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Viernes, 25 de noviembre de 2011

CINE › LA MUJER SIN PIANO, OPUS DOS DEL REALIZADOR ESPAÑOL JAVIER REBOLLO

Una mujer que se aventura en la noche

Con un estilo visual que por momentos semeja los cuadritos de una historieta muda y una impecable labor de Carmen Machi, la película dibuja una historia atrapante en una Madrid hostil, que justifica la Concha de Plata obtenida en San Sebastián.

 Por Horacio Bernades

7

LA MUJER SIN PIANO

España, 2009.

Dirección: Javier Rebollo.
Guión: J. Rebollo y Lola Mayo.
Fotografía: Santiago Racaj.
Intérpretes: Carmen Machi, Jan Budar y Pep Ricart.
Estreno en proyección DVD, en los cines Arteplex.

Rosa y Radek, un inmigrante polaco que comparte curiosos momentos con la depiladora que se fue de casa.

“Es hora de vaciar la estación”, dice el guardia de seguridad, mientras despierta a los durmientes de la Terminal Sur. Incluida Rosa, la depiladora, que unas horas antes cortó de un tajo la rutina matrimonial, metió algunas cosas en una valija, se puso una peluca y salió a la calle. “Deme el primer pasaje que tenga”, le dijo al señor de la boletería. Pero el primer pasaje era para la mañana siguiente, así que Rosa debió pasar la noche haciendo tiempo en la calle. Y Madrid de noche no es sólo tragos y diversión. En algunas zonas –como la Terminal Sur– puede volverse un no-lugar, una ciudad tan vacía como un pueblo fantasma. En el vacío urbano tiene lugar la aventura que la depiladora Rosa decidió vivir. Aventura que tal vez represente un nuevo comienzo. Pero sólo tal vez: La mujer sin piano termina un instante antes de que pueda saberse. Como si quisiera darle al espectador la posibilidad de elegir su propia aventura. Su propia aventura de Rosa, la depiladora.

Ganadora de la Concha de Plata al Director en San Sebastián 2009 y estrenada en Argentina en el degradado formato de DVD ampliado, La mujer... narra, de modo impresionista, esa noche en la vida de Rosa. Pintando detalles, brochazos, antes que peripecias precisas y delineadas. Es así como Rebollo concibe sus historias: a partir de alguna imagen que impresionó su retina, o de fotos que alguien le alcanza. O de cuadros, habrá que pensar, teniendo en cuenta hasta qué punto el opus 2 de Rebollo da la impresión de ser un Edward Hopper puesto en movimiento. Las mismas calles vacías (aunque sean otras), los bares casi sin parroquianos, las habitaciones de hoteles al paso. La misma tristeza de la ciudad, que está pero no se subraya: por poco hospitalaria que sea, la Madrid de La mujer... se halla a años luz de distancia de ese salón de tortura de almas buenas que es la Barcelona sórdida y miserable de Biútiful.

La mujer sin piano es incluso más piadosa con sus criaturas que Lo que sé de Lola, ópera prima de Rebollo. Allí, un solitario atado a su madre, al borde del freakismo, espiaba a una pobre inmigrante española en París, a la que las cosas no le iban bien. Aquí se trata más de emigrados que de solitarios, gente en tránsito antes que perdedores. No sólo Rosa, exiliada de su vida de casada, sino también Radek, inmigrante polaco a quien Rosa conoce en la estación. Un tipo tan inocente que es capaz de decir que anda con mucha plata encima. Radek tiene algo de freak: tiende a monologar, repite ideas fijas (le encanta reparar objetos, no le gusta tirar nada que pueda arreglarse) y de tan obse es capaz de recordar el día exacto en que comió por última vez unos callos a la madrileña o una ensalada rusa. Como el pelirrojo de Lo que sé de Lola, ya no encerrado sino en la calle.

Rebollo filma el primer tercio de La mujer sin piano –en el que la protagonista está como atrapada en sus pequeños ritos– de acuerdo a lo que podría llamarse estilo Custodio: con planos fijos que encierran a los actores en el encuadre, cortándolos eventualmente en pedazos. En el momento en que Rosa sale el cuadro se agranda y dinamiza, mostrándola en tránsito y en relación con el entorno. Entorno nunca amigable: en una estafeta postal no le entregan un paquete por una minucia burocrática; el boletero cierra en el momento en que Rosa se presenta; la empleada de la cafetería le dice que primero tiene que sacar el ticket y después es ella misma la que cobra, en una suerte de esquizofrenia burocrática. Amigable tampoco es el tiempo que a Rosa y Radek les tocó vivir: en la TV se ve a Bush, Blair y Aznar preparando la invasión a Irak. Pero amigables son Rosa y Radek, eso sí.

Con dos grandes escenas, en ambos casos gracias a una certera utilización del fuera de campo (la que da sentido al título y la última), un tono de comicidad apagada que lleva la marca de Aki Kaurismäki y un estilo visual que por largos momentos asemeja los cuadritos de una historieta muda, no es que Rebollo haga todo bien. Algunas elipsis son tan amplias que no permiten entender bien lo que pasa, algunas resoluciones parecen excesivas, algunas ideas quedan descolgadas (un grupo de fumadores, mostrado como si se tratara de zombies) y en un par de ocasiones se salta ostentosamente el punto de vista. Otras decisiones son audaces y logradas, como la irrupción de una música de grandeur épico, que parecería querer mostrarles a los personajes que otra vida es posible. Desde ya que La mujer... es también una película de actores y en este sentido es tan admirable lo de Carmen Machi, comediante de TV devenida pálida esfinge con valija, como lo del checo Jan Budar, músico, cantante y bailarín que aquí no hace nada de todo eso.

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