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Jueves, 31 de julio de 2008

CINE › YO SERVí AL REY DE INGLATERRA MARCA EL REGRESO DEL DIRECTOR CHECO JIRí MENZEL

¿Puede ser naïf un colaboracionista?

El realizador de la recordada Trenes rigurosamente vigilados vuelve a adaptar una novela de su compatriota Bohumil Hrabal y regresa a los tiempos del nazismo, reconvirtiendo en comedia amable lo que en sus mejores momentos se atrevió a ser una tragicomedia feroz.

 Por Horacio Bernades

A mediados de los años ’60, lo que por entonces se conoció como “nuevo cine checo” produjo, con Trenes rigurosamente vigilados, su mayor éxito global, ganando el Oscar al Mejor Film Extranjero y alcanzando una alta repercusión en el mundo entero. Incluida la Argentina, donde llegaría a ser un clásico de los cines Arte y Lorraine. Estrenada en su país a fines de 1966 y en el resto del mundo al año siguiente, la ópera prima de Jirí Menzel le dio un nombre no sólo a su jovencísimo realizador (tenía en ese momento sólo 28 años), sino también al autor de la novela, Bohumil Hrabal, devenido con el tiempo best seller “de calidad”. De allí en más, Menzel volvió a adaptar en varias ocasiones otros originales de Hrabal, incluyendo algunos tan conocidos como Alondras en un hilo. La más reciente de esas adaptaciones es Yo serví al rey de Inglaterra, que ahora se estrena en Argentina tras exitosa carrera internacional, iniciada a comienzos del año pasado en el Festival de Berlín.

Quien haya visto Trenes rigurosamente vigilados reconocerá, en Yo serví al rey de Inglaterra, un inconfundible aire de familia. En primer lugar, por su carácter de “picaresca de época”. Como en aquélla, Yo serví... es un relato de iniciación que los pasos de un pícaro, desde los años de formación hasta los de la vejez y recortado sobre acontecimientos históricos, entre los que se destacan los tiempos de ocupación. En el momento en que el relato se abre –en iris, a la manera del cine mudo al que en más de una ocasión rinde homenaje–, el espectador halla al héroe, en ese momento un anciano, saliendo de una prisión. En la entrada, una enorme estrella roja. Allí, Jan Díte pasó los catorce años que separan la posguerra de los primeros ’60. Aunque el propio protagonista asegure que nunca tuvo buena suerte, el propio relato se ocupará de poner esa afirmación en cuestión.

Sumando al relato-off una larga serie de raccontos, recursos ambos muy de los ’70 (que es cuando Hrabal escribió la novela), de la narración se desprende, por el contrario, que fue la falta de miramientos lo que permitió a Jan saborear mieles variadas. Quien quiera ver en Díte una versión eslovaca del simpático y sórdido Pasqualino Siete bellezas no andará tan errado. Si algo lo diferencia de su primo napolitano es que su falta de escrúpulos no está tan a la vista. El rubísimo y silencioso Jan da, por el contrario, toda la sensación de ser un muchacho naïf y virginal, con ese aire lunar que los héroes de Menzel siempre cultivaron. De hecho, Jan puede ser visto como versión unos años mayor de Milos, el adolescente de Trenes rigurosamente vigilados, que mantenía su empleo esforzándose lo menos posible, aprovechando los entresijos burocráticos y tratando de hacerles a las chicas lo mismo que en ese momento el ocupante alemán hacía con su país. Bellezas desnudas corretean también profusamente en Yo serví..., dándole un engañoso aire a comedia erótica.

Pero lo mejor de Yo serví..., lo que pone al espectador en un lugar problemático es la brusca, casi inadvertida inversión del punto de vista que la película practica, a partir del momento en que el héroe acude, cual caballero andante, al rescate de una chica indefensa. Pero la chica (Julia Jentsch, protagonista de Los educadores y Sophie Scholl) resulta ser una fanática nazi, convencida de la necesidad de no dejar rincón de Europa a salvo de una radical limpieza étnica. Nada de eso arredra a nuestro caballero, que pasará a convertirse en cretino colaboracionista, sin la menor conciencia de serlo. Pegado a él, el relato simula compartir esa falta de conciencia. De resultas de ello el espectador se encuentra, de forma tan tardía como culposa, con que ese muchachito que le caía tan simpático es poco menos que un cerdo, capaz de observar, sin que se le mueva un pelo, cómo las bestias ejercen sus derechos sobre los compatriotas más honorables.

Menzel acompaña el viraje, pasando con habilidad del naïf al falso naïf y pulsando en ocasiones, sin miramientos, la cuerda del humor negro. Como en una escena digna de aquel dibujante de Satiricón llamado Limura, en la que lisiados de guerra piletean alegremente en un día de sol, a puro muñón. Pero las fidelidades cinematográficas del realizador de Mi dulce pueblito le juegan una mala pasada. Tan de otra época como la recurrencia al relato-off y el racconto es el vicio del humanismo, que arranca a la película de las turbias aguas del dilema moral y la deposita en la inofensiva costa del aprendizaje moral. Allí, la fábula hace las veces de escuela de reeducación, dejando a todo el mundo feliz y contento y reconvirtiendo en comedia amable lo que en sus mejores momentos se atrevió a ser tragicomedia feroz.

6-YO SERVI AL REY DE INGLATERRA

(Obsluhoval jsem anglického krále, República Checa, 2006)

Dirección y guión: Jirí Menzel.

Intérpretes: Ivan Barnev, Oldrich Kaiser, Julia Jentsch, Martin Huba y Marián Labuda.

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Bellezas desnudas corretean profusamente en el film de Menzel, dándole un engañoso aire a comedia erótica.
 
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