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Miércoles, 22 de junio de 2011

CINE › ENTREVISTA A FERNANDO SPINER, DIRECTOR DE ABALLAY, EL HOMBRE SIN MIEDO

“Es un western con todos sus tópicos”

El cineasta adaptó libremente un cuento del escritor mendocino Antonio Di Benedetto. Dice que la película, que se estrenará mañana, tiene dos grandes temas: la venganza y la culpa.

 Por Oscar Ranzani

El escritor mendocino Antonio Di Benedetto escribió el cuento “Aballay” en prisión, luego de ser secuestrado por la última dictadura, y la obra recién fue publicada en el libro Absurdos, en 1978, cuando este destacado intelectual ya había emprendido un largo exilio por Estados Unidos, Francia y España. Como anécdota personal de los años de plomo, además del sufrimiento que significaba estar detenido clandestinamente, quedó en la mente de este escritor la carta que le envió el Premio Nobel de Literatura Heinrich Böll al dictador Jorge Rafael Videla, pidiendo por su libertad. Di Benedetto murió en 1986 y, obviamente, no podrá conocer la adaptación a la pantalla grande que hizo Fernando Spiner de su cuento: Aballay, el hombre sin miedo, luego de haber recibido el Premio del Público en el Festival de Mar del Plata 2010 y una mención especial del jurado de esa muestra, se estrenará mañana en la cartelera porteña.

Spiner leyó el cuento en 1990, mientras estudiaba en el prestigioso Centro Sperimentale de Cinematografia de Cinecittà, de Roma. “Inmediatamente quedé tomado e impactado con ese cuento. Me empeciné en poder hacer la película”, confiesa en la entrevista con Página/12. Tardó veinte años en poder concretarla. Aballay es un western criollo filmado en Amaicha del Valle (Tucumán), con artistas profesionales y con la colaboración de miembros de la comunidad local. Situada temporalmente en el 1900, la historia presenta a Aballay (Pablo Cedrón), un gaucho dueño de todos los males: resentido, ladrón y asesino. Luego de matar despiadadamente a un hombre, le queda grabada la mirada del hijo de la víctima, Julián, un niño de diez años. Después de este hecho, la historia pega un salto temporal de una década y muestra al joven Julián (Nazareno Casero) buscando venganza por la muerte de su padre. Y Aballay, que no es religioso, escucha hablar de los estilitas, personas que para lavar sus culpas emprendían una penitencia que consistía en subirse a una columna y no bajar de ella por el resto de sus vidas. Sumido en su propia culpa, Aballay decide hacer algo similar sin bajarse de su caballo y emprender un camino de redención.

Spiner confiesa que lo que más le impactó de la historia que adaptó al cine fue “cómo un hecho ligado a lo místico, ocurrido cientos de años atrás, impactaba en un gaucho y, por otro lado, me interesó la síntesis que tiene alrededor de la cuestión de la culpa en un ser despojado de la impronta de la cultura judeo-cristiana, pero al cual este relato bíblico, en un momento tan particular de su vida, lo impacta de manera muy profunda”. Es por eso que los dos grandes temas de la película son la venganza y la culpa.

–¿Pensó, entonces, a su película como una reflexión sobre la violencia?

–Yo creo que esa reflexión está en el cuento de Di Benedetto. Está en el corazón y quisimos que esa reflexión estuviera vigente. Es un tema muy álgido el de la violencia. Y en este caso, Di Benedetto lo aborda desde un punto de vista muy interesante, que es cuánto lo sufre el violento.

–Es como mirarse al espejo...

–Exactamente.

–¿El film es una adaptación libre del cuento homónimo?

–Fue una adaptación libre y fuimos fieles al corazón que son estos items de los que hablábamos. El corazón del cuento está en la película, pero ésta es un western, es gauchesca, tiene aventura, acción, épica. Y el cuento, no: es un cuento que va más al interior del personaje. Nosotros quisimos hacerlo mucho más entretenido para el público, tratándose de una película. Y, por eso, elegimos que fuera un western.

–Hay algo interesante en el personaje que tiene que ver con cómo funciona la culpa en una persona que no es religiosa.

–Esa es una de las cosas que me interesó mucho del cuento porque, justamente, va a una cuestión medular del ser humano que tiene que ver con matar a otro y cómo matar a otro es pasar una frontera que está más allá de una cuestión cultural. Eso está más ligado a la esencia.

–¿En el personaje Aballay conviven el bien y el mal en formas extremas?

–Podría ser una definición válida. Aunque yo creo que más que por la convivencia entre el bien y el mal, Aballay es una persona atravesada por la violencia. Ese encuentro que tiene con ese chico lo remite a su propia historia de violencia en su infancia. Entonces, una persona atravesada por la violencia, condenada a la violencia para siempre, de golpe, toma conciencia de eso y le duele tremendamente. Y desde ese momento en adelante lo que vive es un martirio obcecado porque encuentra ahí la única posibilidad de aliviar esa culpa. Entonces, no sé si él es el “bien extremo”. Es cierto que lo ayuda al chico, pero básicamente es un ser que ha sido atravesado por el mal de la violencia. Igual que al nenito. Son un espejo uno del otro.

–¿Por qué un western criollo?

–Es un western porque toma los tópicos fundamentales del género: la venganza, un territorio sin ley, la violencia, la ley del más fuerte, hombres de a caballo. Y gauchesco porque es una película genuinamente gauchesca. No es una trasposición de un género americano a la Argentina, sino que es gauchesca; en este caso, porque tratamos de salirnos del estereotipo más pampeano de la gauchesca para que sea una gauchesca más de los Valles Calchaquíes.

–¿Y cuánto cree que esta historia tiene de universal y cuánto de argentina?

–Tiene un ciento por ciento de argentina y no sé cuánto de universal. Por el pequeño recorrido que hicimos en España y en Italia, la película ha generado impacto y entusiasmo allí. Seguramente lo que tiene de universal lo tiene también por ser muy argentina.

–¿Cómo trabajó la estructura narrativa para no caer en el estereotipo del gaucho?

–Yo creo que la cuestión del estereotipo, la decisión importante y lo que nosotros vimos como riesgo en el desarrollo previo de la peli, tenía que ver más con el hablar que con la trama. Con el modo de hablar, con la costumbre, qué tipo de gaucho se construía ahí. Ese fue uno de los grandes riesgos de la película. El estereotipo está dado más por el tipo de gaucho que está retratado en nuestra gauchesca que en ninguna otra cosa. Hay mucha menos gauchesca de los Valles Calchaquíes. La más instalada es la bonaerense. Entonces, al corrernos de ahí y encontrar otra verdad con la misma potencia, fue el punto que nos separó del estereotipo.

–¿Cómo es filmar un western en Argentina?

–En un cine más habituado a ese tipo de películas, por ejemplo, el de Estados Unidos, hay un especialista para cada cosa. Acá todo lo tenés que inventar y encontrar la manera para hacerlo, obviamente con especialistas de ciertos aspectos porque un set es un conjunto de gente muy especializada en distintas cosas que aporta lo suyo. Pero en este caso, todo había que inventarlo. Fue como hacer un prototipo.

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Spiner tenía la idea de la película desde hacía veinte años.
Imagen: Daniel Dabove
 
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