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Jueves, 6 de agosto de 2015

LITERATURA › MURIó AYER, A LOS 77 AñOS, LA POETA JUANA BIGNOZZI

Una voz demoledora de mitos

Era una de las figuras más importantes de la poesía argentina. En sus comienzos integró el grupo El Pan Duro, invitada por Juan Gelman. La autora de Mujer de cierto orden fue durante un tiempo militante comunista y supo desempeñarse también como traductora.

 Por Silvina Friera

“Soy una poeta sin tragedia, no vivo torturada por un verso.” Eso decía, con el bisturí feroz de su ironía, la poeta Juana Bignozzi, “una de las voces más personales y profundas, más entrañables y cálidas de nuestra lengua” –como señaló Jorge La- fforgue en la introducción de La ley tu ley–, que murió ayer a los 77 años, en el Hospital de Clínicas, donde estaba internada desde hacía unos días por una infección urinaria. Le gustaba demoler mitos, uno a uno y de a poco. Lucidez, claridad de percepción, penetración, sagacidad, olfato, el listado de atributos de la obra de Bignozzi podría extenderse y seguir creciendo, según pasan los años. “Si toda vida es referencia a nuestra vida/ espero dejar una palabra/ que ampare a alguien/ en estas tardes inhóspitas de recuerdos”, escribía en uno de sus poemas que ahora vienen a la mente, como si fueran pequeños refugios íntimos preservados por la memoria para conjurar las pérdidas en un duro año para la poesía argentina, que empezó en enero con la muerte de Arnaldo Calveyra.

Bignozzi nació en el barrio de Saavedra, el 21 de septiembre de 1937 en el seno de una familia obrera de militancia anarquista, que se pasó al Partido Comunista durante el peronismo. Nunca pensó que ella y la poesía se iban a cruzar alguna vez por el mismo camino. No fue la típica chica que a los seis años espantaba a la madre insistiéndole, con esos gritos exasperados por una revelación vocacional cuasi divina: “¡Quiero ser poeta!” Empezó a trabajar como periodista en La Hora. En ese diario del PC conoció a Juan Gelman, quien la invitó a integrar el grupo de poesía El Pan Duro, creado por el propio Gelman, José Luis Mangieri y Héctor Negro en 1955 con el fin de autopublicarse los libros. Los límites fue el primer poemario que editó en 1960 y dos años después aparecería Tierra de nadie. Su tercer libro, Mujer de cierto orden (1967), reveló que la joven poeta estaba completamente construida. “Después, sólo se trató de lo más difícil. Quiero decir, acentuar las cualidades de su voz: la musicalidad atenuada, moldeada sobre una sintaxis perfecta, que necesita de la puntuación porque parece un orden natural de la lengua”, advertía Beatriz Sarlo. Bignozzi reconocía esa posición inicial a contrapelo de los “aires” de época: “Yo no tenía en ese momento una vida que justificara mi posición, un tanto irónica, muy desdeñada, como de estar de vuelta. Yo creaba allí una postura, un personaje literario”.

“Y cada vez hay menos tiempo” es uno de los poemas de ese emblemático libro que permite comprender el impacto poético de la voz de Bignozzi y por qué es tan leída y admirada por las jóvenes generaciones: “Yo me voy contestando a mí misma/ poemas que contestan otros poemas,/ versos que le ganan a otros/ y juana, fascinada, casi impresionada por ese juego/ ella que es inhábil con sus manos,/ mira como una criatura/ los triunfos, las derrotas de ese ir y venir de palabras,/ su vida en realidad”. La poeta admitía que el fracaso que se percibía en Mujer de cierto orden era el fracaso del PC, por entonces su sostén ideológico. “Tener lucidez siempre te ayuda y yo vislumbraba que no iba a vivir ni hacer la revolución en la Argentina. Desgraciadamente eso que sentía se confirmó después –recordaba Bignozzi–. Quizás esos poemas reflejaban la soledad de una mujer que se ha quedado sin partido; nunca encontré nuevamente una estructura sólida que me permitiera integrarme. Y esa no militancia nunca la superé. No la supero hoy, incluso está en mis poemas recientes. Nunca hice poesía política, porque no tengo voz para eso, pero siempre hice una poesía ideológica de izquierda. Y por eso mi poesía se fue decantando tanto hacia lo ideológico porque la política me había dejado de lado. Era una excluida, no podía participar y tenía prejuicios que no podía superar para integrarme en el peronismo.”

En 1974, junto a su marido Hugo Mariani, decidió radicarse en Barcelona (España), donde se desempeñó como traductora de italiano y francés. Tradujo más de cuatrocientos títulos de autores como Marguerite Duras, Alfred Jarry y Jean Marie Gustave Le Clézio, entre otros. “Nosotros nos fuimos porque pensamos que iban a gobernar los montoneros. Nos fuimos para volver en unos años, pero no pudimos. Por eso yo no acepto la palabra exiliada, acepto la palabra desterrada, apátrida. Nosotros dijimos esta fiebre montonera va a pasar, y en dos años o tres volvemos. Aprovechamos para estudiar algunas cosas que queremos en Europa. Desde luego no imaginamos lo que iba a pasar en los años siguientes. Había tantos golpes que pensamos que pronto iba a pasar, no que se iba a convertir en un exterminio sistemático”, explicaba Bignozzi en una entrevista con Radar.

Antes de volver a Buenos Aires en 2004, publicaría Regreso a la patria (1989), Interior con poeta (1993), Partidas de las grandes líneas (1997), La ley tu ley (2000) y Quién hubiera sido pintada (2001). En 2010 apareció si alguien tiene que ser después –título que se escribe todo en minúscula–, un libro que la poeta reconocía que era más libre que los anteriores, “donde me animé a poner cosas que no me hubiera animado a poner antes”. En la crítica a este libro, Tamara Kamenszain pondera la posición “guerrera” de Bignozzi: “Se trata de un estado de vigilia crítica que pone las cosas en su lugar incluso con la risa de la rima: ‘mientras mis colegas escriben los grandes versos de la poesía argentina/ yo hiervo chauchas ballina’. Es por eso que en la obra de esta poeta grande no hay grandes versos destinados a quedar arrumbados en el museo”. Entre los premios que recibió se destacan el Konex Diploma al Mérito en el quinquenio 1999-2003 y el Rosa de Cobre, otorgado por la Biblioteca Nacional en 2013.

“Mi obra tiene una relación muy limitada con mi vida –afirmaba en una entrevista con Martín Prieto–. Lo que parece confesional nunca es una confesión sobre mi vida (...). Yo pienso que nosotros durante mucho tiempo pensamos que el sesenta era sólo la izquierda y es evidente que en esa evaluación dejamos un pedazo del mundo afuera.” Entre las afinidades literarias de Bignozzi se podría mencionar a un puñado de poetas que ella misma citaba en sus libros, como Eugenio Montale, Juan L. Ortiz, Paul Eluard, T. S. Eliot, Cesare Pavese y Anna Ajmátova. El año pasado publicó el que sería su último libro, Las poetas visitan a Andrea del Sarto. Adriana Hidalgo prepara la obra completa de la poeta en una fecha a determinar, probablemente para el próximo año. La voz que supo imponer un puñado de mitos es una de las más grandes de la poesía argentina. “Yo que moriré/ espero limpia y perfumada y es probable con olor a decencia/ no olvidaré el escenario inaugural/ donde se encendieron y apagaron las luces/ donde creció mi adolescencia y murió mi juventud.”

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Entre otros premios, Bignozzi recibió el Konex Diploma al Mérito y el Rosa de Cobre.
 
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