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Domingo, 8 de septiembre de 2013

CINE › DAVID CRONENBERG VOLVIO A EXHIBIR SU DEBUT SHIVERS EN EL FESTIVAL DE TORONTO

“Todavía me siento cerca de esta película”

No hay en todo el festival un film más salvaje, perturbador y políticamente incorrecto que el primer largo profesional del cineasta canadiense, de 1975, en el que un virus desata sus más básicas y urgentes pulsiones sexuales, sin distinción de edad ni de género.

 Por Luciano Monteagudo

Desde Toronto

Hay una sección denominada Visions, otra llamada Vanguard y una tercera Wavelenghts, dedicadas todas a las últimas novedades en el campo del cine de autor y de riesgo. Pero es muy probable que no haya en todo el Toronto International Film Festival (y suman más de 300 títulos entre largos y cortos) una película más salvaje, perturbadora y políticamente incorrecta que Shivers (1975), el primer largometraje profesional de David Cronenberg, presentado en una copia restaurada a nuevo en formato digital en el marco del programa TIFF Cinematheque.

“Estoy feliz de volver a verla y les confieso que no le cambiaría nada: representa lo que yo hacía y quién era en aquella época y me parece que todavía hoy, en muchos sentidos, me siento cerca de esta película”, aseguró antes de la proyección el propio Cronenberg, de saco, remera y jeans oscuros, a tono con sus venerables canas que contrastaban, sin embargo, con unas rutilantes zapatillas rojas que parecían salidas de otros pies. Es que un poco así es el personaje: un hombre extremadamente sobrio, educado y compuesto, como todo buen canadiense, que sin embargo siempre sorprende con esos furiosos arrebatos que son sus películas, a cual más inquietante. Y a casi cuarenta años de su estreno, Shivers (Escalofríos sería su traducción literal, aunque el film nunca llegó a estrenarse en la Argentina) lo sigue siendo, tanto como Videodrome, eXistenZ o Una historia violenta, por citar apenas algunos de sus títulos más recordados.

“Fue una lucha hacerla”, recordó Cronenberg. “Había hecho antes algunos cortos y un par de largos amateur, pero nunca me había enfrentado a un equipo profesional y no sabía muy bien qué función cumplía toda esa gente a mi alrededor que me pedía decisiones. Y después, una vez terminada, fue también una lucha defenderla”, se refirió Cronenberg a la feroz controversia que enfrentó Shivers en Canadá. Financiada con dineros públicos, a través de Telefilm Canada, la película estuvo al borde de la censura, porque las fuerzas vivas de la sociedad –y no sin motivo– se sintieron particularmente atacadas y ofendidas por la película.

Sucede que Shivers, que originalmente se iba a titular Orgy of the Blood Parasites (“fui más sutil después”, concedió Cronenberg sobre esa “Orgía de los parásitos de la sangre”) narra el descenso a los infiernos de una comunidad modelo, un moderno edificio de departamentos aislado en medio de la naturaleza y cuyos habitantes, toda gente de próspera clase media y excelentes modales, sucumbe de pronto a una suerte de virus que desata sus más básicas, urgentes e indiscriminadas pulsiones sexuales, sin distinción de edad ni de género.

No han transcurrido ni cinco minutos de película y un anciano profesor universitario arremete contra una adolescente en uniforme escolar, a quien primero desnuda y luego estrangula con sus propias manos. Y cuando parece dispuesto a una espantosa violación post mortem, extrae un escalpelo, le practica una rudimentaria autopsia y luego con el mismo instrumento se suicida, cortándose la garganta. El gore y la estética trash eran por entonces en Cronenberg ataques tan violentos a la cultura biempensante como su tema.

Lo que se sabrá luego es que lo que buscaba ese atildado profesor en las entrañas de la chica era un parásito que él mismo le había inoculado en forma experimental, con fines quizá más elevados, pero desatando en cambio un oscuro furor sexual capaz de expandirse con una celeridad viral. Antes o después, todos en ese feliz condominio –no importa si niñas o ancianos, médicos o guardianes del orden– son víctimas de ese parásito de forma fláccida pero inocultablemente fálica que los convierte en una horda de zombis desesperados, no precisamente hambrientos de cerebros, sino más bien de sexo, de cualquier orden.

Para quienes hayan seguido de cerca la obra de Cronenberg hay en este film temprano un sinfín de claves de su cine posterior, empezando por ese precario parásito en el que no cuesta identificar los más elaborados y siniestros insectos-objetos de Festín desnudo, por ejemplo, basada en la famosa novela de William Burroughs. La influencia de la literatura de J. G. Ballard también es evidente en un brutal choque automovilístico que Cronenberg filma con fruición en medio del frenesí sexual de Shivers, veinte años antes de animarse a hacer su propia versión cinematográfica de Crash. Pero quizás antes que de influencia, se podría hablar de empatía, de sintonía en la longitud de las ondas creadoras. Al caos que se apodera del edificio de Shivers, Cronenberg lo filmó el mismo año en que Ballard editó Rascacielos, una novela en la que también un edificio inteligente para gente adinerada, suerte de barrio cerrado en las alturas, se convierte en una experiencia dantesca.

Sobre el tema de las influencias también se refirió Cronenberg en Toronto, con una anécdota tan graciosa como reveladora. Parece que cuando muchos años después presentó Shivers en una retrospectiva en el festival alemán de Hof, un espectador se levantó indignado y le preguntó cómo se atrevía a mostrar esa película, que robaba escandalosamente varias escenas de la famosa Alien, de Ridley Scott, aquellas en las que la criatura nace de las entrañas preñadas de un hombre y luego copula con otro incrustándosele en la cara. “Pero Shivers es cuatro años anterior a Alien y me consta que su guionista, Dan O’Bannon vio mi película”, cuenta Cronenberg que respondió. A lo que el espectador, en su candor alemán, le respondió: “Ah, entonces ahora ya sabemos quién es el ladrón”.

En cualquier caso, ese discutido parásito (o más bien su reproducción actual) será uno de los muchos objetos, utilería, guiones, storyboards y curiosidades que a partir de noviembre presentará la TIFF Cinematheque en lo que ha dado en llamar “The Cronenberg Proyect”. Un proyecto que será mucho más que una mera exposición, acompañada de su correspondiente retrospectiva, toda en copias nuevas, restauradas para la ocasión. Concebido a la manera de una “multiplataforma”, el proyecto incluirá también la edición de un par de libros en papel y un e-book más algo que el TIFF ha dado en llamar “una experiencia digital”. Bajo el amenazador título “Body/Mind/Change” (Cuerpo/mente/cambio), quien se anime podrá sumergirse dentro de los pensamientos de este creador sin igual dentro del cine contemporáneo. Algo así como “¿Quieres ser David Cronenberg?”. Muchos probablemente prefieran seguir siendo quienes son. No vaya a ser cosa de que luego uno note un extraño bulto a punto de emerger desde el estómago.

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“No le cambiaría nada a Shivers: representa lo que yo hacía y quién era en aquella época”, dijo Cronenberg.
Imagen: Gentileza George Pimentel/Getty images/TIFF
 
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