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Lunes, 26 de junio de 2006

CINE › CICLO VANGUARDIAS NEOYORQUINAS DE LOS ’60 EN EL TEATRO SAN MARTIN

Estilos radicales de una generación

Desde hoy, la sala Lugones proyectará parte de la obra de Warhol. También habrá un espacio para Burroughs y Brakhage.

En los ’60, Nueva York parecía empujar el eje de la rueda universal. Sus calles, que todavía no habían sido invadidas por la “tolerancia cero” que se impondría después, eran un hecho cinematográfico en más de un sentido: en casi cualquier esquina alguien podía cruzarse con William Burroughs y su mochila de opio, novelas y guiones. Directores como Stan Brakhage transitaban las mesas del restaurant Max Kansas City, mientras proponían revelar los “infinitos colores que puede ver en un árbol aquel que todavía no conoce la palabra ‘verde’”. Cerca, la peluca nevada de Andy Warhol cubría la cabeza de un hombre que creía tener la clave del arte del futuro. Confirmado el lugar de las películas como entretenimiento de masas, muchos encontraban en ellas un camino para cambiar el mundo, hacerse millonario, o ambas cosas a la vez. En ese clima de rock, drogas, minifaldas, esperanzas y snobismo se gestaron los films que podrán verse a partir de hoy en el ciclo Vanguardias Neoyorquinas de los ’60, en la sala Lugones del Teatro San Martín (Corrientes 1530).

La grilla propone recorrer parte de la obra de Warhol, y también tiene espacios dedicados Burroughs y Brakhage. El programa abre esta tarde con una muestra de lo que hacía el creador del pop en momentos en que muchos lo llamaban “Drella”, por considerarlo una mezcla nada inocente de Drácula con Cenicienta (“Cinderella”, en el mundo anglosajón). Si Theodor Adorno había calificado al dispositivo técnico del cine como su elemento más conservador, es allí donde en los locos ’60 Warhol encuentra un camino de libertad e innovación. Sus primeras creaciones fílmicas, sin sonido, representan un momento determinante en la relación entre artes audiovisuales y observación. Quizá la realización más conocida de este período sea Empire, ocho horas con el edificio Empire State en el centro de la escena. Con algo de amabilidad, en esta ocasión se ha optado por una versión abreviada de sesenta minutos.

My Hustler es todo un símbolo del período que siguió. El film, más apegado a lo narrativo, pinta el universo de dinero, sexo e intelectualidad en la que Warhol estaba inmerso, a través de la historia de un taxi boy que es invitado a pasar un día en una casa de Long Island. Poco después, Warhol comenzaría a trabajar junto con la banda The Velvet Underground, en un período que lo tendría como protagonista de happenings que buscaban expandir el cine e integrarlo a otras artes. De esos años son Vinyl –una adaptación de la novela La naranja mecánica, de Anthony Burgess–; y The Velvet Underground and Nico –el registro movedizo de una zapada de la banda que termina cuando los vecinos llaman a la policía–. En todos los casos, hay un coqueteo constante con los presupuestos del espectador. I, a Man, por ejemplo, funciona como relato autónomo, pero también como reproducción paródica del film danés I, a Woman, que había sido atacado por la censura.

Warhol puso su máquina publicitaria a todo motor en la segunda mitad de la década. Con fama y cuentas bancarias en franco ascenso, el artista se refugiaba casi todas las noches en el restaurante Max Kansas City, donde compartía veladas con Jim Morrison, Mick Jagger, Truman Capote o Tennessee Williams. Del cruce entre esos encuentros y la novela de Burroughs El almuerzo desnudo se originó The Nude Restaurant, una producción que intenta recuperar algo de aquel ambiente bohemio y algo decadente.

Pero la fauna del Max Kansas City no se agotaba ahí. El propio William Burroughs andaba por las mesas del fondo, inmerso en el proyecto de integrar al cine diferentes técnicas del movimiento dadaísta. De su trabajo con el director Anthony Balch surgieron propuestas que aún hoy resultan radicales, como The Cut-Ups o Towers Open Fire. Por su parte, Stan Brakhage –entre cuyos alumnos se encuentran los creadores de South Park– intentó alterar el soporte mismo del cine. No sólo se atrevió, en The Act of Seeing UIT One’s Own Eyes, a registrar el despellejamiento del rostro de un cadáver: también se dedicó a dibujar directamente sobre losfotogramas, forjando obras que mantienen vivo el espíritu radical de una generación que no logró cambiar el mundo, pero casi.

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My Hustler y Mario Banana, dos Warhol auténticos.
 
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