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Miércoles, 31 de octubre de 2007

LITERATURA › JOSEFINA LICITRA Y LAS HISTORIAS DE “LOS IMPRUDENTES”

“Este libro es más sobre los adolescentes que sobre gays”

“Más allá de la condición sexual, yo no sé si existe el adolescente tranquilo”, dice Licitra, y cuenta sobre las contradicciones de una edad en la que la mente “es un semillero de pensamientos en bruto”.

 Por Angel Berlanga

Josefina Licitra es una cronista excepcional y Los imprudentes, su primer libro, acrecienta esa impresión, que proviene de la lectura de sus trabajos periodísticos, publicados en revistas como Lamujerdemivida, Rolling Stone o Gatopardo. Por “Pollita en fuga”, la historia de una nena de quince años acusada de liderar una banda de pibes secuestradores, un retrato simultáneo de marginalidad, violencia, desamparo y varias asperezas más en la vida de una chica del Gran Buenos Aires, la Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano le dio en 2004 el premio al mejor texto entre los 765 que se presentaron. Es que en la prosa de esta periodista hay unos cuantos componentes notables: modo de mirar, uso del lenguaje, tempos, sensibilidades, texturas de la oralidad y manejo de los detalles. Todo eso puede apreciarse en estas Historias de la adolescencia gay-lésbica en la Argentina, tal el subtítulo del volumen que acaba de publicar Tusquets en la colección “Andanzas crónicas”: a lo largo de un año, Licitra estuvo compartiendo tiempos y espacios con chicos de muy variada extracción social y, con esos materiales, fue entretejiendo este “puñado de historias que, como siempre ocurre, son únicas y universales a la vez”, según anota en la introducción.

–“Pollita en fuga” y “Parirás con dolor”, el relato sobre Romina Tejerina (parte de La Argentina crónica, antología publicada el mes pasado), tratan, también, sobre adolescentes. ¿Por qué le atrae contar sobre ellos?

–No sé si se entenderá así, pero para mí este libro es más sobre adolescentes que sobre gays. Al ir creciendo me di cuenta de que a esa edad uno es muy chiquito, muy nuevo en todo, aunque se tenga la sensación de tenerla clara. Al mismo tiempo, ahí surgen cuestiones y dilemas que van a permanecer el resto de la vida: se empieza a pensar en el futuro laboral, a definir el deseo. Supongo que esa contradicción, que preguntas tan fuertes aparezcan en una edad tan pequeña, en un punto me conmueve. Mis padres me tuvieron de muy jóvenes, tenían 20 o 21 años, en una época atravesada por la militancia; siempre los vi como adultos militantes, y a medida que pasa el tiempo –ahora tengo 32– miro hacia atrás y veo que eran criaturas. Eran criaturas tratando de construir un mundo.

–¿Los ve muy desamparados?

–No es una mirada piadosa, pero algo así, de sensación de desamparo, me da. Me despiertan algo de ternura y mucha curiosidad: qué piensan, qué les pasa por la cabeza. Puede ser que esté vieja y diga: “Ay, qué pensarán estos jóvenes”. Cuando te empezás a preguntar eso es porque ya pasó tu hora. Los veo como un semillero de pensamientos en bruto que me resultan interesantes de contar.

–¿Fue difícil acceder a ellos?

–No, han sido muy abiertos conmigo, se brindaron muy bien. Quieren hablar. Había un tema con los nombres, porque son menores de edad y en algunos casos hubo que resguardarlos; pero tienen mucha frescura y jamás me pusieron trabas. Los chicos del grupo de jóvenes que se reúnen los sábados en la CHA (Comunidad Homosexual Argentina) me abrieron sus puertas para que fuera las veces que quisiera. Quizá la dificultad, si se puede plantear en estos términos, fue elegir entre la gama de testimonios, cuáles eran más funcionales para lo que yo quería contar, cuáles rendían más en términos narrativos.

–¿Qué se propuso con el libro?

–Con la base de que fuera sobre adolescencia y el recorte del tema gay, lo que quise fue contar un cuentito con situaciones reales. No mucho más que eso. Y quería, sí, encontrar alguien capaz de generar suficiente discurso sobre sí mismo como para que mi cuento pudiera estar bien contado. Y justo conocí a Santos, el personaje más fuerte del libro, que me pareció un chico maravilloso, muy rico. Rico en plata y rico como persona. En la editorial se había planteado una historia de adolescentes gays y que fuera algo coral; no pensaba encontrarme con Santos, que tuviera una educación tan buena y tantas herramientas para contarse a sí mismo: podía hablar de arte y comparar su situación con una película. Era muy lindo sentarme a charlar con él, y de hecho me daba vuelta y media en muchas cosas. Un pibe que es una flecha. Me propuse contar su historia de la mejor manera posible; si el libro no daba para contarlo sólo a él, abrirlo a otras historias. Pero no apunté a “uy, miren la tremenda vida de los adolescentes gays” ni a hacer divulgación de nada. La intención era mucho más egoísta: contar un cuento que me gustara.

–Pero aun así aparecen datos que provienen de investigaciones sociales, estudios.

–Sí, sí. Como periodista pensé que el libro iba a estar muy débil sin datos duros, reales, u opiniones de gente más calificada. Por ahí es una estupidez, pero sentí que algo de eso tenía que estar. Traté de reducirlo al mínimo exponente, incluso había puesto más numeritos. Los números, además, tampoco explican tanto.

–¿La Iglesia juega el principal rol de persecución y descalificación?

–Cayó en el lugar del villano de la película. Sintetiza a modo casi de comic una manera muy común de ver el mundo, más expandida de lo que se piensa. La Iglesia, simplemente, es como una visión extrema y caricaturesca, hasta simpática de tan absurda, de los grandes dispositivos “normalizadores”. Y aparece mucho porque en la vida de Santos el factor religioso está, él lo evoca mucho.

–¿Está tan arraigada la idea de que la homosexualidad “es algo que se cura”?

–Hace dos días estuve hablando con unos gitanos para una nota, y para ellos el gay es un enfermo. A partir del libro se me dio por preguntar, a veces de la nada, como al pasar: “¿Y vos qué pensás de los gays?”. Y la respuesta casi siempre es “no, es una enfermedad” o “es una anormalidad”.

–La mayoría de los chicos retratados, si no todos, pasaron por diversos tipos de terapia; es muy curioso lo que señala sobre los prejuicios de muchos de los psicoanalistas.

–Yo soy analizada desde que tengo memoria y no tengo un encono personal, pero me llamó la atención que buena parte de las personas con las que hablé me dijera algo así: “¿Sabés que fui a un analista y me quiere volver heterosexual?”. Me sorprendió mucho y me dio rabia, además, porque uno de la Iglesia espera cualquier cosa, pero no de un analista, alguien que desarrolla una forma de escuchar, no un frontón. Que te quiera cambiar y ponga su subjetividad encima me pareció grave. Me sorprendió que hasta hace unos años hubiera una cátedra en la UBA que ataba la idea de heterosexualidad a la de normalidad: salieron, así, camadas de egresadas con esa idea.

–“Contarles” de su sexualidad a los padres, ¿involucra una gran tensión?

–Contar, decidir contar, me parece. Lo pienso ahora, pero sería escucharte por primera vez. Ese decir, primero, suena en tus oídos. Y después sí, la familia. Hay una cuestión que es puramente emocional, y por otro lado, y no está tan desligado, ocurre que estos chicos, en este país, van a estar dependiendo económicamente de sus familias durante largo tiempo. Y hay muchos padres que quitan el apoyo económico si tienen un hijo que los avergüenza. Cada familia reacciona de distinta manera, pero no sé si hay una buena forma de reaccionar. Lo que noté con los chicos con los que hablé es que, reaccionen para bien o para mal, los padres “comprensivos” se pasan de rosca y dejan a los hijos tan solos como los que no los comprenden. Hay ahí un dilema al que yo, por lo menos, no le encontré respuesta. Parece difícil una solución tranquilizadora para las dos partes.

–Llama la atención eso, justamente: que ningún pibe aparezca tranquilo y contento.

–Están tranquilos hasta que te ponés a charlar un rato largo. De Lucía, una de las chicas del libro, me habían dicho: “Hablá con ella, tiene padres reprogres, está todo bien”. Porque yo buscaba una historia que no fuera tan dramática. Y luego supe que se cortaba los brazos, que no se sentía escuchada. Nahuel, el chico de la CHA, tiene su vida resuelta, así y todo lo han corrido a pedradas y se siente impotente en muchas cosas. Con Santos hablás un rato y todo le chupa un huevo, está de vuelta de un montón de cosas y te dice que le importa un pito lo que piensen sus padres, pero después se angustia. De todos modos, la cosa, creo, va más allá de la opción sexual: no sé, en realidad, si existe el adolescente tranquilo.

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“Los chicos fueron muy abiertos, se brindaron muy bien. Quieren hablar, tienen mucha frescura y jamás me pusieron trabas.”
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