate”, fueron finalistas del National Book Award, uno de los premios literarios más prestigiosos de Estados Unidos.

Nacido en Nueva York en 1936 y contemporáneo de escritores estadounidenses como Thomas Pynchon, Philip Roth, John Irving y Joyce Carol Oates, a pesar de su extraordinario talento Dixon nunca contó con el reconocimiento del que gozaron estos. “No es algo en lo que piense demasiado. Si empezara a pensar en que no tuve el reconocimiento que merezco, me amargaría y destruiría todo el placer que me da escribir. Creo que haber publicado treinta y dos libros en dieciséis editoriales distintas y unos 600 cuentos es reconocimiento suficiente para un escritor. Y sigo escribiendo y publicando, por lo que quién sabe qué me depara el futuro”, dice en diálogo con Página/12 desde su casa en Ruxton, Maryland.

Dixon admite sin rodeos que nunca pudo vivir de sus libros. “Siempre tuve que trabajar para poder escribir y mantener a mi familia. Pero intento verlo desde su lado bueno. Me vi obligado a tener una cantidad de empleos distintos en los que no hubiera trabajado si hubiera hecho dinero escribiendo. Eso me brindó muchas experiencias de trabajo y encuentros con personas”. Esos trabajos van desde chofer de micro escolar y barman hasta periodista. Y entre esos encuentros destacan entrevistas con John F. Kennedy (en ese entonces, senador por Massachusetts), Richard Nixon (que era vicepresidente) y el dirigente soviético Nikita Kruschev, quien al ver a un jovencísimo Dixon acercarse corriendo para hacerle algunas preguntas, y a pesar de ser mucho más bajito que él, le preguntó a su traductor: “¿Quién es este hombrecito?”.

Sin embargo, lo que sostuvo a Dixon la mayor parte se su vida fue su trabajo como profesor de la Universidad Johns Hopkins, donde dio seminarios de escritura entre 1980 y 2007, año en que se jubiló. Un empleo que, confiesa, no le sirvió de inspiración para escribir. “No es una profesión que se traslade demasiado bien a la ficción”, aclara.

A pesar de que cree que sus experiencias como periodista tampoco se colaron en sus ficciones, sí parece haber en sus cuentos algunos resabios de este oficio. Sus primeras líneas suelen ser muy potentes, como si quisiera agarrar al lector del cuello y no soltarlo más, y van desde “Mi mujer muere. Me he quedado solo” en “La firma”, hasta “Quieren quitarme la pierna. Cortármela al ras de la cadera” en “Corte”, dos cuentos incluidos en Calles y otros relatos. Además, sus historias suelen incluir varias voces que brindan sus puntos de vista sobre un mismo acontecimiento. “Ser periodista me enseñó el valor de llegar al corazón de la historia de forma directa y, en beneficio de la claridad, escribir oraciones cortas y declaratorias”, dice.

Pero lo cierto es que Dixon es, ante todo, un escritor de ficción y por tanto, a pesar de sus casi 80 años, un niño que inventa mundos y que, además, intenta ponerlos patas arriba y del revés. Sobran ejemplos en varios de los cuentos incluidos en Ventanas y otros relatos, como “Cuervos”, en el que un anciano descubre con asombro que un pájaro cae muerto al suelo después de apuntarlo poniendo sus dedos en forma de pistola. El problema surge cuando el truquito demuestra la misma eficacia con su esposa.

–En sus cuentos está muy presente el temor a perder a un hijo. ¿Tiene una explicación para esto?

–Es uno de mis mayores miedos. Quizá se deba a que fui padre en una etapa tardía de mi vida, a los 46 años, a pesar de que quise serlo desde mucho antes. Pero supongo que hay otras razones. Como muchos otros escritores, estoy lleno de miedos y éstos se trasladan a mis ficciones. Supongo que se debe a que tengo una imaginación muy vívida que pareciera no dejar de funcionar nunca: me acompaña la mayor parte del día y sigue conmigo cuando sueño todas las noches. Muchos de esos miedos diurnos se convierten en cuentos y a veces también lo hacen mis sueños.

–A veces niega lo que afirmó algunas oraciones antes, como si reescribiera frente a su lector.

–Sí, es cierto. Me gusta jugar en mis ficciones, contar las historias de formas que no haya visto nunca antes. Eso hace que el acto de escribir se vuelva emocionante y no algo repetitivo. Siempre intento escribir cada uno de mis cuentos de una forma completamente distinta.

–En algunos pasan cosas terribles, como en “El intruso”, donde un hombre es testigo de la violación de su mujer. ¿Se angustia al escribirlos?

–En 14 Stories, el libro que incluye ese cuento, estaba intentando escribir sobre el lado más oscuro de la vida, aunque también hay historias graciosas en él. Odio cualquier tipo de violencia, ejercida tanto por el Estado como por un individuo, física o verbal. Me gustaría que la vida transcurriera suave y amorosamente para todos, pero como sé que no es así, escribo sobre ello, quizá para manifestar mi solidaridad con todos los que sufren y mi compromiso con todos los que no le causan sufrimiento a nadie.

–Las historias reunidas en Calles y otros relatos, que van de 1976 a 1989, parecen ser más crueles que las incluidas en Ventanas y otros relatos, que van de 1989 a 1994. ¿Su forma de escribir cambió con los años?

–Es cierto. Lo que escribo se ablandó un poquito con los años. Bueno, en realidad siempre cambió. Tuvo que cambiar porque, de lo contrario, no podría haber seguido escribiendo. Lo que escribo se ha vuelto más interior; es decir, lo que pasa dentro de mi cerebro se volvió más importante que lo que pasa fuera de él. Tanto la memoria, los sueños, las fantasías y la contemplación así como los riesgos de volverse viejo se volvieron mucho más importantes de lo que eran. Mis ficciones solían ser mucho más activas. Con los años, se han vuelto casi inactivas. Casi podría decirse que se volvieron frágiles, como si estuviera pidiendo ayuda. Pero qué otra explicación puede haber más que me estoy volviendo viejo y que mi imaginación vívida y mi hipersentido de la realidad están manifestando las consecuencias de ello.

–¿Qué escritores lo han influido?

–No me siento influido por la ficción de ningún escritor, ni pasado ni presente. Lo que más me ha influido de algunos de ellos es cómo llevaron adelante sus vidas mientras intentaban escribir, cómo siguieron haciéndolo a pesar de los reveses, tanto personales como profesionales. William Faulkner, Samuel Beckett y James Joyce son buenos ejemplos. Nunca se traicionaron. Nunca escribieron conscientemente una línea que no fuera lo mejor que pudieran haber escrito. No hubo nada barato en ellos, nada para hacer dinero.

–¿Qué piensa de los escritores que logran hacer mucho dinero?

–No es mi problema. Conocí a un puñado de escritores que se corrompieron por dinero o simplemente tuvieron suerte y uno de sus libros tuvo éxito para la crítica y financieramente. No suele pasar mucho. La mayoría de las listas de best-sellers están llenas de basura, libros con los que me cortaría la garganta si fuera el autor de alguno de ellos. Mi actitud siempre fue: “¿Por qué matar lo que más amas hacer?”. Porque si hubiera escrito algo sólo por el dinero, o para satisfacer los deseos de mi editor y mi agente literario, sé que nunca hubiera podido volver a escribir algo bueno.

–En muchos de sus cuentos, son las mujeres las que dejan a los hombres. ¿Por qué?

–Supongo que a veces estoy tratando de mostrar las debilidades de los hombres y las fortalezas de las mujeres. Es cierto que suelo escribir desde el punto de vista de los hombres, cómo los afectan las cosas: el amor, las enfermedades, el trabajo, las separaciones, la muerte; todo lo que puedo explorar y convertir en ficción. Escribo historias emocionales y trato de llegar lo más profundo que puedo.

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“Muchos miedos diurnos se convierten en cuentos y a veces también lo hacen mis sueños”, dice Dixon.
Imagen: Gentileza Antonia Frydman
 
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