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Lunes, 3 de marzo de 2008

LITERATURA › ENTREVISTA A LA ESCRITORA SELVA ALMADA

Color local, con tonos oscuros

En su reciente libro de relatos Una chica de provincia, la autora bucea en su infancia y adolescencia en Entre Ríos, para contar historias atravesadas por la muerte. Almada dice que necesitó venir a vivir a Buenos Aires para escribir sobre su tierra.

 Por Silvina Friera

“Una provincia, en un país como el nuestro, es bastante más que la división geopolítica de un territorio. Es una cierta manera de entender el mundo y un lugar desde donde mirarlo.” Selva Almada plantea esta “declaración de principios” en la contratapa de su trilogía de relatos Una chica de provincia (publicada en la colección Laura Palmer no ha muerto, de Gárgola ediciones). La escritora, que nació en 1973 en Villa Elisa (Entre Ríos), se animó a escribir de “allá” cuando vino a vivir a Buenos Aires y empezó a asistir al taller de Alberto Laiseca. No es ni paradójico ni extraño que, cuando aún vivía en su pueblo, escribiera cuentos urbanos. “Los narradores entrerrianos que conocía trabajaban mucho con el pintoresquismo, el color local, con todo ese tipo de cosas de las que quería huir, y por eso buscaba escribir historias muchos más urbanas que no tuviesen un lugar reconocible para mí. Pero cuando tomé distancia, me di cuenta de que era un prejuicio bastante tonto y que, en realidad, yo tenía mucho más para contar de allá que de cualquier gran urbe. Acá encontré la vuelta al asunto”, dice Almada, venciendo poco a poco su timidez, en la entrevista con Página/12.

La escritora no sólo resolvió esa aparente tensión entre el “acá” y el “allá” sino que descubrió un modo de decir, un tono, que le permitió refundar ese universo de su infancia y adolescencia, sin caer en la tentación de la nostalgia. Las tres partes de la trilogía –Niños, Chicas lindas y En familia– están cinceladas por la muerte. En Niños, la narradora recuerda el impacto que le generó asistir al primer velorio del pueblo. “El run run de los avemarías salía por las puertas y las ventanas abiertas ganando la calle como una manga de langostas. Hasta los perros fueron mandados a cucha y obligados a callar.” La mirada de la niña, que observa con la curiosidad de un entomólogo cómo en el pueblo no había ni uno que no estuviese de duelo, capta esa tensión erótica que “atravesaba el aire como ocurre siempre en la desgracia”. El erotismo le permite a Almada exorcizar la oscuridad que conlleva toda muerte en sí, desdramatizarla, y por eso esta primera parte, este primer careo con la muerte, resulta para el lector tan sensual como luminoso. Porque la narradora y Niño Valor, con quien era como “carne y uña”, desplegaban sus mundos a espaldas de los adultos y “cuanto menos supieran ellos de nosotros, mejor”.

En Chicas lindas, la misma narradora, ahora adolescente, empieza a encontrarle el gustito a los preparativos del baile y la noche del sábado con su amiga Romina; a relacionarse con su cuerpo a partir del cuerpo de las otras mujeres que veía en las revistas. Ellas jugaban a elegir las tetas que preferían tener cuando fueran grandes: “si estas como gotas, aquellas grandes y pezonudas, volcadas hacia los sobacos, o las otras, bien patrias, redonditas y con la escarapelita marrón bien en el centro”. Es la etapa de las primeras decisiones –ser periodista– y enamoramientos, el trapecista del circo a quien no volverá a ver nunca. Pero la “desgracia” acecha y se cobra nuevas víctimas: una estudiante del profesorado de psicología es asesinada en su casa, un caso real ocurrido en San José, un pueblo vecino a Villa Elisa, en 1986, previo al asesinato de María Soledad Morales. En familia, esa misma narradora, que no teme sacar los trapitos al sol, aunque pueda resultar odiosa o cínica, relata los pormenores del suicidio de su tío.

–En “Niños”, la narradora afirma que en la mitad de la infancia aprendió lo tedioso que era el universo de las niñas. ¿Por qué las niñas, en una primera instancia, suelen relacionarse más con el universo masculino que con el femenino?

–No sé, me pasó eso. Naturalmente me vinculaba con los varones porque era lo que tenía más próximo, y creo que por eso, después, cuando empecé a tener amigas mujeres, al principio me parecían muy aburridas. En un pueblo el universo masculino es más aventurero. Era más divertido estar con los varones que jugar con las chicas a la casita, a la muñeca, a la mamá... (risas).

–En un momento la narradora dice que “los velorios fatigan más que los cumpleaños”. Juan José Saer se refería, en una entrevista con Página/12, a la excitación sexual que suele haber en los velorios. ¿A qué atribuye esa carga erótica que tienen?

–En los pueblos un velorio es un evento social. Está, por supuesto, la pena por el muerto, si ha sido más o menos querido, pero es más que nada un punto de reunión. Para no-sotros, que éramos chicos, fue todo un evento que en la casa de mi tío se despejara el comedor, se pusiera el cajón, las velas, las flores, que fuera tanta gente, aunque mi tío era bastante ermitaño. En los velorios se reencuentran parientes que no se ven desde hace mucho tiempo, pero que se enteran por la radio de que murió fulano y van. Y se ponen al día con lo que pasó en esos años que no se vieron, y el muerto queda como en un segundo plano. Para las viejas religiosas es el lugar donde despliegan toda su devoción: rezan el rosario interminablemente y están al lado del muerto, aunque el muerto no sea familiar de ellas. Los velorios alborotan a las vecinas, que llevan flores, rezan y están viendo quién aguanta más parado. En cambio, los hombres se quedan afuera, y se la pasan contando chistes.

–¿De qué modo impactó el crimen de la joven estudiante de San José?

–Fue un asesinato que en ese momento, en un pueblo como el mío generó conmoción porque hasta entonces los asesinatos habituales eran peleas de bar, de borrachos, en las que alguno moría acuchillado, pero no ataques a una chica. Ese crimen, que de hecho nunca se resolvió, estuvo lleno de misterio. La asesinaron en su dormitorio, la madre lavó el cuerpo, cambió las sábanas, limpió la casa. Yo tenía trece años y lo que más me impactó es que a la chica la habían matado en su casa. Uno siempre pensaba que el peligro estaba afuera y no adentro, en tu propia familia.

–“En familia” es la zona más dura del libro. ¿Por qué el suicidio sigue siendo un tabú?

–Quizá porque es una muerte violenta que deja en ascuas a los que quedan vivos. Como los parientes no pueden explicar por qué se mató, por qué no se dieron cuenta, por qué no lo ayudaron, hay una serie de cuestiones que provocan culpa, pero al mismo tiempo vergüenza, porque si se mató “estaba loco”. Frente a un suicidio, uno se queda medio en pelotas porque no encuentra explicaciones y no puede entender qué pasó por la cabeza del suicida. La reacción inmediata de mi familia paterna fue no decirles a los padres de mi tío que se había suicidado, entonces lo ocultaron y no hablaron de eso. Los abuelos murieron sin enterarse de que el hijo se había matado.

–¿Por este ocultamiento critica a la familia como institución?

–Sí, pero más allá de que quiero mucho a mi familia, me parece que lo más sano es poner en crisis a la propia familia, que también es ponerse en crisis uno mismo. Así como recibís y heredás un montón de cosas positivas, también hay otras que no están buenas y que hay que saber mirarlas y criticarlas.

–¿Qué significó para usted, que venía de un pueblo, el ingreso “a la ciudad letrada”?

–Acá está muy marcado quiénes son de la academia y quiénes no. En una entrevista reciente, Beatriz Sarlo decía que los buenos escritores de hoy son los egresados de la carrera de Letras; por supuesto que no coincido con esto. Acá está muy marcado quién viene de Puan y quién no. Todo esto me provoca un poco de risa; mis amigos escritores tampoco fueron a Puan y no es algo que nos preocupe; vemos el tema, a lo sumo, con una mirada risueña. Es más: creo que los mejores escritores de mi generación no han pasado por Puan, así que quizá Sarlo debería investigar un poco más. Me pareció un comentario hecho bastante a la ligera.

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“Lo más sano es poner en crisis a la propia familia”, plantea Almada.
Imagen: Gustavo Mujica
 
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