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Viernes, 31 de mayo de 2013

CINE › LOCAMENTE ENAMORADAS, DE LA BELGA HILDE VAN MIEGHEM

El cine como un electrodoméstico

 Por Horacio Bernades

Tal vez, más que una película, Locamente enamoradas sea un mal de época. Hilde van Mieghem, realizadora y coguionista de este film belga hablado en flamenco, parece pensar que la modernidad cinematográfica pasa por un deber ser innovativo. Y que innovar consiste en usar, como si fueran apps de computación, todos los trucos digitales posibles. De modo que el espectador se encuentra con unos personajes a los que les pasan cosas, pero como las cosas que les pasan les pasan en medio, por debajo o por detrás de una suerte de expo digital non stop, cuesta mucho decodificar qué cosas son las que les pasan. Una vez que más o menos se logra hacerlo, se termina por colegir que tal vez la Sra. Van Mieghem haya recurrido a esas fruslerías para disimular que en realidad en Smoorverliefd no hay personajes ni cosas que pasen, sino estereotipos de personajes, vehículos de ideas. Ideas que no son nuevas, precisamente. Lo que se disfraza de invención modernísima es, en realidad, un catálogo exhaustivo de las más remanidas vejeces sobre el amor, la pasión, el erotismo femenino y otras generalidades.

Los muñequitos (o muñequitas) locamente enamorados/as son, básicamente, cuatro. Judith Miller, actriz cuarentona, separada, lo suficientemente moderna como para poner a su ex marido al tanto no sólo de sus penurias amorosas, sino de sus más recientes hallazgos sexuales. En busca de pareja, Judith prueba uno, prueba dos, prueba tres (un poetastro autoconsagrado, un torpe que en la primera cita tira al piso todo lo que hay sobre la mesa, y así), hasta que encuentra al que cree su ideal. Un importante director de cine, apuesto, caballero, rendidor en la cama y con sentido del humor. A su hermana Bárbara lo que la aqueja es que no puede tener hijos. Hasta que descubre, gracias a los servicios de un profesor de Historia, que lo que no había podido tener eran orgasmos. Y se convierte en una mujer liberada, sexualizada, propensa a divulgar sus descubrimientos con gestos, contorsiones, suspiros y exclamaciones de teenager en celo. Aunque tenga más de treinta.

Hija de un matrimonio previo, la veinteañera Michelle prefirió irse a vivir con la mamá postiza, y con ella se quedó después de la separación. Ahora está a punto de descubrirse también como mujer, liberándose de paso de la infantilizadora sombra del padre. Y después está Eva, quinceañera y narradora en off, que descubre... el primer amor. Con lo cual su historia es la más convencional de estas cuatro convencionales historias de amor. Todo esto está narrado con fotos móviles, como de photoshop, signos, letras y tachaduras que se imprimen sobre la imagen, fantasías tan sutiles como que Michelle aparezca a ojos de su padre como era a los diez años, escenas como de teatro (de ópera, eventualmente), otras enmarcadas como cuadros, rebobinados, flash forwards... Lo último en tecnología cinematográfica, señora, para contarle el mismo cuento de siempre con brillantez de electrodoméstico de alta gama.

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