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Viernes, 29 de noviembre de 2013

CINE › MUJER CONEJO, NUEVO LARGO DE VERONICA CHEN, LA DIRECTORA DE AGUA

Un híbrido de variadas formas y temáticas

 Por Diego Brodersen

Extraña, despareja, ecléctica, singular, ligera, imprevisible. Todos esos adjetivos, entre otros, pueden aplicársele a Mujer conejo, el nuevo largometraje de Verónica Chen. Como si quisiera sacudirse enérgicamente todo aquello que se dijo de su cine hasta este momento, la directora de Agua y Vagón fumador se planta y otea otros horizontes, evitando la repetición de formas y tópicos. Porque Mujer conejo puede ser muchas cosas pero, por sobre todas, es la película de alguien que no desea dejarse amordazar por una obra ya existente. Lo cual es siempre saludable, más allá de que algunas de las ambiciones no estén al mismo nivel que los alcances reales. Pero, ¿qué es Mujer conejo? ¿Es un thriller urbano que se desplaza al ámbito rural, con una inocente envuelta en una saga de corrupciones, explotación y violencia? ¿Es una rara entrada en el sci-fi local, con una invasión silenciosa que no hace más que reflejar cierto estado de las cosas? ¿Es una película política, un film de género nacional y popular?

La película no responde fácilmente a esas preguntas, y está bien que así sea: se resiste al encasillamiento. O bien es todas esas cosas al mismo tiempo. La protagonista, una bella joven hija de chinos que no habla una sola palabra del idioma de sus ancestros (primer protagónico de la modelo y actriz Haien Qiu), trabaja como inspectora del gobierno porteño. Ya de entrada se la presenta como extraña en un mundo que (prejuicios mediante) debería serle familiar, enfrentada a personajes que dan por sentada su pertenencia a la cultura oriental. Pero el film todo tiene esa característica: las primeras escenas, filmadas en el barrio chino de Belgrano con una lustrosa fotografía de Rodrigo Pulpeiro, podrían ser de cualquier barrio chino de cualquier ciudad del mundo. Hay una mirada extrañada sobre las locaciones, una búsqueda de universalidad a partir de lo local que hace que el film se escurra entre las manos de quien desee leerlo como alegoría política del aquí y el ahora. Y, sin embargo, cuando la invasión de chinos y de conejos mutantes se hace evidente para un grupo de primeros sobrevivientes, queda claro que Chen está hablando de algunas cosas cercanas a cualquier habitante del planeta, una arista ecologista en el sentido literal, pero también metafórico: las ecologías humanas y económicas.

Del realismo mainstream de las primeras escenas, que avanzan un tanto caóticamente, como si la realizadora quisiera sacárselas de encima lo más rápido posible (y que incluyen, por ejemplo, una clásica y algo torpe escena de sexo), Mujer conejo se deja seducir lentamente por el delirio, anunciado por una primera secuencia de animación, formato que irá ganando terreno con el correr de los minutos. La trama de corrupción local irá empequeñeciéndose ante la revelación de algo parecido al inicio de un posible Apocalipsis, y la relación de la china (perdida en un bosque mucho más inmenso que la China) con su ex pareja (Luciano Cáceres) se verá asimismo relegada a un plano menor, reemplazada por el ingreso de la protagonista a un grupo de resistentes que tiene mucho del cine de John Carpenter, pero que bebe también de las aguas del fantástico porteño. Sí, hay conejos en Mujer conejo, y hay una heroína en formación. Y hay algunos tiros y cierto suspenso. No es una película perfecta: le sobran varias cosas y le faltan algunas otras. Pero la imperfección –por momentos actoral, en otros de tensión narrativa– ayuda inconscientemente a la construcción de una posible estética, un híbrido de múltiples formas que no puede definirse porque está en constante gestación.

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