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Viernes, 4 de julio de 2008

CINE › LA MASACRE DE SAN PATRICIO, DE JUAN PABLO YOUNG Y PABLO ZUBIZARRETA

El terror no respeta la fe

Cruzando registros de la ficción con los desgarradores datos de la realidad, el documental pone bajo la luz el asesinato de cinco sacerdotes palotinos por un grupo de tareas de la dictadura, que intentó disfrazarlo de “hecho subversivo”.

 Por Oscar Ranzani

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4 DE JULIO. LA MASACRE DE SAN PATRICIO

Dirección, investigación y guión: Juan Pablo Young y Pablo Zubizarreta.
Música: Martín Iannaconne y Daniel Almada.
Dirección de Arte: Hernán Bermúdez.
Fotografía: Pablo Zubizarreta.
Producción ejecutiva: Diego Gachassin.
Locución de diarios de Alfie Kelly: Julio Chávez.

En la madrugada del 4 de julio de 1976, un grupo de tareas ingresó en la Parroquia San Patricio del barrio de Belgrano, donde estaban integrantes de la comunidad de Padres Palotinos, y fusiló a los sacerdotes Alfredo Kelly, Alfredo Leaden y Pedro Duffau, y a los seminaristas Salvador Barbeito y Emilio Barletti. Los asesinos dejaron dos leyendas. Una de ellas señalaba: “Por los camaradas dinamitados en Seguridad Federal. Venceremos. Viva la Patria”. La segunda indicaba: “Estos zurdos murieron por ser adoctrinadores de mentes vírgenes y son M.S.T.M.” (la sigla hacía referencia al Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo). Hacía unos meses que la dictadura había aceitado la maquinaria de terror que funcionó durante más de siete años y, a pesar de las evidencias, los militares atribuyeron la masacre a “elementos subversivos”, mientras que los medios, excepto The Buenos Aires Herald y uno de la comunidad irlandesa, tomaron esa información como verdadera. Este suceso que marcó la historia de la comunidad palotina en la Argentina fue investigado en profundidad, durante seis años, por Juan Pablo Young y Pablo Zubizarreta, quienes elaboraron el documental 4 de julio. La masacre de San Patricio.

El film tiene dos ejes narrativos que en determinados momentos se entrecruzan. El aspecto más informativo está a cargo del periodista Eduardo Kimel, quien realizó una profunda investigación sobre la tragedia plasmada en el libro La masacre de San Patricio. Su relato inviste los momentos en que aparece de un marcado tono policial. En algunas oportunidades, Kimel habla a cámara y, en otras, su voz en off se combina con imágenes suyas escribiendo o recorriendo el juzgado. Esta es una característica destacable del documental, ya que no se trata de un simple ensamble de entrevistas sino que hay una arquitectura estética muy bien elaborada. La otra voz en off es la de Julio Chávez, quien narra escrituras del diario personal de uno de los padres asesinados, Alfie Kelly, que le otorgan un componente ficcional a través de las imágenes, pero también un valor histórico. En el aspecto más periodístico, Kimel hace hincapié en datos precisos y contundentes que se conocen del caso: cuenta qué sucedió la noche anterior, recuerda la “visita” de dos autos sospechosos en esa noche en la esquina de Estomba y La Pampa, de la que hubo testigos. En otros momentos, Kimel opina sobre el estado de la causa: fue tomada en 1976 por el juez federal Guillermo Rivarola, que “no logró ningún resultado” y, con el retorno de la democracia, en 1984 se hizo cargo el juez Néstor Blondi, pero la investigación quedó interrumpida, aunque parezca increíble. Sin embargo, muy pocos deben dudar a esta altura que se trató del ejercicio del terrorismo de Estado en su plenitud.

El otro eje narrativo corre por cuenta de los entrevistados: algunos de ellos son sacerdotes, ex sacerdotes palotinos o seminaristas que exponen recuerdos que permanecen inalterables en la comunidad palotina, y que le otorgan al documental una intimidad que se hace pública para que el espectador pueda compartir. En estos casos, la cámara tampoco se estanca en los labios del que habla sino que puede verse a los entrevistados en acción, como al padre Kevin O’Neill sentado en la parroquia. Otros testimoniantes recuperan los momentos previos a la masacre, como el sacerdote Rodolfo Capalozza –salvado por milagro– o el organista de la parroquia, Rolando Savino, que encontró los cuerpos acribillados.

Testimonios muy elocuentes como el de Horacio Verbitsky permiten entender la responsabilidad del Episcopado en el golpe militar y, enseguida, los directores recuperan otro valioso material de archivo en el que se ve al capellán de las Fuerzas Armadas en 1976, Roberto Bonamín, expresando: “Me gustaría saber gracias a quién se puede ir a estudiar tranquilo a una escuela o a una universidad. ¿Gracias a quién? ¡Al Ejército Argentino!”. La masacre... permite analizar también la opinión de la jerarquía eclesiástica sobre los curas del tercer mundo: el arzobispo de Buenos Aires de entonces, monseñor Juan Carlos Aramburu, expresa su preocupación por “ciertas manifestaciones que parecerían que tuvieran cierta orientación hacia la política”, en clara alusión a los curas preocupados por una sociedad más justa.

Parte del primer tramo de La masacre... está dedicada a explicar los orígenes y la obra de la comunidad palotina; la segunda media hora pone el acento en la tragedia y adquiere un suspenso inquietante que estremece por las narraciones de los testimoniantes. El último tramo está dedicado al trabajo del ex sacerdote palotino Roberto Killmeate, y se aleja un poco del núcleo principal. Aunque permite conocer su trabajo comunitario en Santiago del Estero con los campesinos sin tierras. Y, en consecuencia, la esencia del pensamiento palotino.

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Dos de los entrevistados frente a la Parroquia San Patricio, escenario de la masacre.
 
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