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Jueves, 4 de septiembre de 2008

CINE › LA PRóXIMA ESTACIóN, FORMIDABLE EJERCICIO DOCUMENTAL DE FERNANDO SOLANAS

Cómo un país se quedó en la vía muerta

Solanas vuelve a proponer una discusión acerca de lo público y lo privado, a concientizar acerca del patrimonio y los recursos del país, en una película que exhibe con meridiana claridad el proceso que condenó a los trenes argentinos.

 Por Luciano Monteagudo

El cine de Fernando Solanas está acostumbrado al gran plano general, a pensar en grande. Cuando siete años atrás –urgido por el estado de asamblea popular que había encendido la crisis política, económica y social de entonces– sintió la necesidad de volver a salir a la calle con una cámara en la mano (como en los tiempos de La hora de los hornos), Solanas no se conformó con un mero registro de la revuelta. El resultado fue Memoria del saqueo (2004), un documental generado al calor de los acontecimientos de diciembre del 2001, pero que trascendía el mero testimonio de aquellos días de furia para proponer un análisis histórico de la Argentina en su conjunto. Desde entonces, Solanas viene profundizando ese camino, como si un film le dictara la necesidad de hacer el siguiente, hasta ir pintando una suerte de fresco cinematográfico que continuó primero con La dignidad de los nadies (2005) y luego con Argentina latente (2007). Ahora a esa saga –que tendría cinco capítulos: el propio Solanas mencionó ya el proyecto de La tierra sublevada, sobre los recursos naturales y los reclamos de los pueblos originarios– se suma La próxima estación, “historia y reconstrucción de los ferrocarriles”, según aclara el subtítulo del nuevo documental, que debe considerarse uno de los puntos más altos de todo el ciclo.

El hecho de que ahora el tema sea más preciso, más acotado, no limita a Solanas ni su ambición ni la amplitud de su mirada. Considerando que el ferrocarril fue desde sus comienzos una suerte de columna vertebral de la Nación en su conjunto –por su carácter integrador y por las posibilidades de desarrollo y democratización que supone su trazado–, la película es tan vasta y profunda como el país mismo. Fiel a una eterna preocupación de Solanas, que siempre estuvo –de una u otra manera– en todo su cine, pero que se expresa particularmente en esta serie de documentales, La próxima estación empieza por recordar que el ferrocarril sigue siendo un patrimonio público, por más que sus líneas hayan sido concesionadas y que los concesionarios lo usufructúen en perjuicio de los verdaderos dueños, los usuarios.

Esta voluntad de volver a discutir acerca de lo público y lo privado, de concientizar acerca del patrimonio y los recursos del país, ya estaba en el centro de Argentina latente. Pero a diferencia de ese capítulo, que abordaba demasiados campos y perdía su foco, aquí en La próxima estación el problema aparece con una claridad meridiana, de orden casi didáctico, en el mejor sentido del término, en la medida en que es capaz de hacer comprensible una cuestión compleja. Utilizando simultáneamente distintas prácticas documentales –reportaje directo, material de archivo, reflexión personal–, Solanas consigna que la mayor tragedia social de las privatizaciones se produjo en los ferrocarriles: fueron 85.000 despedidos, 800 estaciones cerradas que convirtieron a pueblos enteros en caseríos fantasmas, casi un millón de personas obligadas a emigrar a los suburbios de las ciudades capitales, con consecuencias de verdadera catástrofe social. Sin mencionar la premeditada desarticulación de la producción nacional, en la medida en que no existe Nación soberana sin un sistema de transporte de cargas que la integre y vincule.

Siempre hubo en el cine de Solanas una voluntad de intervención política en los asuntos del país, pero se diría que a diferencia de los tres documentales anteriores, La próxima estación es de todos ellos el que de manera más evidente enuncia su carácter de disparador de un debate al mismo tiempo puntual y de fondo. El colapso al que ha llegado el transporte público en la Argentina de hoy tiene una historia y la película la desempolva, con dinamismo y sin eufemismos, desde la creación del Ferrocarril del Oeste, en 1857, hasta la aparición de la ingeniería británica (con capitales argentinos) y su posterior nacionalización, que en un valioso material de archivo cuenta el propio Juan Domingo Perón, como si hubiera sido una picardía criolla. Como es habitual en Solanas, La próxima estación no se ahorra nombres propios cuando va punteando las distintas etapas de desguace del ferrocarril público, empezando por el plan “modernizador” de Arturo Frondizi, que alentó interesadamente la expansión del transporte automotor en detrimento del ferrocarril.

Por supuesto, como en todo su cine de los últimos años, el principal enemigo es Menem, autor de lo que Solanas denomina un auténtico “ferrocidio” a partir de su nefasta frase “ramal que para, ramal que cierra”. Pero la película recuerda –con imágenes más que elocuentes– el grado de corrupción y entrega de la cúpula sindical que permitió el saqueo, en particular de José Pedraza, a quien se lo ve feliz subiéndose al tren de la fiesta menemista, significativamente disfrazado de guarda.

Solanas tampoco se queda allí y llega hasta el día de hoy, en el que es su más claro distanciamiento de los gobiernos de Néstor Kirchner y Cristina Fernández. Su película habla de “la patria subsidiada” del kirchnerismo (“Si los ferrocarriles perdían UN millón de dólares por día, hoy cuestan TRES millones diarios pero sólo funciona el 20 por ciento de los trenes que teníamos antes”) y carga particularmente contra el actual secretario de Transporte de la Nación, Ricardo Jaime. Rememora que desde el menemato hasta la actualidad, siguen los mismos concesionarios –Cirigliano, Romero, Roggio, Urquía, Macri, Techint, Unión Ferroviaria y las brasileras Camargo Correa y A.L.L.– y denuncia que “lo que vale un peso es facturado varias veces más: el negocio es cobrar el subsidio estatal”.

Como un auténtico fiscal, Solanas también se presenta frente a la Fiscalía de la Nación y de los más altos estamentos de la Justicia para preguntar por qué nunca se investigaron los saqueos masivos de rieles, vagones y locomotoras de los últimos veinte años. Y lo único que encuentra son evasivas, desconocimiento o desidia, que en algunos casos parecen interesadas. Si no fuera porque en el fondo dan pena, estas entrevistas también tienen una buena dosis de humor. A su vez, la nota de esperanza con que la película se cierra –en una estación abandonada de provincia, en la que sus habitantes salen cantando y bailando a pelear por el tren– es quizá forzada e ingenua, pero se diría que el verdadero optimismo de La próxima estación está en la pasión, la inteligencia y el conocimiento de los trabajadores de base del ferrocarril a quienes el film entrevista y que expresan mejor que nadie la idea de que no todo está perdido. Y que hoy es más necesario que nunca recuperar al tren como servicio público.

8-LA PROXIMA ESTACION

Argentina-Francia, 2008.

Producción, guión y dirección: Fernando E. Solanas.

Fotografía y cámara: Rino Pravato, Mauricio Minotti, Alejandro Fernández Mouján y Fernando E. Solanas.

Música: Gerardo Gandini.

Edición: Alberto Ponce, Mauricio Minotti, Fernando E. Solanas.

Diseño de sonido: Lena Esquenazi.

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El film da pruebas de un “ferrocidio”, pero termina ensayando un optimismo basado en la pasión.
 
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