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Viernes, 29 de julio de 2016

LITERATURA › LUCIANA DE MELLO Y MANDINGA DE AMOR

“La víctima es la voz menos escuchada”

Su debut literario engrosó la lista de “primeras novelas rechazadas”, pero eso ya es una mera anécdota: la novela es de esos libros que toman al lector por el cuello y ya no lo sueltan.

 Por Liliana Viola

La protagonista recibe un llamado telefónico. Un hombre, su tío, la cita en un lugar que no existe del todo. Ella va. Te quiero, se dicen. El viaje de Buenos Aires hasta el pueblito de Brasil donde este hombre tiene su aguantadero desata en ella una reconstrucción de episodios de infancia, esos dichos y figuras que acotan el mundo. La novela reproduce con alevosía las metáforas caseras con las que una familia tramita lo que pasa afuera y adentro, desde los roles hasta los efectos de la dictadura. Un padre militar con un pasado de cazador de tupamaros, un presente de vigilancia privada y un futuro que se va esfumando en la novela, como suelen borronearse ciertos padres. Un hallazgo: la lengua de una madre que merece estar en el podio de las maternidades literarias. Un descubrimiento: el territorio impreciso de la frontera, un lugar pringoso por donde circulan brasileños, argentinos y uruguayos sin saber, ni querer saber, exactamente quién es quién.

Antes de ser publicada este año, Mandinga de amor, la primera novela de Luciana De Mello, fue rechazada por otra editorial. El dato en sí no es relevante. La categoría “rebotadas en el primer intento” está cubierta por buenísimas novelas que finalmente se publican y por una cantidad de manuscritos que merecen el veto. Lo verdaderamente interesante es la razón que daba el editor: la novela tiene un vértigo que no cesa, es un relato sin mesetas, el personaje está constantemente buscando y encontrando situaciones límites. ¿Cómo seguirá la trayectoria de una autora que puso toda la carne en su primera novela? No se sabe si son las mismas razones que llevaron a la editora Paula Pérez Alonso a publicarla en el sello Seix Barral, pero corresponde citar aquella lectura como una precisa carta de presentación.

El relato se alimenta de una zona de frontera entre Uruguay y Brasil donde el tránsito entre las ciudades es completamente libre y la división y los códigos son invisibles para el recién llegado. Una vereda pertenece a Brasil y la otra a Uruguay. Si se busca en el mapa de Google, La Línea aparece, pero es un pálido reflejo de lo que se vislumbra en la novela.

–¿De dónde sacó la información para construir el territorio de frontera?

–Ese lugar yo lo conozco. He ido muchas veces. Mi familia es uruguaya, mi apellido es portugués, mis padres viven ahora en Uruguay y nosotras nacimos en la argentina. Con mis hermanas decimos que somos el Mercosur. Y yo por momentos me siento una especie de ciudadana limítrofe. La casa donde vivíamos en Buenos Aires con mis padres también era un lugar de paso para el resto, venían de visita. Me acuerdo que un ex novio me decía “pero vos sos tremenda, depende con quien estás sos brasilera, uruguaya o argentina. Y es verdad, me siento identificada con muchas cosas distintas. La frontera es un lugar donde nadie sabe de dónde es. Es decir, claro que se sabe donde uno nació, pero no de dónde es.

–La frontera tiene una moral en suspenso. A la protagonista la estafa el mismo cambista que se enamora de ella.

–Los cambistas, que vienen a ser los arbolitos de acá, se visten así como describo en la novela, camisa blanca, pantalones negros, como detenidos en el tiempo, y están siempre en algo. El le da a ella unos billetes falsos para que vuelva a reclamarle, y si no, si pasa pasa. Pero nada es visto como raro, porque todo, como ese reloj que de un lado dice la hora de Uruguay y del otro la de Brasil, es doble. Yo tuve un tío cambista, que una vez lo agarraron con contrabando, y eso no fue tomado como un escándalo en la familia; todo el el mundo tiene actividades ilegales en la frontera, siempre hay alguien que va a comprar lo que tenés. La frontera es eso, una línea que no está muy delineada, también para lo que está bien y lo que está mal.

–El personaje es una heroína porque sabe dónde se mete pero ya no pertenece por completo a ese mundo. Cuando es necesario se comunica en portuñol. ¿Qué significa esa lengua para usted?

–Primero fue el lenguaje secreto que mis padres usaban para que no les entendiéramos. Pero llegó un momento en que entendimos. También es el lenguaje de las visitas: los familiares venían, traían ese lenguaje y se iban. A mí no me asombraba el cambio de lengua, me gustaba, para mí eso era la familia, igual que los olores que dejaban: olor a madera, a fruta podrida muy típica de la frontera… Y muchas palabras en portuñol formaron parte de mi vocabulario hasta la adolescencia, cuando empezaron a llamarme la atención. Ahí recién me di cuenta de que había ciertas palabras que no eran del castellano. Son palabras que en Brasil no existen y en Argentina tampoco.

–¿Por ejemplo?

–“No seas prevalecido”, “te estás prevaleciendo”: significa aprovecharse pero de un modo picaresco, se le podría decir a un niño, “qué prevalecido, me das un beso porque traje caramelos”. También “sos un socado”, eso es pasarse de la raya. “Hay viene el bodoso”, está en el campo semántico de babosa, mimoso y agazapado. El “bodoso” era un miembro de la parroquia a la que íbamos con mis padres, un tipo que hablaba bajito, y su imagen de inofensivo era un alerta roja para mi mamá.

–Lo que le suma extrañeza a esas palabras es verlas escritas…

–Claro, porque son palabras de la oralidad, es “lo mal hablado”, no se escriben. Le pregunté a mi madre ¿como escribís “muier”? Y, obvio, me respondió “muier”. De eso también me di cuenta en el momento de la edición: cuando me dieron las pruebas de galera me encontré con que habían corregido las expresiones de portuñol, las habían pasado al portugués. Contrataron después a un corrector que viene de la frontera entre Ecuador y Brasil; por supuesto que él habla otro portuñol, pero sin dudas fue un hallazgo, porque entendió perfectamente.

–Hay palabras que suenan muy tiernas, como “friyopi” (free shop) que hay que leer dos veces para darse cuenta, y cuando uno se da cuenta dan gracia. Y cuando dan gracia, uno se da cuenta de los prejuicios que creía no tener.

–Bueno, eso también es algo que me costó entender. Cuando leía los primeros cuentos que luego se convirtieron en esta novela, en el taller de Guillermo Saccomanno, me decían “tenés que sacar esas palabras porque venís con un tono serio y de repente aparece ‘Brachipichi’ y da risa”. Y a mí no me da gracia, aunque si lo pienso, claro que me pregunto por qué tienen esa costumbre de ponerle el “chi chi” al final de las palabras.

–¿Qué significa Brachipichi?

–Ahí tiene, pensé que se entendía. Para mí es obvio… ¡Brad Pitt!

La lengua madre

Mandinga de amor también es exactamente lo que promete la contratapa: “Relata la profunda complejidad de los vínculos amorosos a partir de una relación intrigante y sutil entre una madre y una hija como nadie la contó hasta ahora.” La novela produce voracidad y desconcierta por su inteligencia para tocar temas que la agenda política mundial no termina de resolver y a la militancia le quema en las manos: el abuso sexual en la infancia, las migraciones, los espacios “liberados” como basurales de las buenas conciencias. Y todo esto narrado desde un punto de vista hasta el momento completamente desestimado, y sin la menor obediencia a los mandatos de la corrección política.

–¿Pensó en algún momento en hacer un texto autobiográfico?

–En ningún momento. Como decía, empecé con unos cuantos sueltos en el taller. Allí Saccomanno se dio cuenta de que se repetía la figura de la niña y yo después vi que siempre aparecía siempre la situación de frontera. La ficción me permite que cuando se acerca lo autobiográfico, manejarlo con otra distancia. Lo que sí decidí en un momento es no perdonar a nadie.

–¿Cómo es “no perdonar” en la ficción?

–Al principio venía con mucho cuidado, tratando a los personajes con cariño. Y después me dije “por qué voy a tener tanto cuidado si esto es ficción”. Y esto es lo que les repito a mis padres.

–El “amoroso” abuso que sufre la protagonista despierta la pregunta por lo autobiográfico, por una decisión política de contar la situación de esa niña en el contexto familiar y también de cómo tratarlo en literatura.

–Sí pensé en el punto autobiográfico. Pensé “qué voy a hacer si me preguntan si esto me pasó a mí”. Lo más curioso es que me han preguntado por lo autobiográfico en relación a la frontera, pero nadie me preguntó directamente por la situación de abuso.

–Respeto a la diferencia entre escritor y narrador, pudor frente a la situación, no saber muy bien qué hacer con el tema...

–No lo sé. Yo, de todos modos, estaba preparada. Pensé que, así como he decidido desarrollarlo en la ficción, tengo una posición –llena de signos de pregunta, claro– sobre el tema.

–¿Cuál es esa posición?

–A mí me interesó poder hablar, desarrollar un discurso desde el punto de vista de la niña, la mujer después. No se escucha a la víctima. Creo que es la voz menos escuchada, cuando no se les cree, cuando se habla de lo que sienten, de cómo marca o no marca el resto de la vida, cuando se protege desde la ley, en las familias. Por supuesto que pensé en las contradicciones, la ternura y otras sentimientos que se cruzan ahí y pensé en las reacciones que pudiera generar esta perspectiva.

–¿En su familia leyeron la novela?

–Mi papá está muy orgulloso de que haya salido, pero sé que no la va a leer. A mi madre, tuve la oportunidad, cuando vino este año de visita, de leerle el primer capítulo donde la madre aparece desde el comienzo. “Mirá que esto es ficción”, le dije varias veces antes de leer. “Pero también hay cosas, sobre todo en la línea temporal, que vas a reconocer, cuando llegan a Buenos Aires, se instalan como pueden, cuando regresan a Uruguay...” Ella escuchó y me dijo: “Qué bárbaro, pero esa no soy yo, nada que ver.” Claro, mami, vos hablás mucho mejor que lo que hice en esta historia. Y yo dije, ¡uf! porque esa madre es tremenda. Me dice siempre “ya la voy a leer, ahora no me siento muy bien pero cuando pueda la leo”. Yo ya le dije que como hija no necesito que la lea.

–Pero espoleó a su madre para sacar esa voz implacable que tiene el personaje…

–Si hay una persona por quien yo escribo es por ella. Le debo la narrativa, la voz. Mi madre habla con imágenes; en los últimos tiempos cada vez que ella venía a visitarme yo tomaba nota porque supera lo que se puede recordar. Ella apoda muy bien, es exacta, también es un modo de hacer juicios y de alertarte constantemente. “Nunca dependas de un hombre”, es una frase de ella dicha a unas niñas de 6 años. Así es como en casa nombrábamos al “Caballo loco” o “La acampanada” hasta olvidar por completo el nombre verdadero de esa gente. “Caballo loco” era un tipo que tenía la dentadura y el entusiasmo de un caballo desenfrenado cuando empezaba con su speech sobre la estructura piramidal de ventas. Tanto que a mi vieja la captó y terminó vendiendo purificadores de agua para Caballo Loco, hasta que se vino la debacle en el 2001. “Boca acampanada” era una mujer de ese mismo equipo que se había puesto bastante bótox.

–No todo es risa en el legado de esa madre.

–Sí, y a veces eran frases muy duras que lo que tenían de particular es que se podía ver lo que ella estaba diciendo, sobre todo si eras muy chica. “A ése hay que colgarlo de las bolas a un ventilador de techo” o si yo le pedía que me comprara algo que por ahí era muy caro, “qué querés, que me escarbe el culo y me saque plata?”... Cuando sos una nena, esas cosas las ves tal cual te las dicen.

–La religión en una frontera de cultos también aparece, incluso como potencia salvadora. La protagonista, lejos de una víctima para toda la vida, se vuelve una especie de elegida. Es de imaginar que eso también está presente en la frontera…

–Mis padres son católicos, ministros de la eucaristía. Para contar el efecto que puede tener mi madre sobre mí… Una vez estaba esperando que llegaran mis alumnos de taller, ella me llamó por teléfono y me dijo “arrodillate”. ¿Mamá, que estas diciendo? Y ella sigue: “Arrodillate. ¿Ya estás arrodillada?”. Bueno, ahora vamos a perdir perdón por aquella vez que fuimos al terreiro (lugar de culto sagrado del culto Candomblé). Y yo le respondí que cuando fuimos yo tenía 12 años, que no me corresponde pedir perdón. Toda esta escena, yo arrodillada con el tubo en la mano y ella a miles de kilómetros de distancia.

Durante la conversación Luciana de Mello ha nombrado tantas veces a la madre como al taller donde se forjó la novela. “Es que el taller me dio muchas cosas. Aprender a leer, saber qué me interesa de un texto, por qué subrayo lo que subrayo, eso no me lo dio la facultad. Bajar el copete, aprender a admitir que falta trabajo, ver mis errores en los textos de otros, y por supuesto y nada menor, me dio un deadline, porque estás yendo y estás pagando, no querés ir sin nada.” A pesar de los reconocimientos de su autora, Mandinga de amor no es una autobiografía encubierta ni una novela de taller. Está escrita, eso sí, con las palabras buscadas y encontradas, sin que resulte de eso una tesis, un experimento o una pancarta. Es todo lo contrario, o sea, literatura. Y es todo lo contrario del silencio.

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Bernardino Avila
 
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