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Domingo, 4 de marzo de 2007

LITERATURA › ARIEL MAGNUS Y “LA ABUELA”, UN RETRATO DIFERENTE DE LA SHOAH

“Se corrió del lugar de víctima”

El escritor y periodista cuenta cómo nació el libro en el que su abuela, sobreviviente de los campos de Therensienstadt y Auschwitz, da su visión del horror nazi. “Ella es una mujer muy irónica, y en las charlas que tuvimos nos peleamos mucho... viendo lo que sufrió pude entender mejor su historia”, dice.

 Por Angel Berlanga

La abuela es un libro atípico entre los que tienen como protagonistas a sobrevivientes del Holocausto. Ariel Magnus, el autor, el nieto de esta sobreviviente de Therensienstadt y Auschwitz, cuenta de su relación con ella a partir de dos seguidillas de días que pasaron juntos. Con la idea de registrar su relato acerca de su vida y su paso por los campos nazis, en 2002 intentó una entrevista que resultó llena de tropiezos, antifluida; eso ocurrió en Brasil, el país en el que esta anciana vive tras la Segunda Guerra. Al año siguiente ella lo visitó en Berlín –este periodista y escritor argentino vivió entre 1999 y 2005 en Alemania– y de allí surgió una crónica sobre esa nueva secuencia de días compartidos. El entrelanzamiento de ambas instancias estructura un texto en el que coexisten la vitalidad de esta mujer –nacida en Wuppertal en 1920–, su resistencia a evocar aquel horror –su madre y su hermana fueron asesinadas, y ella pesaba 35 kilos cuando fue rescatada–, las inevitables marcas que dejan esas experiencias, su sentido del humor y sus manías, su lejanía del lamento, con la explícita mirada del nieto, sus incomprensiones y su búsqueda por comprender, lo que le resulta difícil de aguantar y lo que le admira, las dificultades de comunicación.

–Usted plantea cierto rechazo por los libros sobre las experiencias en los campos. ¿Por qué?

–Aprendí sobre eso desde muy chico en el colegio alemán en el que estudié aquí, en Buenos Aires. Con alguna excepción, no pude volver a los autores alemanes de la posguerra; el Holocausto es un tema horrible, que prefiero tener lejos. Al tener un sobreviviente en la familia la cuestión está muy cercana, y entonces te relajás y decís “este tema ya lo tengo, no necesito...” Que es una mentira, de cierta forma. Recién después de escribir este libro empecé a leer algo: Primo Levi, Hannah Arendt. Y punto. Con las películas también me cuesta.

–¿Qué decisiones estilísticas tomó al encarar la escritura?

–Cuando tenía sólo la entrevista no me cerraba; en principio quería desgrabarlo, tipearlo y entregarlo a alguna fundación para que quedara un testimonio escrito. No quería escribir sobre el tema, realmente. Y tardé mucho tiempo en darme cuenta de que en lo desastroso de esa entrevista había algo interesante; ella me cuenta su historia y no la entiendo, nos peleamos. Pero al transcribir eso, así, digo un montón de nuestra relación. Cuando vino a visitarme a casa tuve que ponerme a escribir, porque pasaron muchas cosas significativas. Fue decisivo ponerme como personaje en el libro, cosa que yo no quería bajo ningún aspecto. Es un poco arriesgado, porque yo no soy interesante y mi abuela sí.

–¿Es intencional esa búsqueda por correrse del discurso de la víctima?

–Parte de ese tono se lo debo a la abuela. En muchos casos ella se corre de ese lugar. Fue una verdadera víctima y lo sigue siendo. Como yo no la veía así, sobre todo porque no lo transmite, en algún momento me costó quererla; viendo lo que sufrió pude entender mejor su historia. La idea fue mostrarla como ella se transmite. La abuela odia a quienes se hacen las víctimas y me parece fantástico. Así que fue una decisión, sí, pero impulsada por ella. Creo que es un sobreviviente muy especial.

–¿Por qué?

–Es una mujer muy irónica. Logró volver al país de los asesinos de su familia pero pudo rescatar, ahí, los buenos momentos. Es súper sano lo que hizo con su historia. Y no es una intelectual, no es leída; entiendo que, además, nunca trabajó psicoanalíticamente su experiencia. Y se las arregló, tiró para adelante. Con la misma potencia que siguió a su madre a los campos de concentración, porque ése era su deber, luego siguió viviendo, formó una familia y fue feliz. En ese sentido su discurso es distinto; si tuviera un discurso más destrozado tal vez no me hubiera instado a hablar con ella. Lo que más rescato de la abuela son sus momentos woodyallenescos, en los que es capaz de cosas notables. Ir sola a Auschwitz, por ejemplo, y después decir “me sentí un poco mal”. Es kamikaze. Y se la banca. No digo que sea la única, pero tiene un sentido del humor, una fuerza y una alegría que la hacen especial.

–Y desde lo emocional, ¿qué le produjo su relato? El libro parece soslayar un tanto ese costado.

–Yo estaba preparado para que me contara cosas tremendas, pero ella no es muy dramática. No le gusta contar eso, tuve que presionarla. Hubo cosas que me impactaron mucho: esa patada que le dieron cuando la separaron de la madre, que le deformó la cara. Creo que al contrario, el libro es un desarrollo de lo emocional con mi abuela, con quien no tenía una relación muy emocional. De chico la vi poco y no la quería mucho, decía cosas que no me gustaban: recién a través del libro empecé a conocerla. Me parece que parte de la cuestión es emocional: si hablás de tu abuela es difícil escapar de eso. Trato de no ser kitsch, de conservar cierto nivel literario a pesar de las emociones. Los dos, por otra parte, somos más bien fríos. Quizá eso de la sensación de distancia. Que es real, por nuestras historias estamos distanciados. Y vivimos lejos.

–¿Qué destaca de su forma de contar la historia?

–El desorden, los sobreentendidos, la rapidez –casi diría la urgencia–, por momentos la distancia. El hecho de mezclar lo vivido con lo que se aprende después. Eso desde lo formal; desde el contenido, el casi nulo amarillismo para contar. Se concentra en lo bueno y procura esquivar lo malo: eso como una decisión consciente y vital. “A esto no tengo por qué darle vueltas –me decía–, hay miles de libros, leelos, no me vengas a preguntar eso.” Y los desvíos, detenerse en detalles como el nombre de un río o explayarse en larguísimas historias secundarias.

–“Por llamar la atención nos pasó lo que nos pasó a los judíos.”

–Sí, eso dice mi abuela. Tremendo, ¿no? Y lo repetiría. Cuando lo dijo, los cuatro que estábamos con ella la miramos y le dijimos “¿cómo pensás algo así?”. Pero luego, en frío, pensé que de alguna forma tiene que explicarse lo que pasó. Me parece horripilante, pero se acerca a una explicación: “Y, algo habremos hecho”. Acá también está el “algo habrán hecho”. Todo lo que sea judío y notorio le da mucho resquemor; ella preferiría pasar desapercibida. Y a la vez no toleraría que se pierda la tradición. Yo creo que de chiquita le enseñaron eso, que hoy subsiste: “Vos tenés la culpa”. Le tienen que haber lavado tanto el cerebro, la denigraron tanto como ser humano que incluso le hicieron sentir que tenía la culpa de lo que estaba pasando.

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“No pude volver a los autores alemanes de la posguerra; es un tema que prefiero tener lejos.”
 
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