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Domingo, 11 de julio de 2010

CINE › THE EXPENDABLES, O LA VUELTA DE LAS PELICULAS DE ALTA TESTOTERONA

Los viejos héroes de acción no se rinden y dan pelea

Sylvester Stallone, Bruce Willis y Arnold Schwarzenegger aparecerán juntos por primera vez en The Expendables (“Los descartables”). Y a la versión para pantalla grande del éxito televisivo Brigada A se suman los relanzamientos de Rambo y Rocky.

 Por Geoffrey Macnab *

Las películas de héroes de acción de los ’80 fueron la respuesta de la era Reagan a los films de cowboys del viejo Hollywood, a menudo mezclados con un toque de misticismo de artes marciales orientales. La popularidad de Arnold Schwarzenegger, Chuck Norris, Steven Seagal, Sylvester Stallone, Jean-Claude Van Damme y sus cohortes era vista por muchos como la evidencia de una reacción contra las políticas del “Nuevo Hombre” de los ’70. Esto dispara la pregunta de por qué los héroes de acción están floreciendo nuevamente, en los primeros días de la era Obama. La película de acción está de regreso, más grande que nunca. Este año se verá a Stallone, Bruce Willis y Schwarzenegger juntos por primera vez en pantalla con The Expendables (“Los descartables”). A la versión para pantalla grande del éxito televisivo Brigada A se suman remakes actualmente en producción de Conan El Bárbaro y Red Sonja. Mientras tanto, Stallone está embarcado en un relanzamiento de Rambo y Rocky.

Entonces, ¿qué hay detrás del revival de las aventuras de alta testosterona, con tipos sudorosos de grandes músculos? ¿Tiene que ver con el modo en que se diluye la influencia de Estados Unidos como superpoder? ¿Es una reacción tardía a la “guerra contra el terror” de Bush? Esta celebración del individualismo sin ley, ¿es la respuesta del cine a los movimientos de protesta? La respuesta es mucho más simple. El público aún sigue buscando el mismo escapismo adrenalínico que las mejores películas de acción siempre proveyeron.

Una de las ironías del regreso de la película del héroe de acción es que las mismas estrellas son presionadas a unirse al clan y volver al servicio. Cuando el año pasado se filtró la noticia de que Stallone se había roto el cuello mientras filmaba The Expendables, los escépticos no pudieron evitar pensar que Stallone se había buscado la desgracia. Después de todo, Sly tiene 63 años, a punto de cumplir 64. No es precisamente una edad adecuada para luchar con un urso como Stone Cold Steve Austin, ex estrella de la World Wrestling Federation, que es lo que Stallone estaba haciendo al momento de lastimarse. La lesión en el cuello fue presentada a los medios como el tipo de asuntos que los actores de acción sufren todo el tiempo. Stallone estaba muy interesado en puntualizar que The Expendables presenta dobles reales y escenas de lucha al viejo estilo –no ese torbellino generado por computadora que hoy se presenta como acción–, y que la vértebra rota simplemente vino con ese contexto. En caso de que alguien dudara del hecho, el actor puso su placa de rayos X en Internet.

Stallone no sólo protagoniza The Expendables: también la produjo y la dirigió.

Es comprensible que cualquiera piense que The Expendables es una elegía al estilo John Ford de las estrellas de acción de los ’80 y ’90: un último hurra para un estilo de realización cinematográfica que estaba en su apogeo cuando llegó la era del directo-a-video, la última oportunidad para Stallone de llamar a todos sus tristes capitanes para una última aventura impulsada por la testosterona. Pero es probable que se vea como un buen intento para revivir al género de acción antes que como un final para un estilo ochentoso que se despidió para bien. Jean-Claude Van Damme rechazó el proyecto, pero Stallone pudo enrolar a otras figuras nudosas, curtidas, como Mickey Rourke, Dolph Lundgren, Eric Roberts y Jet Li, junto a Bruce Willis y Arnold Schwarzenegger –que tienen apariciones especiales– y el más joven británico Jason Statham. Juntos, parecen listos para volver a invocar a los gloriosos días de actores monosilábicos con grandes músculos y cierto encanto para las artes marciales.

En los ’80 hubo razones comerciales e ideológicas para ese florecimiento de los héroes de acción. Una explicación de su popularidad es que los Estados Unidos aún se estaban reponiendo de las indignidades de la guerra (perdida) de Vietnam, Watergate y la crisis de los rehenes en Irán de la era Carter. El público quería cruzados fuertes, héroes carnívoros que podían vengar (al menos en sentido figurado) las humillaciones que los estadounidenses habían sufrido en los ’70. La gente estaba harta de esas películas honestas, de personajes liberales, como Todos los hombres del presidente. Esta era ciertamente la teoría a la que adhería Chuck Norris, campeón de karate convertido en estrella de película-que-ondea-banderas cuyo hermano menor murió en la guerra de Vietnam. “Creo que mucha gente está cansada de las películas deprimentes, aburridas. Pienso que muchos quieren sentirse bien al final de una película”, dijo a The New York Times en una entrevista de 1985. Norris era un gran fanático de Reagan. “Quiero un líder fuerte, y él es un líder fuerte. Y desde que él está en la Casa Blanca, hay un sentimiento más positivo y patriótico en este país”, explicó.

Norris patentó el estilo de actuación escasamente demostrativa que Schwarzenegger, Van Damme y compañía adoptarían. Por un lado, a menudo esto era una cuestión de necesidad. El inglés no era la lengua madre de estrellas de acción como Lundgren, Schwarzenegger y Van Damme, y no eran precisamente expertos en el método de actuación. Por otro lado, como Norris aprendió de Steve McQueen, a menudo menos es más. “Las películas son visuales, y cuando tratás de verbalizar algo es probable que pierdas el público”, le dijo McQueen. La popularidad de Clint Eastwood, como Harry el Sucio o como El hombre sin nombre de los westerns de Sergio Leone, subraya la verdad en esa observación de McQueen.

Para fines de los ’80 y comienzos de los ’90 el western en sí se había vuelto cada vez más complicado y autorreferencial. Los imperdonables, de Eastwood (1992), era un film magistral, que abría agujeros en los mitos simples de la era de John Wayne. Mostraba la muerte como lo que era y se mofaba de la vanidad de los cowboys aspirando a la gallardía. Las líneas entre héroes y villanos se difuminaban. En las películas de acción de los ’80, los directores aún podían salirse con la suya con el simple planteo moral del bien contra el mal que había sostenido al western en sus primeros y menos complicados días. En lugar de un veloz tirador como Shane reventando a los malos y cabalgando hacia el sol poniente, las pelis de acción ofrecían héroes como el Coronel John Matrix (Schwarzenegger) en Comando, de 1985, o como el heroico Van Damme en la frenética Hard Target, de John Woo (1993). Estas películas podían ser violentas y explosivas, pero también eran sencillas historias folklóricas, en las que nada había de complejidad moral.

Al mismo tiempo que Norris vivía su momento de gloria, haciendo películas como Perdido en acción y Fuerza Delta, la carrera de Stallone se construía a buen ritmo gracias a Rocky y Rambo. “Con Rocky, Stallone le hizo un gran favor a mi carrera, porque le abrió camino a todo un nuevo estilo de película, en la que el cuerpo es aceptado, y la gente va a ver el cuerpo. Hoy hay un público joven en los cines, y quieren actores físicos como yo y como Stallone.” Con esa frase, Arnold Schwarzenegger, el fisicoculturista austríaco convertido en estrella de cine, le rindió tributo a Stallone.

Detrás del género de acción había un imperativo económico. En la era del video, esas películas eran altamente lucrativas, relativamente baratas de realizar y fáciles de mercadear. Todo lo que se necesitaba era un buen poster, un título con gancho y una estrella más o menos familiar con grandes bíceps y una mirada amenazante. Renny Harlin, director de Duro de matar 2, disfruta contar la historia de cómo su carrera se disparó en 1982, cuando viajó de su Finlandia natal a Los Angeles para asistir al American Film Market. Harlin no pudo dejar de advertir cuán fácil era vender películas de acción. Junto a un amigo, decidieron hacer una: de regreso en Finlandia, escribieron un guión que llamaron Fuerza salvaje, diseñaron un poster y le imprimieron “Chuck Norris”. En el American Film Market del año siguiente fueron capaces de vender la película a todo el mundo... aun cuando ni siquiera la habían hecho. A la hora de los hechos, Chuck Norris no intervino en el film, que fue rebautizado Arctic Heat y finalmente realizado como Born American con el hijo de Norris, Mike. Fue un suceso arrasador, pero los cineastas habían hecho tan malos acuerdos que no ganaron un solo centavo.

Los productores estaban listos para lo que fuera con tal de tener sus películas de acción. El ex jefe de Cannon, Menahem Golan, hizo un famoso contrato con Stallone en una servilleta para que interpretara a un camionero competidor de campeonatos de pulseadas en Halcón. Fue Golan quien descubrió a Jean-Claude Van Damme... o Van Damme quien descubrió a Golan. El belga dio una improvisada demostración de kick boxing en un restaurante de Los Angeles, y Golan lo contrató de inmediato para protagonizar Kickboxer (1989).

Las estrellas de acción llegan de entornos muy diferentes. La coestrella de Van Damme en Soldado universal, Dolph Lundgren, era un estudiante sueco que fue brevemente enrolado en el Massachusetts Institute of Technology. Steven Seagal era hijo de un maestro y una enfermera de Detroit que se metió en el negocio de las películas tras años de estudiar aikido. Norris era seis veces campeón mediopesado de karate. Lo que todos tenían en común, en ese período, era su garantía de reventar las taquillas. Pero gradualmente la rueda siguió girando, las películas de acción pasaron de moda. El colapso del mercado de video fue un factor importante en su pérdida de popularidad. Tampoco ayudó que hubiera pocas estrellas nuevas que pudieran igualar el arrastre de los guerreros de los ochenta: Norris, Seagal, Stallone, Schwarzenegger y Van Damme.

Se puede advertir que un género empieza a luchar por su supervivencia cuando empieza a acercarse a la autoparodia y la reflexión. JCVD (Mabrouk El Mechri, 2008) fue ampliamente celebrada por los críticos, siempre un signo que levanta sospechas cuando de películas de acción se trata. En la película, Van Damme interpreta una versión de sí mismo: es una estrella de cine agotada en el medio de una amarga pelea judicial con su ex esposa por la custodia de su hija. El film posee varias referencias a otras producciones de acción, además de divagaciones sobre cuánto cuesta hacerlos y cuánto cree Van Damme que debería cobrar. Después de JCVD, fue todo un desafío pensar el modo en que las películas de acción podrían reinventarse. Stallone pareció estar nadando desesperadamente contra la corriente cuando apareció con su idea de traer a todos los viejos héroes para The Expendables. Por supuesto, en todos los mejores films del género, los héroes encuentran una manera de ganar. Esto es lo que Stallone y su equipo están intentando en la vida real. No es sólo un caso de nostalgia ochentosa imperando entre los ejecutivos de edad mediana en Hollywood. Los estudios están convencidos de que allí aún hay dinero, en un género que pocos años atrás se consideraba simplemente artrítico.

Quedaron muy lejos los días en que –como dice Zygi Kamasa de Lions Gate, la distribuidora de The Expendables– todo lo que se necesitaba para una peli de acción exitosa era “meter una estrella, largar algunas explosiones y un poco de acción”. Películas como The Expendables y Conan tienen valores de producción muy por encima de los que se manejaban en los días de Menahem Golan. Esas películas ya no pueden descansar en la red de seguridad de las ventas en video: la nueva oleada será juzgada por cómo le vaya en las salas. Los presupuestos fueron hacia arriba, no hacia abajo. The Expendables costó 80 millones. Conan, que está siendo filmada en 3D, es también una de alto presupuesto.

“Stallone quería hacer una película de acción al viejo estilo”, dice Kamasa. “Su manera de engancharnos fue esta combinación de Doce del patíbulo con Los siete magníficos, sin CGI, un film de la vieja escuela con héroes reales.” Para que el revival tenga cierta permanencia en el tiempo, es realmente necesario que aparezcan nuevos reclutas. Van Damme, Stallone, Lundgren y compañía (y sus colegas asiáticos Jet Li y Jackie Chan) ya están criando largas barbas. Es tiempo de una generación fresca de fisicoculturistas austríacos y kick boxers belgas o actores como Sam Worthington y Jason Statham, para dar el paso adelante y ocupar el lugar de Arnie y Jean-Claude. De otro modo, el interés de las audiencias puede empezar a desvanecerse rápidamente.

* De The Independent de Gran Bretaña. Especial para Página/12.

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