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Lunes, 25 de enero de 2016

LITERATURA › EL ESCRITOR HERNáN VANOLI HABLA DE CATARATAS, SU NUEVA NOVELA

“La tecnología vuelve a las personas más paranoicas”

El sociólogo, escritor y editor propone, en el marco de una ficción con becarios del Conicet en un pueblo cercano a las Cataratas del Iguazú, un triángulo sentimental tensionado por la historia política peronista que va de la militancia sindical a la lucha armada.

 Por Silvina Friera

“Las verdades más evidentes son relámpagos.” Los chispazos de esta frase, el pensamiento de uno de los personajes, expande el campo de batalla político y estético de la imaginación desaforada y posapocalíptica que despliega el sociólogo, escritor y editor Hernán Vanoli en Cataratas (Literatura Random House). Un grupo de becarios del Conicet viaja a un pueblo cercano a las Cataratas del Iguazú para participar de un congreso de sociología, ámbito donde el “chamuyo ilustrado” del Homo academicus se vuelve tan soporífero como rutinario. Pero un crimen cambiará el devenir previsible por la adrenalina de una ventura extrema. Marcos Osatinsky, uno de los becarios, es amante de Alicia Eguren, pareja del director de tesis de Osatinsky, Ignacio Rucci, un triángulo sentimental enlazado y tensionado por la historia política peronista que va de la militancia sindical a la lucha armada. El elenco de investigadores se completa con Gustavo Ramus, Silvia Filler y Mónica Lafuente; nombres que suenan con mayor o menor intensidad, fundadores de la agrupación Montoneros, dirigentes estudiantiles y sindicales asesinados o desaparecidos que se mueven en un universo híper tecnologizado por Google Iris –con sus escaneos de compatibilidad genética entre dos personas– y Mao, una red social de elite que es “un dispositivo de enunciación colectiva, un pliegue barroco en la discursividad moderna”.

Vanoli cuenta en la entrevista con Página/12 que escribió una novela “un poco más larga y más ambiciosa” en comparación con Pinamar o Las mellizas del bardo. “Me gustan mucho las road movies, películas que van cambiando de locaciones y de escenarios. Y me gustan también las historias de aventura –admite el escritor–. Las Cataratas del Iguazú es una súper zona. Yo fui unas cuantas veces e investigué bastante el tema de las represas hidroeléctricas; hay muchos proyectos que se mencionan en la novela que todavía no fueron aprobados. Traté de abordar ese territorio corriéndome de los lugares comunes, no desde la exuberancia y la selva, sino desde la mirada de unos porteños que son los becarios, que se encuentran con lo que pasa en el lugar y les van pasando cosas”.

–¿Por qué en la novela aparecen nombres que remiten a la militancia política de los años 70, como Marcos Osatinsky, Alicia Eguren y Gustavo Ramus, entre otros?

–Eso lo hice a propósito –en el caso de Osatinsky y Ramus son más conocidos– porque me parece que hay un punto en el que esos nombres que a nosotros nos resultan ajenos o extraños forman parte de la historia. Como había tomado la decisión estética de jugar con los nombres, me interesó también el paralelismo generacional. Hay un montón de becarios del Conicet que hacen investigaciones interesantes que no se conocen. Me interesaba trazar ese paralelismo entre dos generaciones con ganas de cambiar las cosas.

–Hay un crimen que cambia los tiempos de la novela, que la acelera, a partir de la necesidad de querer ocultar el cadáver. ¿Cómo explicar que uno de los becarios termina asesinando? ¿Qué lo lleva a esa situación?

–Yo fui investigador del Conicet durante un tiempo largo y creo que así como hay una brecha generacional en la política, eso también pasa en la academia y en la institución universitaria. Yo veía que muchas veces había poca comunicación y muchas tensiones entre los becarios y sus directores, lo cual no implica necesariamente que fuera por culpa de los directores porque la tarea de dirigir becarios no está remunerada. Ese sistema de patronazgos genera muchas tensiones y lo que hice fue exagerarlas un poco.

–Pero lo asesina en el momento en que le comunica que ya no es más becario, que está afuera del Conicet...

–Exactamente. Para traerlo un poco a lo que está pasando ahora, el becario sufre un despido y entra en una crisis emocional. Lo de la velocidad de la novela me parece que es interesante porque me gusta consumir libros donde las cosas pasan rápido. Estamos viviendo en un momento de velocidad, que tal vez tiene que ver con Internet, otra de las cuestiones que está dando vueltas en la novela. Uno consume mucha información y se somete a estímulos muy rápido. Eso conspira contra la capacidad analítica, pero ese vértigo es una marca generacional. En la novela quería expresar ese vértigo que vivimos cuando nos enfrentamos a las cosas que pasan en la web para ver cómo podía rebotar en la escritura.

–Google Iris, las nuevas tecnologías que aparecen en la novela, la red social de elite Mao, podrían dar cuenta de una sociedad futura, pero las vivencias cotidianas son del presente y ese contraste resulta inquietante. ¿Qué influencia ejerce Philip K. Dick, que aparece mencionado en Cataratas?

–Philip Dick es una de las referencias claras porque me gusta la literatura de ciencia ficción teórica o especulativa. Pero al mismo tiempo, lo que me pasa con esa literatura es que tiene unas intuiciones geniales –si uno piensa en Dick, por ejemplo en Ubik o Los tres estigmas de Palmer Eldritch–, pero hay veces en que la manera en que están narradas las historias se me hace un poco áspera para leer. No sé si será por las traducciones o por el momento histórico en que fueron escritas, pero siento que les falta dinámica. Lo que traté de hacer fue preguntarme cómo sería narrar de otra manera, de una manera más cercana. En cuanto a lo de la vida cotidiana, no es una novela de ciencia ficción tradicional. Internet es un cambio radical en nuestras vidas por la manera en que circula la información. Somos una generación que vivió saltos tecnológicos brutales como estar conectado a Internet en cualquier lado. Pero las pasiones siguen siendo muy parecidas a cuando éramos chicos. Me quería preguntar por eso, no sé si hay una respuesta en la novela.

–¿La tecnología vuelve a las personas más paranoicas?

–Sí. La tecnología vuelve a las personas más paranoicas, sobre todo a nosotros, que somos anfibios y no somos nativos digitales. No sé qué pasará con las generaciones que son nativas digitales y estuvieron todo el tiempo conectadas y Google supo dónde estaban paradas desde el día en que nacieron. Nosotros somos de una época en que no éramos ubicables y ahora de repente lo somos. Me parece que eso genera muchísima paranoia. Un gran efecto de las nuevas tecnologías es que incentiva la paranoia.

–¿Cómo se vinculan las nuevas tecnologías con la militancia política? ¿De qué modo se conectan?

–La tecnología puede ser apropiada por los formatos de militancia más tradicionales; pero la tecnología habilita otro tipo de respuestas, como fueron los casos de los indignados en España o la primavera árabe: ayuda a sumar masas multitudinarias, tal vez sin unas consignas tan ideológicas, pero genera una velocidad en la aglomeración que es interesante. Por otro lado, cuando se producen cercos mediáticos como el que estamos viviendo ahora me parece que la tecnología deja filtrar algunas grietas. Hace unos días estaba fascinado con el “Despidómetro” porque es una información que aparece de manera muy fragmentada o no aparece. El “Despidómetro” es una herramienta que con un click centraliza toda la información, la muestra y te cuenta lo que está pasando. En cuanto a los sujetos políticos que generan las tecnologías están menos unidos ideológicamente, pero al mismo tiempo se congregan con más velocidad.

–¿Twitter puede ser muy útil para romper el cerco mediático?

–Sí, tanto Facebook como Twitter tienen esa capacidad. Así como hablamos que la tecnología genera paranoia, también hay una filosofía del compartir que me interesa mucho. Hay una dimensión del don, de la entrega, en el sentido de que alguien te pregunta por el link sobre lo que está pasando con los trabajadores de Cresta Roja, o tal vez cosas que son menos visibles y chiquitas que se empiezan a compartir y a viralizar. También tenemos un desafío enorme porque espacios como Twitter o Facebook pueden ser una guillotina idiota, un matadero de ideas. A veces cuando uno tiene una idea o un pensamiento, y lo empieza a desarrollar en su cabeza, ponerlo en Twitter es una forma de matarlo y no dejarlo que crezca. Algo que ayuda a unir, también puede aplanar. A veces me engancho mucho con Twitter y me doy cuenta de que tengo que cortar, quiero irme dos horas y estar desconectado leyendo o pensando con un diario en papel, una revista o un libro.

–¿En qué sentido se corre el riesgo de matar las ideas?

–Lo que pasa es que las redes sociales te dan una gratificación inmediata cuando pusiste un pensamiento ingenioso; pero para mí conspira contra la complejidad. Hay veces que la complejidad puede ser traicionera y que puede ser usada para pasteurizar ideológicamente, no tomar posición y decir: “esto es complejo”. Y ya está. Ahora, en este momento, estoy a favor de tomar posición. Pero en el caso de la literatura, la complejidad suma un poco a la experiencia de lectura.

–¿Cómo vive este presente político? ¿Qué posiciones toma?

–Aunque hace poco tiempo que el PRO está en el gobierno, están tomando medidas muy desprolijas, parados en una gran paradoja: el PRO se presenta como un partido que está más allá de las ideologías, que quiere evitar las discusiones ideológicas, pero opera de una manera híper ideológica y haciendo muchas de las cosas que le achacaba al kirchnerismo de una manera más brutal. Se puede ver desde los despidos a mansalva, la relación con los medios de comunicación hasta la manera de encarar la protesta social. Los primeros pasos del macrismo son bastante aterradores. Los intelectuales del PRO o las personas que lo apoyan tienen la idea de que el PRO es un desarrollismo que no busca reducir el Estado sino hacerlo más inteligente, y lo que está buscando es privilegiar algunas zonas de la industria para poder exportar productos con valor agregado. Sin embargo, eso hay que hacerlo con la gente adentro porque si el PRO está demasiado enfocado en recortar el gasto es complicado. Si en vez de dinamizar la economía y tratar de controlar con diferentes herramientas la inflación, que es lo que baja el poder adquisitivo de los ciudadanos, están más preocupados por disciplinar a la fuerza laboral es muy difícil en un país como la Argentina. Venimos de tasas de desempleo muy bajas. Hay una discusión entre los economistas que se plantean qué tipo de desarrollo queremos. ¿Podemos tener un desarrollo como Corea del Sur, un país que se industrializó en 40 años y hoy es una potencia mundial que tiene a Samsung? No, nosotros tenemos que ser como Sudáfrica o Australia dicen otros, pero Sudáfrica tiene 25 por ciento de desempleo y Australia tiene menos, un 6,5. El macrismo está queriendo disciplinar a la clase trabajadora, ni hablar de los tercerizados y de los precarizados, que son una fuerza laboral impresionante sin representación y sin paritarias. La inflación se está jibarizando y no se ven demasiadas respuestas de la Secretaría de Comercio. Si en el macrismo fueran todos chicos de 15 años tal vez podría decir son inocentes y se están equivocando, pero no son chicos de 15 años. Son políticos que estuvieron en la Alianza y que tienen muy claro el perfil político que le dan a sus iniciativas. La manera de enfrentar los problemas no es encarcelando a una dirigente social como Milagro Sala. Entonces toman todas estas decisiones desde el temor, porque tienen la sombra de la ingobernabilidad y por eso creen que arremetiendo desde un principio es la única manera que tienen para generar cierta estabilidad. Me parece que están gobernando de una manera muy brutal.

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Vanoli, que fue becario del Conicet, escribió una novela que vincula las nuevas tecnologías con la militancia política.
Imagen: Rafael Yohai
 
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