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Domingo, 11 de mayo de 2008

CINE › PABLO TRAPERO HABLA DE SU NUEVA PELICULA, LEONERA

“La mujer es el centro del relato”

El film, presente en la Selección Oficial del Festival de Cannes, tiene a Martina Gusmán como protagonista excluyente, una mujer que vive su embarazo y maternidad dentro de la cárcel. “En general, allí están los perejiles por giladas”, dice.

 Por Mariano Blejman

Con el cripticismo habitual del cine de Pablo Trapero, la falta de explicaciones para contar las historias, se sabe apenas que la protagonista de Leonera, Julia Zárate (Martina Gusmán, su mujer, productora ejecutiva de varias de sus películas) ha estado involucrada en un hecho “violento” dentro de su pequeño departamento: un muerto, un herido, sangre en la piel. Embarazada de pocos meses, queda detenida, procesada por sospecha de asesinato, y allí comienza todo: la relación de una madre que tiene a su hijo entre rejas, y la convivencia con las otras mujeres y sus hijos presos. Leonera competirá en la Selección Oficial del Festival de Cannes. La primera pasada en Francia será el jueves 15 de mayo y el 29 se estrenará en Buenos Aires. La película fue producida por Matanza y por la coreana Youngjoo Suh, productora de Kim Ki-duk, y cuenta con el aporte del brasileño Walter Salles y Patagonik. Siendo habitual en Trapero la capacidad de mezclar historias personales, trabajos familiares y sensaciones íntimas, no sería raro suponer que el guión de Leonera proviene de alguna sensación demasiado cercana como para no ser cierta. Y eso es lo que no asegura ni desmiente en la conversación con Página/12.

–¿Alguna vez tuvo miedo de ir preso?

–¿En mi vida? Sí, también tuve miedo de no tener trabajo, de la Policía Bonaerense, de un viaje familiar y de un accidente. Pero sí, también tengo miedo a los dentistas, es una manera de jugar con esto. Pero no es un ejercicio mecánico, no digo: “hoy me toca la fobia a...” En realidad es al revés, empiezo a trabajar sobre una dirección y las cosas que encuentro más cercanas que tiene que ver con mi intimidad, empiezan a ordenarse al servicio de la historia.

–¿Y tuvo ganas de matar a alguien?

–No, pero sí me pregunté cómo se llega a eso. O sí tuve la sensación de que accidentalmente pude haber matado a alguien, en el auto o de joven en un bar. El límite entre que todo siga bien o para el orto es tan delgado, que es una cuestión bastante azarosa. El otro día me preguntaban si siempre agarraba historias que convertían una vida con un giro extraordinario. Eso me da mucha curiosidad. Mientras lo extraordinario sucede, la vida sigue siendo cotidiana. La vida de Julia Zárate es como un espejo, las rutinas son medio parecidas, cuando uno enuncia lo que sucede es tremendo, pero cuando estás ahí uno tiene que ir para adelante.

–Para adelante, ¿es la convivencia en la cárcel?

–Ahí está la pregunta de si la cárcel sirve para reflexionar sobre lo que uno hizo, y eso en caso de que sea culpable, no como Julia que está presa cuatro años sin condena. La cárcel de mujeres con niños adentro es un pilar del armado del guión. Pero el corazón es la maternidad. La maternidad es Julia con Tomás, ahí adentro, y en ese relato conocemos la otra realidad. Esa idea viene hace rato.

–Nacido y criado también era sobre la maternidad.

–Quería hacer una peli con una mujer como protagonista, con la mujer como centro del relato. La primera película sobre el mundo femenino es en realidad Familia rodante, pero en este caso la mujer es excluyente. Es Julia y el universo de las mujeres todo el tiempo.

–¿Cómo convivió con la sensación de encierro?

–Es muy fuerte. Entrás con un montón de prejuicios sobre las condiciones de los presos, sobre el tipo de personas que te vas a encontrar. Lo que te van a contar, lo que vas a ver, por suerte no es tan mecánico. Entrás y encontrás de todo. Situaciones más angustiantes de las que podías imaginar. Condiciones que pueden ser más precarias, o no tanto como las que había imaginado.

–Da la sensación de que en la cárcel nunca se sabe cuál es la verdad “real”.

–Bueno, yo nunca pregunté nada. La película cuenta de ese lugar, es muy complicado acercarte a alguien indagándolo. Evité ese tipo de acercamiento, no era importante, me ponía más lejos. Lo evidente es que la sensación de falta de libertad física es intransferible. Uno puede imaginarse, pero más tarde uno sabe que se va a ir, y cuando te vas las personas que están ahí siguen presas. Pero lo más tremendo es que el ochenta por ciento de los que están en prisión no tiene condena. Hay muchos que es probable que hayan pasado tres años de más en prisión preventiva. Si la Justicia funcionara más eficientemente, porque el intento de robo de un tetra brik en un maxikiosco es un año no es nada y capaz que hace cuatro años que está ahí esperando el juicio. En general, en las cárceles están los perejiles por giladas. Porque los que se dedican realmente al mundo del crimen tienen buenos abogados.

–Logró cumplirle el sueño a Ricardo Ragendorfer: hace de juez de instrucción.

–Sí... (risas). En El bonaerense había estado en una participación muy chiquita, pero los periodistas policiales tienen un lenguaje entre técnico y medio entre el hampa y la policía, términos criminales con legales, con canas, sí, estaba encantado. Hay varios guiños dentro de la peli.

–Usted está acostumbrado a jugar con su familia dentro de sus historias, ¿cómo fue exponerla a Martina, su mujer?

–Había algo natural, Martina se formó con Carlos Gandolfo desde los 17 años. Era algo que en algún momento iba a pasar, es diferente a filmar a mi abuela que era un evento especial. Mi abuela era como personaje. En este caso, con Martina empezamos a trabajar sobre Julia, que quizá en otros casos, como mi viejo que hacía un personaje en El bonaerense era algo más chiquito, con menos riesgo, con menos exposición. Acá Martina está en planos muy cerrados, y cuenta una historia de cinco años.

–¿Cómo fue la relación durante el rodaje?

–Bien... qué sé yo.

–La pregunta es porque durante la maternidad pareciera que las mujeres son como una especie de instrumento en función de sus hijos, y pareciera quedar totalmente desplazado el lugar de mujer. ¿Hay una sensación de ausencia de pudor en su relación?

–Sí, el personaje es muy complicado y mi desafío era no estar tan lejos como para que parezca más descriptivo o contemplativo, ni tan cerca que no te permita entender ese universo que no sea invasivo.

–¿Cómo trabajó esa panza de embarazada?

–Maquillaje. Primero de rodaje y después de corrección y posproducción. Tiene mucha posproducción, tiene un montón de efectos, cosas que también fueron complicadas. El paso del tiempo en Julia, de toda la época del embarazo fue muy loco, al principio fue engordar para estar más acorde a la panza y en la última etapa tuvo que perder todo el peso, empezar a hacer ejercicio. Empezamos a trabajar bastante tiempo antes, hay un laburo previo, de adelgazar o engordar en poco tiempo. El rodaje duró nueve semanas, el embarazo fue al principio, y a partir del embarazo fue empezar la dieta, y hacer ejercicios. No se ve en la película, no está marcado, pero de principio a fin uno se da cuenta. Al comienzo tiene el culo grande, las piernas más gordas y la postura hacia el final cambia mucho.

–¿Cómo es la sensación de “librarla” al público?

–No sé, no me genera nada. Va a tener una relación con el público impresionante. Las pocas proyecciones que tuvimos en este tiempo y las pocas veces que Martina estuvo, la gente sale muy impresionada del papel que hace. Los que no la conocen conectan directamente con el personaje de Julia automáticamente. Lo que genera es una atracción por el que ve la película desde la primera imagen.

–Da la sensación de que con el paso de sus películas, hay algo más sórdido cada vez, menos espacio para el humor. ¿Es así?

–El Rulo (Luis Margani) de Mundo grúa era la ocurrencia del personaje, no sé si más sordidez. Son películas mucho más dramáticas y en consecuencia la construcción de la película acompaña el punto de partida. Es más dramática en el sentido literal de la palabra, son más clásicos los conflictos. En el caso de Leonera son más evidentes las fuerzas que interactúan, son las primeras cosas que aprende un actor: un estudiante de teatro, de cine, lo que sea. Pero Leonera tiene momentos de humor.

–Sin embargo, el registro es otro.

–Sí, porque el punto de partida es otro. Pero claramente son películas más clásicas aunque internamente no lo son. En el rodaje no tengo una regla que se repita igual. Para todos los actores, para todas las pelis, hay escenas que están literalmente reproducidas en el guión, otras que nunca estuvieron en el guión. Otras se fueron modificando, otras se filmaron y no quedaron. No hay un patrón en las películas que se repita mecánicamente.

–¿Había ganas de volver a lo urbano?

–Sí, eso seguro. De hecho el punto de partida fue después de Nacido y criado que había sido chino, dos meses con 15 grados bajo cero, y veníamos de hacer Familia rodante que había sido en movimiento, más complicado. El punto de partida fue que le propuse a Martina hacer tres personajes, una especie de película de cámara, un ensayo, tres personajes en un departamento, algo simple, basado en el texto sin demanda de producción que significara moverse. Y así empezó. Martina se puso a escribir sobre Julia, contaba durante cincuenta páginas sobre la relación entre Ramiro, Nahuel y Julia, y ella estaba reentusiasmada, y entonces le dije: “Me parece que donde termina esto, en la muerte, empieza la película”. Y fue todo lo que pasa después de este crimen, y ahí se empezó a armar Leonera.

–O sea que esas cincuenta páginas finalmente no sirvieron.

–Fue bueno para Martina como Julia, pero fue ingrato porque empezamos con la idea de hacer algo juntos. Pero nos metimos en la cárcel, llamamos a los guionistas. No es la primera vez: después de El bonaerense también quería hacer una película sencilla de un tipo que se va de viaje, y no es sencillo construir una camioneta. En Mundo grúa lo único fácil era la casa del Rulo, pero después eran obras en construcción, permisos, viajar a Comodoro Rivadavia. Siempre fueron películas complejas.

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Leonera se estrenará aquí el jueves 29 de mayo.
 
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