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Viernes, 1 de abril de 2016

LITERATURA › A LOS 86 AÑOS, MURIO IMRE KERTESZ, PREMIO NOBEL DE LITERATURA EN 2002

El cronista de la autenticidad vivida

Escribió varias obras, pero no caben dudas de que Sin destino, su retrato de la experiencia de los campos de concentración, fijó su curso literario. “Mi libro no se preocupa por la Historia, me niego a mirar los hechos desde lo alto o desde fuera”, dijo.

 Por Silvina Friera

Hay cicatrices que permanecen tatuadas en la piel. ¿Cómo se vuelve después de haber padecido la experiencia del Mal? ¿Qué significa sobrevivir a la maquinaria de exterminio nazi? ¿Con qué palabras se intenta narrar ese horror? Una mañana de verano de 1944, un muchacho judío de 15 años, con la estrella amarilla en el pecho, fue deportado por la policía húngara a Auschwitz, donde estuvo sólo tres días. Luego lo trasladaron a Buchenwald, un campo de trabajo que simbolizaba un modesto “progreso” en el escalafón del terror. Vivió para dar testimonio apelando al formidable mecanismo de la ficción literaria como una manera de conjurar tanto dolor. Ese joven regresó a Hungría y se encontró más solo que nunca cuando descubrió que el departamento de sus padres -que no sobrevivieron al exterminio- estaba ocupado por extraños. Trabajó como periodista hasta que se quedó sin empleo cuando llegó la ortodoxia comunista, escribió piezas teatrales y guiones cinematográficos y comenzó un itinerario importante como traductor. Se refugió en el idioma alemán, la lengua de sus verdugos, y se convirtió en un disidente pasivo, otro camino que conduce hacia el sufrimiento. Tenía 46 años cuando publicó Sin destino –su novela fundamental– y decidió irse a vivir a Berlín. “Sufro muchísimo, es verdad. Sin embargo, tengo una razón concreta para soportar estos sufrimientos, para no querer ponerles un fin más rápido. Piense en los suicidios de Primo Levi, Tadeusz Borowski o Jean Améry, en todos esos supervivientes que se han quitado la vida. Yo no quiero añadir mi nombre a esa lista. No quiero que puedan decir que yo mismo ejecuté la sentencia. Por eso aguantaré hasta el final”, prometió Imre Kertész, Premio Nobel de Literatura 2002 que murió ayer a los 86 años en Budapest, en una entrevista.

Kertész, que lidiaba hacía más de 15 años con el mal del Parkinson, volvió a Budapest en 2013, luego de vivir durante años en Alemania, y no perdía ocasión para cuestionar la deriva autoritaria de Hungría bajo el gobierno de ultraderecha de Viktor Orbán. Albert Camus y Thomas Mann fueron los maestros del escritor húngaro, que había nacido en Budapest el 9 de noviembre de 1929. “¿De quién aprendí más? Creo que de Thomas Mann (la audacia y la postura del escritor, la diligencia y la dignidad, y para no olvidarlo: la cultura), así como de Camus (el aferrarse de manera implacable a un solo tema como única posibilidad). Desde entonces apenas leo a ninguno de los dos”, admitió Kertész en el último tomo de sus diarios, La última posada, que será publicado el próximo 6 de abril por la editorial Acantilado, sello español que ha editado la mayor parte de la obra del escritor, en traducción de Adan Kovacsics.

Franz Kafka fue su espejo literario y moral. Lo descubrió “tarde, ya de adulto”, hastiado por su lugar marginal en la literatura oficial de la Hungría soviética. En esos años de extrema soledad, Kertész tradujo literatura alemana. Sin destino (1975) se transformó en una suerte de paradigma literario porque es una ficción, no un testimonio, protagonizado por un adolescente, György Köves, que es detenido y trasladado hacia Auschwitz. “No sabía por dónde ir y sólo recuerdo que me entraron ganas de reír, por una parte debido a la situación inesperada, confusa y la sensación de estar participando de una obra de teatro sin sentido, en la cual mi papel era en parte desconocido”, se lee en una parte de esta novela que le llevó trece años de escritura. “El campo de concentración sólo es imaginable como literatura, no como realidad (tampoco cuando lo vivimos, que es cuando resulta menos concebible)”, escribió en Diario de la galera, y luego diría que se trata de un libro que “no reivindica nada, que no se preocupa por la Historia, porque me niego a mirar los hechos desde lo alto o desde fuera”.

El escritor húngaro criticó la película de Steven Spielberg en “¿De quién es Auschwitz?”: “El sobreviviente contempla con impotencia cómo le quitan su única posesión: las experiencias auténticas. Sé que muchos no coinciden conmigo cuando califico de kitsch La lista de Schindler (...) Pero ¿por qué debo yo, sobreviviente del Holocausto y poseedor de otras experiencias del terror, alegrarme de que sean cada vez más las personas que ven estas experiencias en la pantalla... de manera falsificada?”. En una entrevista con el escritor y periodista francés Alexandre Lacroix, Kertész sintetizaba su modo de afrontar la literatura. En una escena de Sin destino, el narrador baja del vagón del tren, se encuentra en Auschwitz y se pone en la fila de espera para pasar el examen médico. “Allí hay 20 minutos de nada, de una secuencia trágica y estúpida a la vez de la que la mayoría de los supervivientes han preferido no decir nada porque durante esos 20 minutos, todos sufrieron, del mismo modo que mi narrador, de una ingenuidad y una despreocupación, de las que vistas en retrospectiva, hay que avergonzarse (...) Mientras se encuentra en la cola de espera, el narrador mira con esperanza, casi con entusiasmo, hacia un campo de fútbol que hay al otro lado de la alambrada de espinos y se alegra incluso porque quizá pueda jugar ahí pronto (...) Y casi se siente satisfecho cuando el doctor le declara apto, como si acabara de aprobar un examen. Lo que ignora es que los demás se dirigen hacia las cámaras de gas”, recordaba el narrador húngaro. “Escribir una novela es encontrar ese tempo, es buscar esos 20 minutos que faltan, que preferiríamos callarnos, pero en los que, sin embargo, pasa todo. Mientras escribía esta novela me encontré confrontado una y otra vez a esas partes cerradas de mi propia historia, que tuve que volver a abrir. No se trata de realidad histórica, sino de la autenticidad vivida”.

No es autor de una única obra, aunque su primera novela haya inscripto la singularidad de su porvenir literario. Kertész publicó Kaddish por el hijo no nacido, Liquidación, Un instante de silencio en el paredón, Dossier K, Cartas a Eva Haldimann y La lengua exiliada, entre otros títulos. “En cuanto a mi pertenencia literaria, habrá que fijar algunos hechos para no caer en el error. No formo parte de la literatura húngara ni podré formar parte de ella jamás. Pertenezco, de hecho, a esa literatura judía surgida en Europa del Este que en la monarquía y luego en los Estados sucesores se escribió sobre todo en alemán, nunca en la lengua del entorno nacional, y que nunca formó parte de las literaturas nacionales. Esa línea puede trazarse desde Kafka hasta Celan, y si hubiera que prolongarla yo sería el último exponente”, reflexiona en La última posada. “Mi desgracia es que escribo en húngaro; y mi suerte, que mis obras hayan sido traducidas al alemán, aunque la traducción sea sólo una sombra del original. Si bien resulta extraño, pertenezco en definitiva a una literatura escrita en un mal alemán, que narra el exterminio de la población judía europea; la lengua es casual, y sea la que sea, nunca podrá ser la lengua materna. La lengua en la que nos pronunciamos sólo existe mientras hablamos; cuando callamos, calla también la lengua, siempre y cuando alguna de las lenguas grandes no se apiade de ella, la levante, por así decirlo, y la acoja. Un idioma así es, hoy en día, el alemán. Sin embargo, también el alemán es solamente un alojamiento provisional, un asilo pasajero para gente sin un hogar. Es bueno saberlo, es bueno conformarse con este saber, es bueno pertenecer a quienes no pertenecen a ninguna parte, es bueno ser mortal”.

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A los 15 años, Kertész fue deportado a Auschwitz, donde estuvo tres días: luego lo trasladaron a Buchenwald.
Imagen: AFP
 
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