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Domingo, 25 de octubre de 2009

CINE › MIGUEL ANGEL SOLA Y LEONARDO SBARAGLIA HABLAN DE EL CORREDOR NOCTURNO

“Son instrumentos del capitalismo”

Así definen a sus personajes los actores argentinos que protagonizan la nueva realización del director y productor español Gerardo Herrero, basada en una novela del uruguayo Hugo Burel. “La película habla de la cobardía, de la incapacidad de rebelarse”, dicen.

 Por Oscar Ranzani

Ambos construyeron sólidas carreras artísticas en España, al margen de las que cimentaron en Argentina. Habían trabajado juntos en La puta y la ballena, dirigidos por Luis Puenzo, pero sus personajes no se cruzaban tanto como en la relación simbiótica que tienen los que ahora interpretan en El corredor nocturno, la película que vuelve a reunir a Miguel Angel Solá y Leonardo Sbaraglia. El director es el español Gerardo Herrero, mejor conocido en Argentina como el coproductor de éxitos tales como El hijo de la novia, Luna de Avellaneda y El secreto de sus ojos (Juan José Campanella), El aura (Fabián Bielinsky), Plata quemada y El método (Marcelo Piñeyro), entre otras. Debido a su constante trabajo con el cine argentino, Herrero completa una tríada perfecta con Solá y Sbaraglia sobre los puentes cinematográficos entre España y Argentina. Es por eso que Solá manifiesta que “hay que apoyar mucho a Gerardo porque el trabajo que hace entre América y Europa es realmente importante. Y sobre todo con Argentina”. Sbaraglia, en tanto, manifiesta que “con Gerardo trabajamos muy muy bien porque él respeta mucho al actor, se apoyó mucho en nosotros a la hora de contar la película. Nos dejó participar creativamente, aportar y manejar los diálogos. Siento que me ha dirigido con mucho criterio”.

El corredor nocturno es la adaptación cinematográfica de la novela homónima del escritor uruguayo Hugo Burel. Sbaraglia compone a Eduardo López, un joven casi cuarentón, gerente de una compañía de seguros, que está casado con Clara (Erica Rivas), una mujer cálida pero que frente al problema de Eduardo también mostrará su costado más duro. Eduardo, en tanto, tiene adicción por su trabajo y por los números: es el hombre que se encarga de que la empresa sea cada vez más rentable. Y por las noches corre y corre. No es un tipo sencillo: ha pisado cabezas para llegar al puesto que ocupa y en la actualidad no se acuerda (o no se quiere acordar) de sus actitudes. Hasta que durante un viaje de negocios, en un aeropuerto, se topa con Conti, un hombre extraño para Eduardo pero que, sin embargo, se presenta como su “salvador” y buscará ponerlo frente al espejo. “Es una historia realmente compleja pero que está realizada, al menos desde mi personaje, con mucha sencillez, con mucha medida, y paradójicamente con mucha humanidad. Es un personaje al cual se le ve todo el tiempo esa contradicción, esa humanidad en su mirada”, señala Sbaraglia.

–¿Consideran que el clima agobiante de la historia es producto del acoso y la manipulación en el mundo de las grandes empresas o trasciende el universo laboral y se refiere más bien a la sociedad moderna?

Miguel Angel Solá: –La sociedad moderna está llena de ese mundo laboral de empresas y ese mundo laboral es producto de una sociedad. Además de ser un thriller decente y de tener capacidad para atrapar al espectador, esta película trata sobre la condición humana: qué hacer con uno mismo y qué hacer en relación con las obligaciones que uno tiene que tener para mantener un status, un número en la vida.

Leonardo Sbaraglia: –Es una historia que habla de un cuerpo que está atrapado justamente por esa circunstancia del mundo en el que vive, por mantenerse arañando poder. Es un tipo que está llegando casi a los cuarenta años y en ese mundo crecer es muy duro. Desgraciadamente es algo que pasa en casi todas las profesiones ya que te jubilan cuando estás en la mayor plenitud intelectual, como por ejemplo sucede con los profesores universitarios. En las empresas esto se ve como más radical. Yo he tenido la suerte de poder entrevistar y ver a mucha gente que trabaja en este ámbito. Por supuesto, no puedo hacer generalizaciones, pero lo que se siente es que es un puesto de mucha presión. De pronto, tenés que despedir gente, decidir sobre el destino de una persona, de una familia. Y Eduardo López es un tipo que está bajo muchísima presión, sobre todo no perder lo que consiguió. Pareciera que, si lo pierde, se derrumba el mundo. Está encerrado en esa situación y esa situación está encerrada en su cabeza. Y en su cabeza él construye todo un universo para poder seguir “matando” sin culpa.

–¿El film también establece una crítica al enloquecido mundo de los negocios y a la extrema ambición por la rentabilidad?

M. A. S.: –Habla de la cobardía, de la incapacidad de poder rebelarse frente a determinadas situaciones, de la falta de confianza de esa persona, de las dudas que se le plantean como irresolubles. López se construye una pared. No es una pared real, es ficticia. Puede estar o no, depende de qué es lo que haga él con su capacidad de comprender el mundo y de comprenderse a sí mismo. Es un hombre que encontramos en un momento en que no cree en él y que se cree capaz de revertir una situación. Lo más terrible de todo esto es lo que pasa en la realidad: un hombre empieza a creer que está enfermo y se genera su propio tumor, el propio monstruo afuera. Es algo así como la profecía autocumplida.

–¿Consideran que los personajes son opuestos o se complementan en algún aspecto?

M. A. S.: –No son opuestos más que en la actitud de repulsión de Eduardo hacia Conti. Este le pone una sola condición, que es la aceptación y esa condición se cumple. A partir de ahí, Conti ya no existe. Lo único que existe es la aceptación de su situación. El personaje de Eduardo es muy complicado porque constantemente está dudando sobre qué está bien y qué está mal. Pero no se lo plantea filosóficamente, lo obligan a tomar decisiones instantáneas ante determinadas cosas. El trata de buscar la manera de no tener que cumplirlas drásticamente, sabiendo que lo va a hacer. O sea que tiene ya un determinismo.

–¿Qué es la ética para cada uno de los personajes?

M. A. S.: –Para Conti existe una ética: la de cumplir su voluntad. La normalidad es que se hagan las cosas como él dice que hay que hacerlas. Esa es su ética, no se plantea si hay sufrimiento al costado. El quiere hacerle ver a Eduardo que el sufrimiento es ajeno, que no tiene por qué complicarse en el sufrimiento de otros sino que tiene que fijarse en no sufrir él porque la va a pasar muy mal.

L. S.: –Eduardo se construye toda esta historia para anestesiar su ética, su dolor por el otro y su culpa. Es un tipo que tiene que matar esa contradicción, que es la que registra la humanidad. Así como La viudas de los jueves habla de un tipo que termina construyendo hasta de su propia muerte un acto capitalista, Eduardo es un perfecto instrumento del sistema capitalista que tiene que adormecer, dejar de observar la humanidad que lo rodea para seguir siendo rentable. A la rentabilidad no le importa el ser humano.

–Cuando empieza la película uno lo ve a Eduardo como un hombre calculador, sobre todo por el trabajo que tiene, pero a medida que se desarrolla la trama, la mente fría parece ser la de Conti.

M. A. S.: –No es que sea una mente fría. La mente no tiene categoría ni de frialdad ni de calor: funciona como mente. Lo que no se le ve a Conti en todo caso es el corazón. O sí se le ve cuando le dice que quiere ser su amigo. El universo de Conti no funciona con el alma sino con una garantía, nada más. La historia no está contada desde el punto de vista de Conti. El es un personaje fácil de actuar porque no duda: viene a imponer algo determinado. El personaje difícil de actuar es el de Eduardo: él tiene que debatirse entre ese otro yo, ese alter ego que está afuera de él diciéndole cuál es el camino que tiene que emplear porque es el mismo que lo hizo trepar.

–Conti es un personaje que tiene un objetivo muy concreto y la suficiente lucidez para lograr lo que persigue. Eduardo, en cambio, es más ambiguo: calculador en los negocios y diferente en su vida. ¿Cómo trabajaron la psicología de sus personajes?

L. S.: –Cuando uno va a interpretar un personaje tiene que tratar de entender por dónde pasa la mejor expresión del personaje. Y en ese sentido, la expresión de Eduardo la fuimos encontrando entre todos. Realmente trabajamos en equipo y, de alguna manera, a Eduardo teníamos que hacerlo todos. Y ésa es la psicología del personaje porque todos son Eduardo. Podría tomarse la película como que todos son parte del mundo que Eduardo se construye alrededor. Pero, fundamentalmente en términos psicológicos, es un personaje que está encerrado en una situación de la cual no tiene salida.

M. A. S.: –Conti es un tipo que viene con un mandato: hacer cumplir a otro la obediencia debida. A su vez, se supone que Conti, al venir con un mandato, está cumpliendo obediencia debida al transferir ese mandato. Ese es el sistema y el engranaje. No tiene psicología mi personaje. Conti es eso.

L. S.: –Hace poquito me tocó hacer un personaje esquizofrénico en Epitafios. Pude investigar sobre ese mundo. El esquizofrénico tiene todo el tiempo una voz que hace que salga de la contradicción, una voz que le pide cosas irrealizables a ese ser humano. Y, por lo tanto, muy tortuosas. Y esto es un poco Conti: es como si fuera una voz terrible, maquinal, porque no sabe de sentimientos ni de psicología, como dice Miguel, sino que simplemente viene a cumplir un objetivo muy concreto sobre el otro. Parte de la psicología de Eduardo es esa voz esquizofrénica que la pone afuera, en un ser que supuestamente es de carne y hueso, para vivir tranquilo.

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Solá y Sbaraglia ya habían trabajado juntos en La puta y la ballena, de Luis Puenzo.
Imagen: Dafne Gentinetta
 
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