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Martes, 20 de mayo de 2008

CINE › LIVERPOOL, DE LISANDRO ALONSO, Y LA SANGRE BROTA, DE PABLO FENDRIK

El marinero y la familia al límite

El director de La libertad y Los muertos ensaya una nueva relación con su protagonista; presente por segundo año consecutivo en la Semana de la Crítica, Fendrik demuestra una energía que está llamando la atención en el Festival.

 Por Luciano Monteagudo

Desde Cannes

El cine argentino no está presente sólo en la competición oficial, donde ya pasó con muy buena recepción Leonera, de Pablo Trapero, mientras se espera para mañana la aparición del segundo título nacional en concurso, La mujer sin cabeza, de Lucrecia Martel. Otro nombre clave del Nuevo Cine Argentino se sumó ayer a la Quincena de los Realizadores, la muestra paralela más importante del Festival de Cannes: Lisandro Alonso presentó el estreno mundial de Liverpool, su cuarto largometraje, que lo afirma como una de las voces más singulares del cine contemporáneo.

Hay una diferencia importante entre el nuevo film de Alonso y su obra previa. Mientras La libertad (2001) y Los muertos (2004) partían de personajes preexistentes, el hachero Misael y el ex presidiario Argentino, habitantes del interior profundo que después Alonso hizo reencontrar en el laberinto urbano de Fantasma (2007), en Liverpool, en cambio, el protagonista no tiene una vida anterior, es puro producto de la ficción. Esta diferencia modifica de manera sustancial la relación del realizador con su nuevo sujeto: si antes el cine de Alonso se limitaba básicamente a observar el devenir de sus protagonistas –un observador privilegiado, por cierto, capaz de descubrir en un puñado de planos aquello que definía a Misael y Argentino en sus vidas–, en Liverpool se percibe la voluntad ya no sólo de observar sino también de narrar, de aventurarse más allá de lo real.

No es casual que Farrel (Juan Fernández) sea un marinero. Su condición carga de por sí al personaje de un aura viajera, de un pasado que el espectador podrá completar con su imaginación cinematográfica o literaria. En medio del océano, próximo a llegar a puerto –Ushuaia, que sugiere la última ciudad del mundo antes de caerse del mapa–, Farrel le pide al capitán del enorme barco mercante en el que atraviesa el mundo unos días de franco, para ir a visitar a su madre. Hace veinte años que partió de ese pueblo perdido en el interior de Tierra del Fuego y ni siquiera tiene la certeza de encontrarla con vida. El film entonces será el itinerario de esa búsqueda, en la que Farrel se encontrará con una sorpresa, que lo pondrá ante una disyuntiva con la que no pensaba enfrentarse.

Con Misael y Argentino, Farrel comparte la soledad, el laconismo, el alcohol. Pero a Farrel lo mueve una historia, que lo desplaza por una geografía completamente nueva para Alonso: un paisaje de un blanco cegador, una nieve que parece la página en blanco sobre la cual el personaje tiene la posibilidad de reescribir su vida. “Lo que me importa es tratar de ver si ese encuentro es capaz de cambiar la forma de ver el mundo de Farrel –afirmó Alonso aquí en Cannes–; quería indagar hasta qué punto el personaje se permite sentir algo nuevo y volver a mirar a alguien a los ojos.”

Si el cine de Alonso es básicamente contemplativo, hecho de planos largos y reposados, que le permiten al espectador atravesar la experiencia de sus personajes, La sangre brota –otro de los films argentinos que están este año en Cannes– no podría ser más diferente. El segundo largometraje de Pablo Fendrik pasó en estos días por la Semana de la Crítica, donde el director ya estuvo el año pasado con su ópera prima, El asaltante. Film complejo, coral, nutrido de múltiples personajes e historias simultáneas, La sangre brota es pura intensidad, vértigo, cámara en mano. En el centro del relato hay una familia extraña, que en el transcurso de un día y una noche llegará a su punto de crisis. El padre (Arturo Goetz, un actor multifacético) es taxista y profesor de bridge, dos oficios que parecen contradecirse como pocos. Un llamado telefónico desde el exterior lo pone en una encrucijada: su hijo mayor, que ha escapado hace tiempo de la casa, le pide 2000 dólares para volverse de los Estados Unidos, donde está en problemas. Pero su madre (Stella Galazzi) no piensa sacrificar los escasos ahorros del matrimonio, los mismos a los que el hijo menor (Nahuel Pérez Biscayart) piensa echarles mano esa misma noche, para comprar una partida de drogas y salir a venderla por las playas de la costa.

“No es común que aceptemos al mismo director dos años consecutivos –le reveló Jean-Christophe Berjon, responsable de la Semana de la Crítica, al Hollywood Reporter–, pero La sangre brota tiene una energía y una espontaneidad que no pudimos resistir: Fendrik transmite una sensación de urgencia a todo lo que filma.” Que no es solamente ese núcleo familiar, sino también la pléyade de personajes que orbitan a su alrededor; una pareja de jugadores profesionales, un matrimonio lumpen con una hija sexualmente precoz, unos adolescentes drogones... Todo es abismo y exceso en el film de Fendrik, que ya está empezando a llamar la atención en la Croisette.

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A diferencia de sus películas anteriores, esta vez Alonso aborda una historia de pura ficción.
 
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