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Miércoles, 23 de noviembre de 2011

CINE › CRONICAS DE LA GRAN SERPIENTE, SOBRE LOS PUEBLOS ORIGINARIOS

La otra historia en imágenes

Dirigido por Darío Arcella, el documental rescata testimonios de integrantes de las naciones indígenas que pueblan el territorio americano. El film indaga en la compleja filosofía que comparten las diversas culturas originarias.

 Por Sergio Sánchez

Osvaldo Bayer sostiene que el 60 por ciento de los argentinos tiene sangre indígena. Sin embargo, eso no parece traducirse en la historia oficial. En América se impuso hace cinco siglos una forma de ver el mundo que hoy sigue vigente. Y que para consolidarse tuvo que devorarse la otra visión del mundo, la que ya existía en estas tierras. Para echar luz sobre el tema, el director Darío Arcella acaba de estrenar el documental Crónicas de la gran serpiente. “Hay autores que sostienen que la modernidad no empezó con la Revolución Industrial, sino con la conquista de América. El gran impulso para Europa fue el ‘descubrimiento’ de América. No en vano después de eso finaliza la Edad Media. España fue el proveedor de materias primas, que sacaba de estas tierras, para el resto de Europa. Hacía el trabajo sucio”, dispara el director y abre una discusión que despierta puntos de vista antagónicos. El film, que contó con el apoyo del Incaa, se puede ver todos los días del mes –menos los martes– a las 18.20 en Artecinema (Salta 1620), y en diciembre se proyectará en el cine-teatro La Máscara (con días y horarios a confirmar).

En el film, Arcella no se detiene en las causas y el contexto de la llegada de los conquistadores a tierras americanas, sino que profundiza en la compleja filosofía que comparten las diversas culturas originarias. Una cara de la historia “ocultada” por el derecho romano. “La línea europea la conocemos, es fácil de resolver –resalta Arcella–. En cambio, la otra es la que no conocemos. Un amigo mío, un amauta quechua, me dijo que no es la historia ‘oculta’, sino ‘ocultada’. Porque ocultada significa barrer debajo de la alfombra, esconder las cosas. Y oculto puede ser sin intención. Pero alguien tapó esta historia, fue adrede.” Para eso, el director –junto a un grupo de documentalistas– recogió durante más de quince años imágenes y testimonios de integrantes de las naciones indígenas que pueblan el territorio americano, aunque los libros escolares hablen en pretérito. Así, mapuches del sur argentino y chileno, guaraníes, coyas y hasta un lakota norteamericano aportan relatos orales –muchos de ellos en lengua originaria– para completar la pieza que le falta al rompecabezas. Fueron ellos, confiesa, quienes le revelaron la línea argumental del film.

Crónicas... repara en un “detalle” no menor y poco abordado en documentales sobre la temática: son los indígenas quienes exponen sus visiones del mundo y cuentan la otra cara de la moneda. El director no recurre a fuentes académicas (sociólogos, antropólogos, historiadores) para interpretar la filosofía de vida de las comunidades ni para ordenar los hechos. “No me imaginé otra forma –cuenta–. Sólo hay unas pequeñas locuciones, para decir desde dónde me paro a hablar. Pero la línea editorial la dan las comunidades. La idea la tomé prestada de la estructura de Memorias del Fuego. (Eduardo) Galeano hace con pequeños cuentitos que suceden en Chaco, Madrid, México, una línea narrativa aparentemente azarosa que te lleva por muchos lados. Quise contar con pequeñas historias una especie de aguafuertes que fuera componiendo un mosaico y así retratar la diversidad de culturas de América y la unidad de pensamiento. No tengo la pretensión de contar seis siglos de historia. Mi idea es generar un camino posible, un disparador de investigación, de movimiento. No es un relato cerrado.”

Arcella aprovecha el lenguaje audiovisual para mostrar los maravillosos paisajes naturales y ecosistemas diversos (filmados en Argentina, Bolivia, Chile, Paraguay y Perú) que coexisten en el continente, todo matizado por las bellas canciones de Bucky Arcella. Claro está, no pone en escena sitios vacíos, sino habitados por indígenas y campesinos que viven en armonía con el ambiente, alejados de las ciudades, pese al avance de la “civilización”. Así, se suceden escenas que logran conmover: una anciana que muele maíz con un mortero arsenal, niños jugando en un río chaqueño y un pastor mapuche ayudando a su rebaño a cruzar el río. La idea es siempre la misma: desmenuzar y exponer los rasgos fundamentales de la filosofía indígena. A tal fin, un recurso recurrente es la comparación. “El esquema modernizante occidental que declama al progreso como la función básica de un Estado y al consumo como la función básica del individuo, no concuerda con la visión del habitante originario de América. Para el hombre americano, sobrevivir en conflicto con las leyes naturales significa dejar de ser lo que se es”, se puede oír en la voz del locutor, encarnado por el actor Juan Palomino.

Si para el judeocristianismo “el paraíso” está después de la muerte, para la filosofía indígena el paraíso es hoy y se da en base a una relación llana, cuidadosa y respetuosa con la naturaleza. El amauta José Bautista Flores, uno de los encargados del “contenido filosófico” del documental, se suma a la charla con Página/12: “En la película tratamos de debatir las concepciones filosóficas de los pueblos originarios y las confrontamos con filosofías ajenas. Es un relato que trata sobre la forma de ser de nuestros abuelos, de nosotros los ancianos. No es un relato neurótico, apresurado ni urgente, sino que aporta a la continuidad y al entendimiento”. Según Arcella, “no se considera filosofía cuando hablan de (saberes, conocimientos y creencias) indígenas. Se suele hablar de cosmovisión y gracias. Cuando en realidad, una filosofía es un sistema complejo de ideas y ellos las tienen de sobra”.

En cuanto a los elementos cinematográficos, el director se nutre de documentos históricos (textos de Charles Darwin y pasajes de Sucesos Argentinos), animaciones (para graficar fábulas) y dramatizaciones de diarios de viaje de españoles, entre otras, para darle vida a la trama. Uno de esos documentos es un escrito de Fray Bartolomé de las Casas, fechado en 1560, quien denunció las primeras masacres hechas en “nombre de Dios”. “Los cristianos entraban en los pueblos y no dejaban vivos ni niños ni viejos ni mujeres preñadas. Las causas por las que han destruido tantas ánimas son el fin último del oro y el henchirse de riquezas en muy breves días”, describía hace cinco siglos el religioso español. Lo cierto es que la ecuación sigue vigente en la actualidad: la extracción compulsiva de los recursos naturales pone en riesgo los territorios habitados ancestralmente por comunidades indígenas.

–¿Por qué denominó así el documental?

–Cuando hablamos de pensamiento originario hablamos del que tiene sus raíces en el Neolítico, raíces en diez mil años atrás. Es un pensamiento que, con todas sus variantes, tiene una estructura monolítica, que tiene una relación llana con la naturaleza. Y que es básicamente matriarcal. No se trata de una cosa ideal, es una forma. Los otros (los españoles) vinieron con la verticalidad, con la jerarquía, con el patriarcado. Y ésa es una explosión que se da en la Babilonia, que tiene directa relación con la demonización de la serpiente. Por eso en buena parte la película se llama así. La serpiente pasa de ser sagrada, símbolo de fertilidad, a ser un demonio. No es ni hombre ni mujer. El río Amazonas es símbolo de “la gran serpiente”. La Cordillera de los Andes también es otra “gran serpiente”. Lo que sucedió en Babilonia produce ese crack y la mujer pasa a un segundo plano. “La mujer de la costilla de Adán.” Es una trama formada por la “evolución” del pensamiento, por no decir involución.

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La película, que contó con apoyo del Incaa, se puede ver a las 18.20 en Artecinema.
 
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