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Lunes, 18 de mayo de 2009

CINE › SORPRESAS EN LA SELECCIóN OFICIAL DEL FESTIVAL

Todo se da vuelta en la Croisette

La competencia dio muestras de revisionismo y relecturas posmodernas de las estructuras del cine de género. Pero también se vio un regreso al clasicismo. Ejemplos: Kinatay, de Brillante Mendoza; Vengeance, de Johnnie To; y Un prophète, de Jacques Audiard.

 Por Luciano Monteagudo

Desde Cannes

Film noir, terror, gangsters... El cine de género viene pisando fuerte en esta edición del Festival de Cannes. Y eso que todavía falta que llegue la película de guerra de Quentin Tarantino (Inglorious Basterds) y la incursión en el satanismo de Lars von Trier, con Antichrist. La ola se había iniciado un par de jornadas atrás con Thirst, del coreano Park Chan–wook, una sangrienta puesta al día con el vampirismo, no exenta del humor negro que practica el director de Oldboy. Pero este último fin de semana las clásicas estructuras del cine de género volvieron a ser dadas vuelta como un guante en la competición oficial. Hay revisionismo y relecturas posmodernas, pero también un regreso al más sobrio clasicismo. Todo cabe este año en la Croisette.

En Kinatay, el cineasta filipino Brillante Mendoza, que el año pasado ya estuvo en el concurso oficial con la estupenda Serbis, inicia su película como un documental hiperrealista de la abigarrada Manila: multitudes, ruidos, colores, dan cuenta de una ciudad tan vital como apabullante, donde la pobreza se codea con la riqueza extrema. A pesar de las dificultades de la vida diaria, la gente parece feliz, entre ellos Peping, un joven cadete de la policía, que acaba de casarse y tener un hijo, festejado por toda la familia. Pero, tal como informó el propio Mendoza aquí en Cannes, kinatay en filipino quiere decir “masacre”. Y cuando el ingenuo Peping sea reclutado por sus superiores para una operación clandestina, comenzará un largo viaje del día hacia la noche, hacia un horror que no tiene nada de fantástico.

Con una parsimonia que no hace sino crecer la tensión acerca de lo que sucederá, la camioneta que lleva a esos policías de civil secuestrará primero a una prostituta de cabaret involucrada en el tráfico de drogas y luego se alejará del centro de la ciudad, para acercarse a una casa del terror, quizá no muy distinta a los centros de tortura que supo haber en el conurbano bonaerense durante la dictadura militar argentina. Allí sólo espera la muerte. Y la luz del comienzo da paso a la más negra oscuridad. Cine de terror, sí, pero también cine político y social, en el que Mendoza aprovecha los recursos del género para denunciar el estado parapolicial bajo el que vive su país.

Muy distinto es el planteo del hongkonés Johnnie To, uno de los cineastas asiáticos más virtuosos del momento, dueño de una obra tan abundante como celebrada en el circuito de festivales. Su regreso a la sección oficial de Cannes –donde ya había estado antes en cuatro oportunidades, entre ellas con su magnífico díptico Election– se produjo ayer con la esperada Vengeance, protagonizada por un auténtico ídolo local, Johnny Hallyday, superestrella de la canción popular y el cine francés desde los años ‘60. Considerado una suerte de Elvis Presley local, Hallyday lleva vendidos aquí en Francia millones de discos (algunos de ellos junto a su pareja de antaño, Sylvie Vartan) y su regreso al primer plano cinematográfico –después de haber sido el villano de Détective, de Jean-Luc Godard, presente en Cannes ‘85– está siendo celebrado por la prensa francesa en pleno, que en estos días le dedica todas sus tapas, desde Le Monde hasta Líbération pasando por los Cahiers du Cinéma.

Especialista en films noirs y cine de acción, To convocó a Hallyday después de una frustrada experiencia con Alain Delon. Devoto confeso de la obra de Jean-Pierre Melville, el director hongkonés tenía escrito un guión pensado como una continuación del clásico El samurai, en la que el veterano Jeff Costello debe volver a las armas para vengar en Hong Kong un brutal ataque a la familia de su hija. Pero Delon no quiso ser parte del proyecto y los coproductores franceses le ofrecieron entonces a To una cita con Hallyday. El asunto es que Johnnie & Johnny –que no tenían idea de sus respectivas existencias– se entendieron como si hablaran el mismo idioma. Y el resultado es una película brillante, con dos o tres de esas escenas de bravura que son la marca de estilo de To –un tiroteo bajo la luz de la luna, que se enciende y se oculta según pasan las nubes; una persecución en plena lluvia bajo un mar de paraguas– y la reaparición del rostro curtido a hachazos de Hallyday, atravesando el brillo de neón de la noche de Hong Kong con una pistola en la mano como si fuera un apéndice más de su propio cuerpo.

El polar –que es el término con que los franceses denominan coloquialmente al cine policial– dijo presente también en la competencia de Cannes con Un prophète, quinto largometraje del crédito local Jacques Audiard, todo un especialista en el tema, aunque no demasiado reconocido fuera de su país. Sólida como una roca y de un clasicismo formal que casi no se permite ninguna distracción, Un prophète narra con aliento épico el relato de iniciación de Malik, un muchacho de origen marroquí de 19 años, que cuando entra a prisión parece incapaz de sobrevivir allí siquiera una semana y para cuando sale, seis años después, se ha convertido en el líder indiscutido del penal, capacitado para manejar bandas de distintos orígenes raciales de un lado y del otro de las rejas.

Sin que jamás lo enuncie en voz alta, Audiard está diciendo con su película que afuera o adentro lo que impera es la ley del más fuerte y que las viejas mafias –como la que opera el padrino corso interpretado por el genial Niels Arestrup– van dando lugar a nuevos grupos mafiosos, representantes de los flujos migratorios que atraviesa la sociedad en su conjunto. Unos aprenden de otros a hacerse un lugar a la fuerza allí de donde son excluidos.

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CANNES
Johnny Hallyday con Johnnie To, el encuentro de un ídolo popular con un cineasta sofisticado.
 
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