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Martes, 26 de junio de 2007

LITERATURA › LUISA VALENZUELA, LA REEDICION DE “HAY QUE SONREIR” Y LA MUESTRA SOBRE SU OBRA QUE INAUGURA HOY

“Me alegró poder hurgar en mis cosas sin sentirme mal”

Dueña de una extensa y sólida obra, la escritora explica que la obligada revisión le permitió definir los hilos conductores de tanta historia y tanto formato recorrido. Y rescata, entre otras cosas, el uso del humor: “Si estamos instalados siempre en el drama, nos perdemos los claroscuros. La ironía rompe el patetismo, abre una compuerta hacia otro lugar”.

 Por Silvina Friera

La sorpresa es el alimento literario de Luisa Valenzuela. Aunque a veces duda de que sea una buena dieta, sabe que no es de las escritoras que trazan un camino de antemano y lo siguen fielmente. Al contrario, si conoce los pasos a seguir, se aburre. No hay literatura sin secreto y, como escribió en uno de sus ensayos, desde la ficción sólo hay una forma de tratar al secreto: “Con respeto casi místico, amándolo de la manera como dicen que hacen el amor los puercoespines: con sumo cuidado”. En su colorida casa de Belgrano –una antigua fábrica reciclada en la que prevalece ese tono azul Frida Kahlo que trajo de México–, la escritora es una cálida anfitriona que no deja espacio por transitar con sus invitados. En la cocina están sueltos sus dos loros –el más confianzudo, cuando la ve, se posa sobre su hombro–; sobre las paredes de su amplio estudio, rodeado de un jardín con plantas y flores que hacen de ese lugar una suerte de paraíso para escribir, están las máscaras que colecciona. “Las mujeres fueron las primeras en fabricar máscaras para entretener y aleccionar a la tribu”, aclara. En el living, mientras una de sus perras boxer corre y ladra sin parar, Valenzuela ofrece café, masitas y repasa, sorprendida, su primera novela, Hay que sonreír, recientemente reeditada por Fondo de Cultura Económica, que se presenta hoy a las 18 en el espacio Living del Centro Cultural Recoleta, con Guillermo Saavedra y la actriz María Héguiz, junto con la inauguración de una muestra que la tendrá como protagonista, que incluye fotos, tapas de libros, manuscritos y entrevistas.

“Qué opio esperar.” Así comienza Hay que sonreír, novela que Valenzuela escribió en Francia cuando tenía 21 años. Así, de entrada, se revela esa queja transitoria de Clara, una joven recién llegada a la ciudad, que está esperando a un hombre con la impaciencia de quien practica la puntualidad porque sospecha que puede perderse algo del brillo (o de la oscuridad) de ese ámbito nuevo que tiene que conquistar. Clara es una prostituta en un estado de naturaleza rousseauniana. Lejos del estereotipo con el que suelen trastabillar muchos autores cuando recrean el oficio más antiguo del mundo, Valenzuela tira de las hilachas del tópico de la prostituta para ofrecer un enfoque diferente y original. La escritora consigue meterse en el pellejo de una mujer que no puede –acaso no quiere–- sacarse de encima las costras de su pudor provinciano, su timidez rural; una niña-virgen que en la jungla urbana entrega su cuerpo a los hombres de turno, pero que no deja de añorar una vida “mejor”, hasta cuando se le ocurre trabajar de flor azteca con un mago. Y habla, cuenta, desea, piensa; Clara es, atrevida y simultáneamente, cuerpo y cabeza.

Valenzuela revuelve con la cucharita el café y de pronto, sorprendida por los recuerdos de la gestación-parto de su primera novela, confiesa: “Estaba escribiendo cuentos y había publicado un par de relatos en la revista Ficción, de Juan Goyanarte, y nació la idea del personaje que trabaja de flor azteca y la historia del mago que le iba a cortar la garganta. Al principio iba a ser un cuento, pero alguien me dijo que tenía pasta de novelista, que por qué no escribía una novela, y terminó siendo una novela”. Y con la cucharita vuelve sobre el café, pero sin dejar de evocar y reflexionar. “Uno cree que cada novela es muy distinta de la otra, que no son parecidas. Y sin embargo, hay un hilo conductor a lo largo de mi obra –explica–. Mis personajes tratan de sacar de su fantasía su propia verdad, hay una búsqueda de un sentido y de una verdad profunda, cada uno por los derroteros que le toca transitar. Me pareció que estilísticamente es mi novela más estructurada.”

–Es curioso que sea su novela más estructurada: quizá con los años se aprende más las cuestiones de formato...

–Sí, es cierto. Se dice que uno aprende estructura a lo largo de los años, pero creo que en mi caso aprendí a desestructurar, a romper los moldes preestablecidos. Cuando la releí para corregir las pruebas, no tuve por qué avergonzarme del libro, todo lo contrario. Además, Clara es uno de mis personajes más tiernos, cuando a veces siento que a mis libros les falta ternura, algunos adrede porque no merecen la más mínima ternura, como el brujo de Cola de lagartija. No hay duda de que uno va aprendiendo a aflojar la mano, pero no hay tanta diferencia entre mi primera novela y las otras. Ya había un trasfondo de alguien que sabía escribir. Estaba rodeada de escritores, y además leí tanto en mi adolescencia que eso se fue incorporando sin que me diera cuenta.

–¿A qué atribuye esa ternura?

–La escribí a los 21 años, tenía una hija recién nacida, y cuando hacía la siesta, escribía esta novela, que no tenía nada que ver con mi vida, pero sí había una añoranza de Buenos Aires, porque estaba viviendo en París y curiosamente en la esquina de mi casa había un montón de prostitutas. Clara es una mujer que va adquiriendo conciencia de sí misma, que va buscando y que sabe que tiene derecho a buscar la felicidad, que no quiere decir que la encuentre, pero que tiene derecho a pelear por ella, y no dejarse arrastrar por su propia y triste circunstancia. Cuando volví de Francia con la novela terminada, pensé que no tenía el más mínimo sentido del humor y quedó encajonada. Y cuando la saqué del cajón, seis años después, me reí mucho porque era tan arquetípicamente argentina... Cuando tenía 17 años, nos íbamos con una barrita de amigos por los bajos fondos de Buenos Aires, a merodear por el puerto, por los piringundines del Bajo, y todas esas experiencias me sirvieron para armar esta novela.

–¿Por qué le interesan tanto los bajos fondos?

–La ciudad y el cuerpo humano están muy emparentados. Los bajos fondos de una ciudad son como la parte oscura de cada uno, y a mí me interesa mucho explorar las zonas oscuras, los lugares tenebrosos a los que uno no puede evitar entrar, pero de los que no sale siendo el mismo. Tiene que explorarlos para aprender. A mí me resulta muy valioso ese aprendizaje, y siempre quiero ver qué hay más allá.

–Por momentos, asoma en su primera novela una ironía feroz, que después se transformará en una constante en su obra. ¿Qué papel cumple la ironía?

–Se necesita una mirada dual para ver las cosas. Y la ironía te permite ver las cosas desde otro ángulo. Si estamos instalados siempre en el drama, nos perdemos la mitad de la luz de la situación, o mejor dicho, los claroscuros. La ironía, el humor negro, macabro, rompen el patetismo y te permiten abrir una compuerta hacia otro lugar para ubicar la mirada. Leopoldo Brizuela dice que yo escribo en una pre-lengua porque no elijo, tomo todos los elementos que están a disposición y los combino. Mi propuesta es explorar dentro del lenguaje. Ni siquiera mi vida la separo del lenguaje. Somos seres estructurados por las palabras que nos connotan y que nos salvan de nuestra comprensión del mundo.

Luisa sonríe, toma un poco de café, y aclara que está sorprendida con la muestra de su obra en el Recoleta. “Es una retrospectiva, como la que puede hacer un artista plástico, una presentación festiva, para nada académica ni formal. Lo tomo como una fiesta de cumpleaños. La novela cumple 41 años –señala–. Me alegró que por primera vez pude hurgar en mis fotos, cartas, en esas cosas que uno tiene metidas dentro del cajón como un magma, sin sentirme mal, y pude echar la mirada para atrás sin el miedo de mirar el camino recorrido.”

–¿Qué temores tenía al revolver esos cajones?

–Es una forma un poco histérica del pudor, me daba vergüenza de encontrarme con entrevistas en que hubiera dicho cosas en las que metía la pata, pero después uno se da cuenta de que todo eso forma parte de una personalidad compleja. A uno le interesa las imperfecciones de los otros, pero uno espera que los otros no vean las propias, y sin embargo las propias también estructuran el yo de cada uno.

Hay un lenguaje poético, una respiración singular que caracteriza la obra de Valenzuela. “Salvo esta primera y única vez que estaba escribiendo un cuento y terminó siendo una novela, yo sé cuándo va a ser una novela, un cuento, un microrrelato, porque son programas muy distintos”, plantea la escritora. “En el momento en que aparece la idea, se presenta también la forma. La novela se la busca, como mucha gente te cuenta que está buscando un hijo. En cambio, el cuento te encuentra, surge una frase, una concepción de algo y de ahí hay que sacar un cuento, cosa que no es fácil”, compara. “Ultimamente estuve trabajando con anécdotas que me contaron, un trabajo muy divertido, pero el cuento tiene que trascender la anécdota, que por sí sola no dice nada. Hay que encontrar la metáfora, qué se puede entender a través de esa anécdota, qué nos está diciendo mucho más allá del hecho. Uno siempre busca aquello que no está dicho, que está más allá de lo que las palabras pueden dibujar. Son maneras que cada artista tiene de estructurar su comprensión del mundo, de tratar de armar y encontrar un sentido de las cosas.”

–La idea del secreto como constitutivo de la literatura, ¿estaba en Hay que sonreír?

–La idea como tal no, pero en algún lugar estaría porque además está siempre cuando leemos. ¿Qué es lo que estamos poniendo de nosotros en cada libro que tenemos en nuestras manos? La comprensión de la lectura entrelíneas, esa lectura del metamensaje, de lo que está sugerido, que es una manera de leer. El siguiente paso, si vas a escribir, es aplicar ese sistema de lectura de la realidad para tratar de transcribirla. Lo maravilloso de componer los personajes y sostener una novela es que la realidad te regala todo: una frase que escuchaste allá, un recuerdo, alguien que te dijo algo, un libro que se abrió al azar y está justo la frase que necesitás. Esa profusión de la realidad es maravillosa, y uno se va volviendo una antena que capta lo que flota en el aire.

–¿De qué manera se comunican sus novelas y cuentos?

–Al cabo de todos estos años veo los hilos conductores que se fueron delineando a lo largo de la obra, no como propuesta consciente, sino como algo nacido de una verdad propia, muy profunda. Por lo pronto, el trabajo sobre el poder y la sumisión y la fuerza necesaria para intentar rebelarse. En Hay que sonreír aflora en primera instancia la empatía con los seres desposeídos y solitarios, el problema de la marginación, de la exclusión social. Los escenarios son de época, no así la temática de fondo que sigue o volvió a ser vigente. No me corresponde decirlo a mí, pero esto es ya como “Cafetín de Buenos Aires”: lo miro de afuera. Lo que empezó siendo una indagación sobre el poder y el sometimiento desde lo social y en el plano doméstico, fue desarrollándose a lo largo de los distintos libros hasta abordar el plano político. No me resultó fácil en más de un sentido: tenía muy incorporado el mandato de no mezclar el arte con el mensaje y tuve que aprender a escribir sobre esos temas sin juzgar, sin plantear mi opinión en forma directa. Los cuentos de Aquí pasan cosas raras fueron el trampolín para sumergirme en esas aguas espesas; Cambio de armas marcó el punto más jugado y Cola de lagartija, que se reedita el próximo mes, es mi novela más osada, directa y a la vez imaginativa sobre el tema del creciente y omnívoro poder. Yo creo que la imaginación salva.

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“Mis personajes tratan de sacar de su fantasía su propia verdad, hay una búsqueda de un sentido y de una verdad profunda.”
 
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