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Viernes, 30 de agosto de 2013

CINE › LAS CRONICAS DEL MIEDO 2 O EL TERROR COMO PROYECTO COLECTIVO

Un desquicio felizmente irresponsable

Los siete realizadores al mando de las cinco filmaciones “caseras” y supuestamente reales que integran estas nuevas Crónicas... llevan hasta el paroxismo los grandes hits actuales del género: formatos hogareños, zombies y vísceras.

 Por Ezequiel Boetti

Los estrenos casi en seguidilla de Las crónicas del miedo 2 y El conjuro muestran que esas gallinas de los huevos de oro que son las películas de terror (poca inversión + público seguidor = negocio redondo) tienen aire para cacarear por largo tiempo. Es cierto que sus enfoques contrapuestos no invitan al hallazgo de un linaje en común, pero una hurgada más a fondo permite entrever que ambos films están hilados por el conocimiento en la materia de sus hacedores, y que la diferencia está en cómo deciden exhibirlo: si James Wan lo hace desde un respeto absoluto por lo que cuenta y una narración distanciada a la vez que preocupada por la suerte de esa familia instalada en una casa embrujada, los siete realizadores al mando de las cinco filmaciones “caseras” y supuestamente reales que integran Las crónicas del miedo 2 lo hacen pasando de rosca los greatest hits actuales del género –cámara en mano, formatos hogareños, zombies, vísceras– hasta alcanzar, en su segunda mitad, un nivel de desquicio tan increíble como felizmente irresponsable.

Estrenada hace poco más de un año, Las crónicas del miedo comenzaba con dos amigotes entrando a una casa para robarse unos VHS que más tarde visionaban juntos, ubicando al espectador como un virtual tercer participante de la jornada audiovisual. En esta segunda parte, el procedimiento es similar, sólo que quienes dan con los archivos son una pareja de detectives que sigue los pasos de un adolescente desaparecido. La endeblez de la premisa inicial, el formato hogareño, la cámara en mano como sinónimo de falso documental tan en boga desde El proyecto Blair Witch, un recorrido irregular y por momentos torpe por los lugares comunes de las distintas vertientes del género y la búsqueda de naturalismo en los diálogos digna del cine norteamericano más indie son los puntos en común entre original y secuela. Pero entonces, ¿por qué ésta es superior? Porque aquí nadie está dispuesto a tomarse el asunto demasiado en serio, dando como resultado una película-sátira que opta por aquello que la saga Scary Movie nunca quiso o pudo hacer: reírse con el género y no de él.

Heredero directo de la preocupación de los efectos de la tecnologización de lo cotidiano de la miniserie Black Mirror, el primer episodio comienza con un hombre al que le implantan un ojo-cámara sin advertirle que de ahí en adelante podrá ver fantasmas. El exceso desplegado en los últimos minutos, con muertos destrozando el mobiliario mientras el protagonista tiene sexo con otra trasplantada para distraerse, muestra que el resultado podría haber sido aun mejor si se hubiera desatado un poquito antes. Algo similar ocurre en el segundo, que se monta al fenómeno The Walking Dead para mostrar en plano subjetivo la secuencia mordisqueo-conversión-atacante de un ciclista devenido zombi. Queda claro, entonces, que por el momento el asunto no es necesariamente malo sino más bien normal, casi tibio, se diría. Todo lo contrario a lo que vendrá después.

El compendio de piñas y patadas que fue La redada había dejado en claro que a Garreth Evans no le gustan las medias tintas, aspecto que el fragmento “Safe Haven” no hace más que validar. Co-dirigido junto a Timo Tjahjanto, el tercer corto muestra a un equipo de filmación recorriendo la sede de una secta y entrevistando a su líder. Líder en principio modosito, servicial y dócil, pero que con el correr de los minutos empieza a mostrarse como un auténtico davidiano: partes iguales de misticismo y demencia. Este cambio genera una cacería de los visitantes. Cacería absurda, impredecible y ultra gore, que incluye fantasmas y un... Anticristo. La cereza del postre es una partuza de púberes interrumpida no por la llegada de los padres sino por unos alienígenas dispuestos a romper con absolutamente todo. Lo mismo que intenta hacer Las crónicas del miedo 2 con el cine de género adocenado y de fórmula. La buena noticia es que en muchos momentos lo logra.

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