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Sábado, 19 de noviembre de 2005

CINE › CRONICA DEL CASTING PARA LA NUEVA VERSION

Yo quiero ser Emanuelle

Cómo fue un día de casting en busca de la Emanuelle Tango, acompañando a una de las candidatas con más chances, la primera en llegar. ¿Por qué la Argentina se incluyó en la saga más famosa del erotismo soft? ¿Y por qué cada vez hay más chicas con aspiraciones a estrella sólo para adultos?

 Por Julián Gorodischer

La bebota no sabe de qué se trata este juego: ¿Quién era Emanuelle? Acaso una gatita de Porcel de los ’80, o una chica Playboy eternizada por su nombre de pila, por qué no una de las pechugonas que programan en las medianoches de los canales de erotismo soft... Todas podrían llamarse Emanuelle, en el pequeño mundo de Gabriela Zárate, enviada por su mami al casting para la Emanuelle criolla (alias Emanuelle Tango): la señora escuchó sobre la convocatoria en el programa de Magdalena, y ¡cómo desconfiar! Sobran, en este casting, las “entregadoras”: madres y suegras que mandaron a sus nenas, bailarinas de tango o modelos, para hacerle pucherito a la lente del selector. La nena armó el bolsito con la mejor tanga y el corpiño más push up de su guardarropas y acudió al llamado, el jueves pasado, en busca de plata, un protagónico y máxima visibilidad: no necesita saber nada más.
Gabriela, de las primeras en llegar, será acompañada por Página/12 en las etapas de su sueño concretado: posa en topless, dice lo que siente, actúa una escenita de seducción en el bar, hace un pucherito, admite que está dispuesta a todo pero no a que se le vean los genitales en primer plano, ni a ser penetrada, conocedora de las leyes del género película de panzazos –como define Alejandro Roza, encargado del casting, a la saga de las veinte Emanuelle–: mero erotismo soft, puro revolcón coreografiado. Pero, ¿quién era Emanuelle?

Un poco de historia
La bebota prefiere seducir con las piernas cruzadas, y nunca imitaría la apertura con minifalda y sin bombacha de Sharon Stone en Bajos instintos. Esta es la defensa de la insinuación, el elogio de lo que se mira y no se toca. O sólo se toca, pero no más allá. “Mostrar más quedaría fuera de contexto, y así seduzco mejor”, dice Gabi en una pausa de la prueba que le toma Alejandro Roza. No lo sabe, pero se postula para ser la sucesora número 21 de Sylvia Kristel, bomba sexual de los años ’70 que se hizo famosa como señora burguesa repentinamente erotizada, enseñada a coger por una adolescente en llamas: una especie de Belle de jour, que no se oculta ni cobra por aprender. Dirigida por Just Jaeckin, la Emanuelle original batió todos los records de excitación, en el ’74, contando la historia de la joven esposa de un diplomático francés destinado a Bangkok en su despertar sexual por fuera de la pareja, descubriendo el placer de los excesos. El acierto de Jaeckin fue adaptar una novela de Emanuelle Arsan (seudónimo de Maryat Rollet Andriane, la verdadera esposa de un diplomático francés) que llegaba con altísima expectativa por haber sido prohibida por el gobierno de De Gaulle: casi un mito nacional.
Gabriela, de ser elegida, llegaría demasiado tarde a la saga de veinte secuelas de una original tan exitosa, mantenida durante trece años en un cine de París a sala llena. Emanuelle es un hito fundador: introdujo en Europa el sexo explícito, cuando todavía un relato con erotismo soft sutilmente fotografiado, sin penetración ni primeros planos genitales, sin la rutina de fellatio, coito y encuentro lésbico (típica del porno posterior a los ’80), era toda una transgresión a la norma. Pero luego se inició una tradición devaluada, en la que las franquicias Emanuelle loba, negra, caníbal, presidiaria, tropical y fugada del infierno... de Portugal, Italia, Brasil, Estados Unidos y, ahora, la Argentina (en la versión del norteamericano Milos Twilight, que antes dirigió seres de TV para HBO) buscaron cada vez mayor impacto, enrarecieron sus tramas atribuyendo a la protagonista dotes de ama sadomaso, lesbiana asesina y, esta vez, clon raptado por extraterrestres que huye de una justicia global. En esa fuga, va a parar a las pampas, donde aprende a bailar tango. “Confluyeron distintos factores para hacerla en la Argentina –aclara Alejandro Roza, que será asistente de dirección en el rodaje–. Hay una buena movida de cine argentino en el exterior, los favorecen los costos, se encuentran excelentes recursos humanos. Y el tango es un adorno ideal.”

Dialoguitos
Alejandro Roza: –Me gusta tu figura, Gabriela, de mujer que tiene que ver con las redondeces. El hombre va con lo anguloso. En los tipos busco cuerpos fibrosos: que se les marquen bien los bíceps, tirando a un Antonio Banderas, el típico amante latino candoroso. No queremos un George Clooney. Me gusta la anatomía natural, valoro las piernas sugerentes, busco proporciones. Nunca podría elegir a una chica con siliconas; no me gusta Luciana Salazar.
Gabriela: –Mi fuerte es la curva, onda Jennifer López pero salvando las distancias. No me interesa la delgadez extrema. Lo que menos me gusta son mis piernas, están medio gorditas pero tengo 25... y si me hiciera algo ahora, ¿qué me quedaría para cuando tenga 40 años? Siliconas, jamás.
De pronto comienza la escena que otorgará el papel a la mejor de todas. Gabriela hace como que entra a un café; le dijeron: Jugá con los ojos y con todo el cuerpo. Se esmera, se tuerce como en una postura del yoga Ashtanga, se sienta pero “muy tranqui” –dice– porque esto es Emanuelle, y aunque jamás vio la original ya captó la onda. Ni aproximación, ni sentarse en las rodillas del tipo, ni sacarle una teta para que vea lo natural que es su pezón-capullo-de-flor, sutilmente delineado, nada de esos patys de las salidas del quirófano. “Siempre prefiero insinuar con las piernas cruzadas –asegura Gabriela Zárate–, como en esa publicidad de los vinos Grafigna, donde se lee 70 por ciento casual, 30 por ciento armado. La fórmula de un buen cepaje.”

Cambio de rol
Ahora filmar en Buenos Aires es barato y rinde como París o Nueva York –dicen los recién llegados–, a un tercio del valor. Igualmente las Emanuelle post años ’90 dan para todo, y no importaría demasiado que justo se cruzara un carrito de choripanes o un cartonero entre el deambular salvaje de la latina. Si la película original se basó en el garbo de Sylvia Kristel, definida por el crítico barcelonés Jordi Costa como “una que con su piel lechosa, su mirada de no haber roto nunca ningún plato, siempre deja vislumbrar el contorno de un seno, el límite de sus braguitas...”, la que viene está más en la tradición de la norteamericana Natasja Vermeer, de Emanuelle versus Drácula, o de la italiana Laura Gemser, de la saga que introdujo el air bizarro. Será “pura onda latina —anticipa el asistente de dirección–, más salvaje que la original, no tan fina ni apocada como Kristel. Esta trama se basa en un relato de ciencia ficción, como la historia de Especies... Emanuelle es un clon que va a ser perseguido por los Marines, y en el medio hay escenas de sexo. Pero lo erótico nunca deviene en porno: no hay planos genitales, ni primeros planos de los órganos”.
Gabriela: –Los límites no son míos, son del personaje. Pero mirá lo de Disputas: ¡también había sexo! Y fijate en Araceli (González) en Mujeres asesinas. Nosotros hablamos mucho y no nos animamos a tanto.
–Seguro le van a pedir una escena entre chicas...
–La escena lésbica pertenece al imaginario de todos. Pero no es de ahora... fijate en Grecia. La cultura nos lleva a la monogamia, pero eso no funciona más. Si siguiéramos con eso, ¿dónde irían a parar tantos travas?
–¿Vacila ante el desnudo?
–Pienso sólo en la luz, en la tela que me tapa y se desliza; estoy pendiente de la duración del poema que tiene a cargo mi compañero (en una obra que interpretó en la Casa de Cultura de Olivos, con desnudo incluido). Como frente al espejo, con la sensación de pasarme cremita después del baño.

Presas del pollo
Se pasan los teléfonos, se miran a los ojos, él le elogia su ángel personal; le gusta cómo se ríe con toda la cara. “Ella es tan natural, tiene luz”, sigue. Para ser la Emanuelle Tango cumple con varios requisitos: casi se devora la cámara con la bocota, nada de la sutileza de la era previa a las zafadas que se revuelcan con monstruos o con presidiarias, en los antípodas de la diplomática de Kristel. Para compensar, “Gabi tiene algo maternal, como cálido”. ¡Y la voz susurrada! ¡Como ratonea! ¿Fumás?, le pregunta... Ella está dejando de a poco... ¿Y estaría dispuesta, en el fondo, a ser una porno star? “Mmmmmhhh...”, balbucea. Querría detenerse un paso antes de la concreción, en esa torsión justita que reserva el contacto a la superficie de la piel. Como lo dice, por ella, el crítico español J. L. Ortega, que diferenció al erotismo del porno con una frase: “¿Es como vestirse con plumas en vez de comerse un pollo?”.

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Gabriela posa y hace mohínes seductores. Después se explaya sobre sus límites.
 
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