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Domingo, 26 de febrero de 2006

CINE › ALEJANDRO MALOWICKI, ESPECIALISTA EN FILMS PARA NIÑOS

“Hacer cine para chicos es una responsabilidad”

El director de Pinocho, realizada en colaboración con Hugo Midón, está preparando un segundo largo para el público infantil, Las aventuras de Nahuel, sobre leyendas aborígenes. “Hay que recuperar esa cultura”, dice.

 Por Oscar Ranzani

¿Qué pueden llegar a conocer los chicos sobre las culturas aborígenes de la Argentina a través del cine? La respuesta estará contenida en el argumento de Las aventuras de Nahuel, segundo largometraje infantil que está rodando Alejandro Malowicki. Si bien el director de PyME (Sitiados) –un film de ficción para adultos que retrató las diversas problemáticas que surgen en el seno de una fábrica– se considera un enamorado del género, la diferencia temporal entre su primer y segundo largo para chicos da cuenta de que a la industria no es lo que más le interesó desde que se hace cine en nuestro país: Pinocho –una película adaptada por Hugo Midón y que muestra al personaje argentinizado en la piel de Soledad Silveyra viviendo en un mundo complejo, al que se rebela– se estrenó en 1987. Históricamente, el espacio que se le otorgó al cine argentino destinado a los más pequeños fue muy escaso, acaso por la ausencia de políticas que promovieran estas realizaciones, o bien por la falta de interés de algunos cineastas en desarrollar un arte que implica todo un desafío. A pesar de ello, el género actualmente está más vivo que nunca: en estos momentos se están filmando cuatro películas infantiles en la Argentina (ver recuadro).

“Desde hace mucho tiempo tenía ganas de hacer una película para chicos que tratara el tema de las leyendas aborígenes que poblaron nuestro territorio”, relata Malowicki quien, además de filmar cine para chicos, lo enseña: es docente de la cátedra Realización y Producción de Cine y Televisión para Niños y Jóvenes de la Carrera de Diseño e Imagen de Sonido de la UBA y este año será el titular de una materia de similares contenidos en la Escuela Nacional de Experimentación y Realización Cinematográfica (Enerc). “No encontraba la forma concretamente, pero hace mucho que venía leyendo ese tema y recolectando mucho material”, agrega. “Y un día apareció una idea donde yo podía expresar esta necesidad.” Desde hace un año, Malowicki comenzó a desarrollar el guión. El protagonista es Nahuel, un chico muy humilde que escapa de su casa después de ser maltratado por su padrastro y vive en la calle. Nahuel se hace amigo del gato Busca, un simpático felino empresario y líder de la Murga Gatuna. Caminando por la calle se encuentran un libro mágico que sólo Nahuel puede entender. “Solamente el niño –sostiene Malowicki– puede ver esa magia porque tiene mucha imaginación que, hasta ese momento, la usaba un poco para imaginar catástrofes porque es un chico maltratado en la calle.” Ese libro encierra leyendas aborígenes argentinas que guiarán a Nahuel hacia el camino de reencuentro con su mamá.

–¿Por qué decidió abordar la temática aborigen?

–Hace tres años hice dos documentales de escuelas de maestro único junto con Ctera. Una de las escuelitas era mapuche y estaba perdida en la montaña. A partir de haber tomado contacto con esa escuelita y con la problemática mapuche en esa zona es donde comencé a darme cuenta. Empecé a encontrarme con dirigentes mapuches y a descubrir la discusión que para mí estaba lejana porque la desconocía: la discusión de lo argentino, de lo no argentino, del territorio, qué es propio, qué no, qué es de los aborígenes. Por un lado, esa discusión me despertó la curiosidad y, por otro, la preocupación de darme cuenta de que existen muchas comunidades aborígenes en la Argentina que han sufrido desde hace muchísimos años y después siguieron sufriendo con las conquistas de nuestros propios ejércitos. Ahí me encontré con una enorme cultura desconocida para los chicos. Y las leyendas son expresiones donde las culturas han volcado sus sentires y sus ideas sobre lo que significa la paz, la tierra, la convivencia. Todo eso está tan perdido en nuestra cultura y las culturas aborígenes siguen teniéndolas y cada vez más fuertes. Es importante que nuestros hijos las conozcan y no hay mejor espacio para conocerlas que a través de las leyendas.

Las aventuras de Nahuel está adaptada a los tiempos que corren: a través del empleo de las nuevas tecnologías, Malowicki decidió combinar títeres con animación. Si bien en un principio pensó en hacer su película con títeres, más tarde le sumó la animación en 3D porque le estaba dando “una enorme posibilidad para poder volar mejor con la imaginación”. Entonces, sacrificó horas de sueño para plasmar en su largometraje la idea estética preconcebida. “Hay títeres reales –comenta– que se desarrollaron con una técnica especial llamada de pistolete. Es un remoto mecánico. Roberto Do Campo fue el encargado de desarrollar la tecnología que permite que el títere pueda mover los ojos, la cabeza, el torso, las manos, etcétera. Entonces, hay personajes principales que son los títeres y los personajes animados de las leyendas que interaccionan con esos personajes títeres en fondos en 3D.”

–Muchas veces la animación deja de ser un instrumento para la historia y el centro de la película se sostiene con los efectos especiales. ¿Comparte esta mirada?

–Es correcto. Yo no lo tomo como un efecto especial. La animación es un maravilloso recurso que permite que uno no tenga limitación con la imaginación. Entonces, uno puede lograr que sus personajes vivan situaciones, producto de la imaginación pero que sean verosímiles. Deja de ser un efecto especial para ser un recurso expresivo fundamental. Es un desarrollo nuevo que estamos haciendo en la película, ya que acá nunca se hizo esta mezcla de animación con objeto vivo. Es interesante para que los chicos puedan intentar acompañarnos en lo que es contarles una leyenda porque una leyenda es imaginación que parte de una realidad, pero genera un producto narrativo.

–¿Cuál es la importancia de enseñar cine para niños?

–Soy de la idea de que la única manera que pueda haber más producción de cine y televisión para niños es que haya más capacitados para poder enfrentar este género. Si nosotros tenemos 15 mil alumnos en las escuelas de cine y un poco gracias a eso también tenemos la cantidad de cine que hoy tenemos, entonces por qué no pensar que cuantos más alumnos conozcan la posibilidad y los mecanismos para realizar una película o un programa de televisión para niños, va a aumentar la producción y, por ende, la posibilidad de que los chicos tengan una mejor cinematografía. En mis clases parto de la hipótesis (que después se demuestra a lo largo de todo el cuatrimestre) de que yo a un niño le puedo hablar de cualquier tema. Lo importante es que yo sepa cómo hablarle de cualquier tema: muy complicados o difíciles, muy angustiantes, por ejemplo.

–Y frente a esa idea, ¿con qué límites se encontró usted a la hora de ponerla en práctica?

–El cine para niños es quizás el único cine en donde uno no puede dejar de pensar en el espectador cuando está escribiendo el guión. Cuando uno hace una película para adultos, no tiene que pensar en el adulto desde el punto de vista expresivo porque el espectador es uno y uno es adulto. Pero cuando uno está escribiendo una película para niños, si bien tiene su memoria de niño, no es niño. Por lo tanto, tiene que conocer muy bien al espectador al que quiere dedicarle la película. Primero uno tiene que definir a qué niño se quiere dirigir: si mi guión es para un chico de dos años, para uno de cuatro a siete, para uno de ocho a doce o para un joven de doce a quince. Si yo defino mi target bien (mi película es de cuatro a ocho), conozco bien a mi espectador y, entonces, sé con qué elementos me puedo comunicar con él. Si mi imaginación y mis conocimientos logran hacer un guión creativo, entonces esa película va a ser válida hasta los 90 años.

–Y usted que hizo cine para chicos pero también para adultos, ¿en qué difiere la responsabilidad del cineasta?

–En general al niño se lo toma como un objeto de consumo. No se lo toma como un espectador que está desarrollándose, creciendo. El cine es un elemento lúdico, para el niño es un juego. Y el niño cuando juega, piensa. Si uno le quita a un niño la posibilidad de jugar, le está quitando la posibilidad de desarrollar su pensamiento. El cine y la televisión entran en el mundo lúdico. Entonces es muy grande la responsabilidad porque uno está entrando en el mundo cuando el niño desarrolla su pensamiento. Es muy fuerte que uno tenga consciente eso, porque, entonces, el niño deja de ser un consumidor para ser un ser humano al que uno le está dando herramientas para desarrollarse y crecer. Esta es la responsabilidad de los que hacemos cine para niños. Claro, también es la responsabilidad de los que hacemos cine para adultos porque también hacemos un cine para que la gente conozca, crezca, piense, se divierta, se entretenga. Pero al niño no se lo toma en serio sino como un objeto de consumo. En mis películas y en mis programas de televisión el niño no es un producto ni un objeto, es un ser humano que está desarrollándose. Tampoco es un adulto pequeño. Es un ser humano que tiene una etapa que debe cumplimentar por lo menos hasta los doce años, que es cuando se desarrolla neurológicamente en sus máximas posibilidades. Entonces, la responsabilidad de los que hacemos cine o televisión para niños es muchísimo más grande que en el caso de los adultos.

–¿Cómo se pueden articular la educación y el entretenimiento en una historia?

–En general se asocia que hacer cine o televisión para niños es hacer cine o televisión educativa. O que sólo se pueden hacer cosas para niños si se les enseña algo. Y no es así. Primero que nada, el cine es un entretenimiento, es todo un juego. Por lo tanto, yo tengo que lograr entretener al chico, si no se aburre. Si lo digo de una manera que le entretenga y divierta, que realmente goce con la historia que le estoy contando, recién él va a poder encontrar esas cosas que yo le quiero decir en ese entretenimiento. Y no estoy haciendo una película didáctica: estoy haciendo una película. Cuando hago una película para adultos, ¿acaso no me tengo que preocupar también que le llegue y que la pase bien en la sala por más importante que sean las cosas que le quiero decir? Aunque se angustie, pero que la película le cuente bien una historia. Este es el desafío de los que hacemos cine: contar bien una historia. Para el caso de los niños es lo mismo. A partir de ahí, uno le puede dar determinadas opiniones personales. Ahí es donde uno se expresa.

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“En general al niño se lo toma como un objeto de consumo, no como un espectador.”
 
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