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Miércoles, 2 de mayo de 2012

CINE › FERNANDO DOMíNGUEZ Y SU DOCUMENTAL 75 HABITANTES, 20 CASAS, 300 VACAS

“Es un homenaje a un artista único”

El film evoca los recuerdos de infancia del pintor catalán Nicolás Rubió, radicado en Argentina y que ha pasado casi toda su vida retratando un pueblecito de Francia donde vivió de niño, refugiado durante la Guerra Civil Española.

 Por Ana Bianco

“Rescaté la niñez del pintor catalán Nicolás Rubió, como refugiado de la Guerra Civil Española en un pueblito francés, a partir de los cuadros pintados por él mismo”, explica el realizador Fernando Domínguez sobre su documental 75 habitantes, 20 casas, 300 vacas, que se estrena mañana en el Espacio Incaa Km 0-Gaumont, con el auspicio de Página/12. El film encuentra el tono justo para narrar la historia de Rubió como único protagonista y no caer en un formato convencional. El realizador interviene los cuadros del propio Rubió para dar movimiento al relato y así evocar, a través de ellos, y con la propia voz del pintor, su paso por Vielles y el recuerdo de sus habitantes, que han dejado una marca en su vida.

El director y guionista Fernando Domínguez estudió cine en Buenos Aires y completó su formación académica en Barcelona en 2003. En 2011 finalizó 75 habitantes, 20 casas, 300 vacas, su ópera prima, con la que ha obtenido varios premios internacionales, en el 27º Festival de Guadalajara, México, y en la 18ª Muestra de Lleida, España.

–En su primer corto, No es mucho lo que heredamos de vuestro abuelo, cuenta una historia familiar. ¿Qué tiene en común con éste, su primer largo?

–Mi primer corto y este largometraje tienen en común la temática: la reconstrucción del pasado mediante imágenes. En el corto traté de rehacer el último día de la vida de un hombre al ver el último rollo de fotos que había sacado. En el caso de 75 habitantes... rescaté la niñez del pintor catalán Nicolás Rubió. Nicolás, integrante de una familia republicana, había tenido que exiliarse. Su padre era un ingeniero importante que había desarrollado obras públicas en Barcelona antes de la guerra. Sin embargo la familia, como toda familia burguesa, quería para Nicolás un destino universitario. Y cuando se instalaron en ese pueblito de campesinos franceses, Nicolás comenzó a trabajar en el campo. Esto le produjo conflictos con la familia. Supongo que los Rubió pensaban que, en cualquier momento, Franco iba a caer y que ellos iban a volver a España. Pero no fue así. Nicolás no fue universitario, sino que se dedicó a trabajar con los bueyes y luego a pintar. Y a lo largo de más de cincuenta años de trabajo, ha pintado 600 óleos sobre este pueblo.

–En gran parte, la película respira a través de los cuadros de Rubió. ¿Cómo fue armando ese relato?

–Como el documental cuenta la niñez de un pintor, lo mejor era relatar esa infancia mediante sus propios cuadros. De ahí que hay varias secuencias de la película realizadas a partir de sus pinturas. Lo primero que decidimos fue qué íbamos a contar, y a partir de ahí elegimos los cuadros apropiados para el relato. Después Nicolás le puso la voz en “off” y nosotros comenzamos a intervenir esas pinturas animándolas y dándoles movimiento.

–¿Cómo llegó a esa síntesis?

–Por intuición. Las pinturas fueron intervenidas para evitar que la película fuese un catálogo filmado. Por ende, le dimos movimiento a cada cuadro. Luego, nos íbamos dando cuenta de que las intervenciones mostraban viva a la pintura y que, a medida que se excedían los límites del cuadro, se transformaban en manchas que representaban la mente de Nicolás, con sus recuerdos y olvidos. Es decir, que las intervenciones empezaban a resignificar mucho más de lo que nosotros suponíamos al principio. Y así fue que terminamos pintando cuadro a cuadro varios fragmentos de la película. Cuando veo 75 habitantes... siento que, además de una película, es una pintura en movimiento.

–La banda sonora también está muy elaborada.

–Con tanto trabajo visual, el sonido corría peligro de quedar en un segundo plano. Trabajamos mucho los ambientes, las texturas, los sonidos fuera de campo. Varias veces fuimos a la casa de Nicolás con la única intención de escuchar. Volvíamos del rodaje sin haber filmado nada, pero con un montón de anotaciones sobre el sonido. Por otra parte, la voz de Nicolás es muy particular: al haber nacido en Barcelona, estudiado en Francia y vivido en la Argentina, tiene una dicción, una musicalidad única, que le da identidad a la película. La música fue un trabajo aparte. Con Pablo Grinjot nos dimos cuenta de que sólo necesitábamos un leitmotiv, pero para ello tuvimos que trabajar durante meses. Hasta que finalmente una frase que iba repitiéndose en las diferentes músicas que probábamos fue quedando, y fue tomando un carácter obsesivo, un poco el carácter de un pintor que una y otra vez pinta el mismo pueblo durante décadas.

–¿Cómo definiría su película?

–Como un homenaje a un hombre, a un artista que, a su vez, ha vivido para pintar el agradecimiento que siente hacia el pueblo que lo cobijó. Lo más fácil era caer en el golpe bajo. Trabajamos con ternura y creo que la película provoca la misma emoción que nos provocaba, cuando éramos chicos, que nuestro abuelo nos leyera un cuento. Un sentimiento sin especulaciones, una emoción.

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Rubió en su estudio porteño, donde recupera las emociones de su niñez.
 
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