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Viernes, 11 de septiembre de 2009

CINE › TRAIDOR, DIRIGIDA POR EL ESTADOUNIDENSE JEFFREY NACHMANOFF

Una de terroristas, pero sin estereotipos

 Por Diego Brodersen

6

TRAIDOR
(Traitor, Estados Unidos, 2009)

Dirección y guión: Jeffrey Nachmanoff.
Fotografía: J. Michael Muro.
Montaje: Billy Fox.
Diseño de producción: Laurence Bennett.
Música: Mark Kilian.
Intérpretes: Don Cheadle, Guy Pearce, Saïd Taghmaoui, Neal McDonough, Alyy Khan, Archie Panjabi, Jeff Daniels.

La primera escena de Traidor, teñida en posproducción con una pátina soleada que no vuelve a aparecer en un film de tonalidades más bien oscuras, recrea un momento en la infancia de su protagonista, Samir Horn. Sudán, 1978, reza la placa al pie de la pantalla, mientras el chico es testigo de la muerte de su padre, asesinado en su propio automóvil, súbitamente transformado en coche-bomba. Nunca quedarán claras las razones de ese crimen, pero el hecho lo marcará y lo perseguirá por el resto de su vida. Corte a la República de Yemen en la actualidad, donde un adulto Samir es arrestado por un grupo de militares locales con apoyo logístico de agentes del FBI. Resulta que el tipo formó parte de un grupo de Operaciones Especiales del gobierno estadounidense, pero ahora le anda vendiendo explosivos a toda clase de terroristas islámicos. Por esa razón –y, por supuesto, por el siempre sospechoso hecho de practicar la religión musulmana–, el dúo de agentes norteamericanos le viene siguiendo el rastro desde hace un tiempo. Pero a no apurar las conclusiones: la lógica de este tipo de historias indica que no todo lo que reluce es oro.

Traidor abreva en las fuentes de decenas de thrillers políticos de los ’70, aggiornados por Hollywood tras el atentado a las Torres Gemelas para ponerse a tiro de las nuevas amenazas del terrorismo internacional. Así, el relato salta de locación en locación –de Londres a Marsella, de Halifax a California–, ciudades que Samir y un grupo de amigos fundamentalistas visitan para escapar de las garras de sus perseguidores, al tiempo que planean nuevos atentados en algún sitio del orbe occidental. El film de Jeffrey Nachmanoff, basado sorprendentemente en una idea del comediante Steve Martin (quien además oficia de productor ejecutivo), presiona una saludable cantidad de teclas en los momentos oportunos y basa gran parte de su atractivo en dos personajes que van más allá de estereotipos al uso. El primero de ellos es el propio Samir, interpretado con habitual solvencia por Don Cheadle (Hotel Rwanda, Crash e incontables roles secundarios), quien logra aportarle a un personaje moralmente acomplejado, aplastado por una vida atravesada por las sombras, una calidez y profundidad que se evidencian en su mirada, lejos de subrayados e histrionismos.

El otro es Omar, fundamentalista de cargo intermedio en una organización embarcada en la Jihad contra Occidente, encarnado por Saïd Taghmaoui, actor de origen francés a quienes los más cinéfilos recordarán por su presencia en El odio, de Mathieu Kassovitz. Omar no es el clásico terrorista unidimensional de mucho cine contemporáneo; por el contrario, su construcción revela que se ha prestado atención al origen de algunos radicalismos religiosos, al tiempo que lo aleja de la demonización automática. Omar y Samir son amigos íntimos desde su estancia en conjunto en la cárcel de Yemen, amistad que, inevitablemente, entrará en situación de peligro ante algunas derivaciones que no conviene revelar aquí. Tan atractiva resulta esta particular pareja protagónica que, no casualmente, los agentes del FBI interpretados por Guy Pearce y Neal McDonough son relegados por el relato al cargo de personajes secundarios.

La película se reserva una serie de vueltas de tuerca en su segunda parte que la alejan progresivamente de la reflexión política para concentrarse en gran medida en los mecanismos del cine de suspenso, al tiempo que algunas ambigüedades que lograron construirse van siendo reemplazadas por certezas cada vez más cristalizadas. En otras palabras, una vez que todas las máscaras caen por su propio peso, la película abandona cualquier atisbo de complejidad para dejar bien en claro quiénes son los good guys y quiénes los bad guys. Si el espectador evita pedirle peras al olmo, Traidor puede disfrutarse como un divertimento políticamente seguro que hace del entramado de las intrigas internacionales su tela de origen, su excusa argumental, pero nunca su eje central. Una vez más, el mundo no es suficiente.

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