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Jueves, 30 de mayo de 2013

CINE › VOCES DISTANTES, PRIMER LARGO DEL REALIZADOR INGLES

La manera Davies de narrar

La figura de Terence Davies no ha sido muy considerada en la cartelera argentina, que estrenó comercialmente pocas de sus obras. Esta noche, la señal Europa Europa ofrece una excelente oportunidad para sumergirse en el particular universo del director.

 Por Horacio Bernades

A falta de la última, buen momento para redescubrir (o descubrir, de una) la primera. En septiembre de 2011, el británico Terence Davies –que treinta y pico de años después de su debut sigue siendo el secreto mejor guardado del cine de su país– presentó internacionalmente su película más reciente, The Deep Blue Sea. Unánimemente considerada a la altura de su obra previa, ganadora del premio de la crítica en el Festival de San Sebastián, próximos a cumplirse los dos años suena bastante improbable que el opus 7 del realizador de El largo día acaba se estrene algún día en Argentina. De hecho, el British Art Centre la eligió como film de apertura del ciclo Davies que viene llevando adelante en su sede de la calle Suipacha (ver aparte). Algo que no suele suceder en caso de estrenos anunciados. En azarosa sintonía, hoy el canal Europa Europa exhibirá la ópera prima de Davies en el largometraje, Voces distantes. Lo cual sirve para confirmar que mayo (con una pequeña coda en junio) es el mes Terence Davies en Argentina.

Premio de la crítica en Cannes ’88, Distant Voices, Still Lives (título original) jamás llegó a salas de Argentina. Inauguración de una costumbre, teniendo en cuenta que lo mismo sucedería más tarde con The Neon Bible (1995) y The House of Mirth (2000), haciendo necesario esperar a Del tiempo y la ciudad (2008, estrenada un año después) para que la voz de este cineasta solitario volviera a oírse en Argentina, después del lejano estreno de El largo día acaba (1992). Cuando Davies presentó Voces distantes no era un desconocido en el mundo del cine. Sus tres cortos previos habían tenido amplia repercusión. Se trata de Children (1976), Madonna and Child (1980) y Death and Transfiguration (1983), agrupados, a partir del año siguiente, bajo el título Terence Davies Trilogy. Vistos en una de las ediciones del Bafici, la reunión de tres en uno no es caprichosa: todos cuentan con el mismo protagonista, un alter ego de Davies llamado Robert Tucker, momentos de cuya vida narran, de la infancia a la muerte. La vena sesgadamente autobiográfica, la idea del cine como herramienta de la memoria y la estructura acronológica de esos cortos iniciales harán sistema definitivo en Voces distantes.

La primera imagen de Voces distantes es asombrosa. La mirada del narrador (la cámara, para decirlo con otras palabras) se fija, durante segundos que parecen una eternidad, en la típica escalera de una típica casa de clase media inglesa, con su frente de ladrillos y su disposición espacial de pasillo, cocina entrando a la derecha, habitaciones en el piso superior. Después de esa eternidad, la cámara se acerca a la escalera, muy pausadamente, recordando al Hitchcock de Frenesí. Entrando en cuadro, la madre llama a sus tres hijos, para despertarlos. Sale de cuadro y desde la cocina se oye el diálogo que mantiene con cada uno de ellos. Pero la cámara no se movió de su emplazamiento frente a la escalera y a los chicos nunca se los vio bajar. Lo cual hace de ellos unas presencias fantasmales y a la imagen, una imagen de la memoria: no se fotografía lo que sucede, sino lo que se recuerda. Primera definición básica del ethos de Mr. Davies. Las otras dos tienen que ver con el modo en que transcurre el tiempo y el rol que la música asume en el relato.

La de Davies es una de las más sistemáticas rupturas con la linealidad del cine contemporáneo. No se trata de un capricho, sino de la consecuencia lógica de que lo que se pone en imágenes no es “lo real”, sino el decurso de la memoria. Y en la memoria el tiempo no respeta ninguna cronología. Así, Voces distantes (que es un díptico en el que ambas partes están completamente integradas) se configura como fresco impresionista de fines de los años ’50 en Liverpool, integrado por manchones de relato y fotografiado en tonos como prelavados, que colaboran con la sensación de álbum de fotos del pasado. La protagonista es la familia “D”, muy parecida a la de la Trilogía u otros films posteriores: la madre como figura integradora, el padre alcohólico, moribundo y abusivo, y predominio del mundo femenino, aunque con un alter ego mucho más disuelto en la coralidad que en los cortos previos. Y tratándose de Davies, la palabra “coralidad” asume necesariamente su sentido más literal.

Como presupondrán quienes vieron El largo día acaba, las ceremonias familiares (cumpleaños, reuniones, rituales religiosos, bodas y funerales) son el corazón de Voces distantes. Ceremonias en las que la música ocupa un lugar central. Música de gospel en ocasiones, proveniente de la radio o la pantalla cinematográfica en otras, pero antes que nada canciones (de época o tradicionales) que cantan todos. Son las mujeres las que presiden esta suerte de pre-karaoke. Frente a la amenaza de disolución que representan los hombres y/o sus productos (la guerra, por ejemplo), madres, abuelas, tías, primas, hermanas y amigas siempre tienen una canción en la punta de los labios. Una que vuelve a hacer de ellos un grupo, una comunidad, una familia biológica o electiva, en la alegría o la tristeza.

* Voces distantes se emite hoy a las 22 por el canal Europa Europa.

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Terence Davies no parece filmar lo que sucede, sino una serie de recuerdos sobre lo que sucedió.
 
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