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Viernes, 19 de agosto de 2011

CINE › KARIN IDELSON Y LAS IDEAS QUE LLEVARON A CANCION DE AMOR

Cuando las canciones cuentan

La misma directora admite que se trata de un documental atípico, pero no por ello menos atrayente: el film que se presenta los viernes de agosto en Elefante Club de Cine pone a jugar diferentes canciones, subtituladas, en disímiles contextos urbanos.

 Por Oscar Ranzani

Cualquier amante de la música seguramente disfrutará del documental Canción de amor, de la directora Karin Idelson; la cineasta se metió en lugares urbanos donde la música no siempre es la protagonista, sino que suena en determinados contextos que terminan por resignificarse a través de la conjunción del sonido y de las acciones de las personas que presentan las imágenes: “Hey Jude” en un bar, “Wonderful Tonight” en un club nocturno, “Take my Breath away” en un sho-pping, una de Joe Cocker en un taxi, y así. Difícil de encasillar en un único tipo de documental, Canción de amor carece de testimonios y de voz en off. No se pronuncian palabras en este audiovisual, sólo están los subtítulos de las letras de las canciones que suenan en diversos lugares de la ciudad. A pesar de la experiencia de Idelson en el videoclip (dirigió “La calle”, de Francisco Bochatón, entre otros), Canción de amor tampoco tiene ese ritmo, ni la estética que lo define, básicamente porque no pone el acento en la melodía, ni en narrar una historia, sino en mostrar qué sucede cuando determinada canción se escucha en contextos tan diferentes que van de un “albergue transitorio” a un geriátrico. El film podrá verse todos los viernes de agosto a las 21 en una nueva sala bautizada Elefante Club de Cine (Soler 3964).

Presentado en la sección Cine del Futuro en la última edición del Bafici, Canción de amor es la ópera prima de Idelson, quien además es fotógrafa. “Cuando empecé a desarrollar el formato y a descifrar cuál sería el tema de la película, al considerar que eran las canciones de amor pensé que las protagonistas tenían que ser las canciones mismas; es decir, no darle la voz a ninguna persona que pudiera estar autorizada a definir lo que son. Y me parecía que la mejor forma de observar a las canciones era cuando estaban sucediendo en vivo, mientras se de- sarrollaban”, cuenta Idelson en diálogo con Página/12.

–¿La idea fue cruzar la música con lugares de la ciudad y ver qué genera cuando se escucha?

–Esa era la idea. Por experiencia cotidiana, me interesaba mucho verla en la vida diaria y formalizarla un poco. En una película eso consiste en ver qué pasa con las canciones, por una parte, cuando están interviniendo un espacio o una situación que yo creo que la transforman. Esa es una de las premisas de la película. Y también de qué manera las transforman. No es lo mismo que esté a que no esté. Es ver en qué se transforma ese espacio. Quería ver también qué pasaba cuando las canciones salían de la composición del músico a su rumbo y empezaban a circular sin un circuito a priori y se empezaban a meter por rincones que nadie podía prever. Me parecía lo más auténtico vinculado con la canción.

–¿Y cómo se resignifican esas canciones en el mundo urbano y cotidiano?

–Ahí es donde más aparece el tema de la película, que es el amor. Uno de los cruces posibles de resignificación es con lo que está diciendo la letra de cada canción que, en general, está hablando de penas de amor o de miles de sentimientos vinculados con el amor dentro de un contexto que quizá tiene o no tiene que ver. Y ahí es cómo le empieza a rebotar en cada uno. De repente suena un bolero de un viejo amor en un geriátrico.

–¿Las canciones también funcionan como narradoras de los espacios de la ciudad donde circulan?

–No sé si narradoras sería la palabra, pero sí protagonistas de un montón de momentos de nuestra vida cotidiana. Uno de los ejes con que definí las escenas de la peli eran situaciones que se repitieran a lo largo del tiempo, que fueran cotidianas. Intenté no ir tanto a situaciones más exóticas. Entonces, en un punto, es una crónica de distintos momentos que están pasando hoy, que suceden en la vida cotidiana.

–¿Coincide en que Canción de amor es un documental no convencional?

–Sí, totalmente, poco ortodoxo. De hecho, cuando lo estaba haciendo y desarrollando, busqué películas que tuvieran que ver con el tema o con estructuras parecidas. Encontré un documental que intentaba definir la música a través de entrevistas a cámara de gente que explicaba qué era la música. También encontré un docuficción que intentaba definir qué era el amor, pero con otro tipo de formato más hollywoodense. Y agoté mis posibilidades. Pero no encontré ninguna película donde no hubiera palabras, donde las canciones fueran las protagonistas de esta manera, donde se sucedieran en forma de capítulos. No lo digo como algo original. Yo lo viví como algo superriesgoso y pesadillesco no tener ningún antecedente a mano como para probar que funcionara. Y me tiré igual a la pileta.

–¿La elección de las canciones y de los lugares fue aleatoria?

–La de los lugares, no, pero la de las canciones sí. Tenía muy claras las situaciones. De hecho, el rodaje fue bastante corto porque, en un punto, trabajé tanto en el proyecto que tenía muy claro lo que necesitaba. Hay muy poco material grabado y casi todo está en la película, salvo escenas que directamente no entraron. Con las canciones sí era aleatorio. Quería que reflejaran lo que me encontraba.

–¿Trabajó con un guión previo?

–Sí. Básicamente, el guión estaba dado por todas las situaciones que quería registrar y qué aspecto quería destacar de cada situación. Por ejemplo, en una situación de un boliche con un montón de gente bailando, el plano ya lo tenía definido en mi cabeza y fui a buscar eso. Obviamente, en algunos momentos me encontré con sorpresas que están en la peli. Eran situaciones más espontáneas o más bien imprevisibles.

–En algunas situaciones, la música es la protagonista absoluta y en otras tiene un papel más secundario, como acompañante. ¿Por qué lo pensó de esta forma?

–Porque es algo que quería destacar: por momentos tienen protagonismo y por momentos hay que agudizar mucho el oído para darse cuenta de que están ahí, y que dentro del sonido ambiente diario de la ciudad pasan desapercibidas.

–¿Por qué decidió subtitular las letras de las canciones que se escuchan?

–Porque dentro del formato de la película, las letras vienen a jugar un poco el papel de las palabras. No había protagonistas, en este caso eran las canciones y las letras eran las palabras que emitían en cada escena.

–Buscó construir una narración totalmente alejada de lo que puede ser un videoclip...

–Sí. En ningún momento la pensé como un videoclip. Para mí un videoclip es algo más lúdico o es algo que te sentás a charlar con el músico, es una idea que sale de la canción en sí misma. Y precisamente yo no parto de la canción. No digo que la escena tenga que ver con lo que dice la canción. Precisamente la película plantea esa arbitrariedad y esas múltiples contradicciones, donde una canción que uno por ahí asocia a un ámbito meloso está en un contexto mucho más hostil.

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“El rodaje fue corto porque trabajé tanto en el proyecto que tenía muy claro lo que necesitaba.”
Imagen: Kala Moreno Parra
 
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