espectaculos

Domingo, 30 de noviembre de 2008

CINE › LA PROLIFICA LABOR DEL ACTOR EN LA PANTALLA GRANDE

Un emblema de la recuperación democrática

 Por Luciano Monteagudo

Fue un actor tan querido como prolífico, lo que no es decir poco, considerando que las filmografías consignan no menos de ochenta películas en cuatro décadas de trayectoria, que ubicaron a Ulises Dumont como uno de los intérpretes emblemáticos del cine argentino de la recuperación democrática.

Formado esencialmente en el teatro, del que nunca se apartó, Ulises –como siempre se lo conoció en el medio artístico, donde nadie lo llamaba por su apellido– empezó haciendo pequeños papeles en comedias picarescas como La gran ruta (1971), de Fernando Ayala, o Autocine mon amour (1972), de Hugo Moser, hasta que en 1976 tuvo ocasión de participar en Crecer de golpe (1976), de Sergio Renán, sobre la novela de Haroldo Conti. Pero fue Adolfo Aristarain el primero en ofrecerle el lugar que su talento merecía, con personajes secundarios a los que Dumont supo darles una entidad y una dimensión que excedían su duración en la pantalla. El primero de esa estupenda galería fue Larsen, el chorro asmático de La parte del león (1978), la ópera prima de Aristarain, un policial negro y desesperanzado que en plena dictadura supo esquivar la censura militar. Aquel Larsen soñaba con hacerse al fin, de una buena vez, de una plata que le permitiera dejar de asfixiarse en Buenos Aires para radicarse en Madrid, donde sabía que por su clima seco podía respirar mejor, quizá porque allí, aunque nadie lo dijera explícitamente, ya corrían vientos democráticos.

En Tiempo de revancha (1981), también de Aristarain, Ulises fue Bruno Di Toro, el amigo incondicional del protagonista que encarnaba Federico Luppi. Ambos, con un combativo pasado gremial que los había marcado, no se resignaban a la derrota política y estaban dispuestos a tomarse revancha de la multinacional que los contrataba, aunque Di Toro no llegaba a ver el final de la película, en el que ya se intuye también el final de la dictadura. Y en Ultimos días de la víctima (1982), sobre la novela de José Pablo Feinmann, Dumont vuelve a ser el ladero de Luppi, el compañero fiel, que no deja de batirle la justa, aunque su amigo sea un peligroso asesino a sueldo: “Estás fallando, flaco, ves a una mina y te madrugan...”.

Había una nobleza, una integridad, un corazón en esos personajes que eran también, sobre todo, los del propio Dumont, un actor que siempre fue parecido a sí mismo, pero que hizo de esa semejanza una virtud, por sus cualidades personales. Estas características no le impidieron, a su vez, explorar como actor zonas más complejas y sórdidas, como las que presentaba su protagónico absoluto de Los enemigos (1983), de Eduardo Calcagno, sobre guión de Alan Pauls, donde encarnaba a un hombre tímido y solitario, que se dedicaba a espiar la intimidad de una pareja vecina. La película de Calcagno le valió a Dumont un amplio reconocimiento internacional, con premios al mejor actor en los festivales de San Sebastián, La Habana, Biarritz y San Remo.

Algunos de esos mismos premios Ulises los volvió a ganar con otra película dirigida por Calcagno y escrita por Pauls, El censor (1995), donde se puso en la piel de un alter ego de Miguel Paulino Tato, el tristemente célebre censor cinematográfico de la dictadura. Y para Calcagno, Dumont también protagonizó la versión cinematográfica de uno de sus grandes éxitos teatrales, Yepeto, sobre la pieza de su amigo Tito Cossa. Entre aquellos años, Ulises no paró de filmar y estuvo en casi todas las películas representativas del período del restablecimiento democrático, del que en estos días se cumple un cuarto de siglo: No habrá más penas ni olvido (1983), de Héctor Olivera; Los chicos de la guerra (1984), de Bebe Kamin; Cuarteles de invierno (1984), de Lautaro Murúa sobre la novela de Osvaldo Soriano; La película del rey (1986), de Carlos Sorín, y Sur (1987), de Pino Solanas, donde formaba parte de la utópica “Mesa de los Sueños”.

El llamado Nuevo Cine Argentino, que surgió a mediados de la década del ’90, eligió otros actores y otros modos de actuación, muchas veces con no–profesionales. Pero Dumont igualmente siguió trabajando con aquellos realizadores más cercanos a un relato de construcción clásica, en El viento se llevó lo que (1998), de Alejandro Agresti; El mismo amor, la misma lluvia (1999), de Juan José Campanella, y Rosarigarinos (2001), de Rodrigo Grande, que le valieron premios en los festivales de La Habana, Gramado, Huelva y Mar del Plata. Y aunque su visibilidad en el cine argentino ya no era la misma, estaba en plena actividad: el año pasado estrenó tres películas y éste filmó incesantemente, al punto que el sitio web cinenacio nal.com consigna en su filmografía dos títulos terminados, seis en etapa de posproducción y uno que estaba a punto de rodarse. Hay Ulises para rato, pero no se podrá dejar de extrañarlo.

Compartir: 

Twitter

 
CULTURA Y ESPECTáCULOS
 indice

Logo de Página/12

© 2000-2022 www.pagina12.com.ar | República Argentina | Política de privacidad | Todos los Derechos Reservados

Sitio desarrollado con software libre GNU/Linux.