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Sábado, 5 de abril de 2014

CINE › MARY IS HAPPY, MARY IS HAPPY Y CARLITOS EN COMPETENCIA INTERNACIONAL

En los extremos del mundo

La película del impronunciable tailandés Nawapol Thamrongrattanarit se presenta como una ficción concebida a partir del universo de Twitter, mientras que la ópera prima del ecuatoriano José Antonio Guayasamí es un crudo documental de observación.

 Por Diego Brodersen

El segundo día baficiano, neologismo que ya ha echado raíces entre los habitués del festival porteño, tiene un no-sé-qué especial. La cosa recién comienza y la cercanía del fin de semana permite que las grillas personales no estén tan atadas a compromisos laborales o de otra índole. Todas las secciones del 16 Bafici se han puesto en marcha y la Competencia Oficial Internacional ha presentado dos nuevos títulos ante la mirada de espectadores, jurados y críticos. Una de ellas es una ficción tailandesa basada... ¿en una novela, una serie de televisión, un videojuego? No, en una sucesión de tuits. La segunda, radicalmente distinta, es un documental de rigurosa observación llegado desde tierras ecuatorianas. Precisamente una de las virtudes de esta sección competitiva ha sido desde siempre la variedad de miradas, formatos y recursos, y no podría haber dos títulos más diferentes que Mary is Happy, Mary is Happy y Carlitos, aunque ambos comparten protagonistas jóvenes y sus dificultades para adaptarse al mundo, aunque por razones bien diversas.

El opus dos de Nawapol Thamrongrattanarit (su primera película, 36, recorrió varios festivales internacionales) emplea como punto de partida una serie de 410 tuits, cuya autora, dicen, es una adolescente tailandesa que se mueve en el universo del pajarito azul bajo el pseudónimo @marylony (hoy la chica tiene más de 30.000 seguidores, seguramente como consecuencia del estreno del film, aunque hay que conocer al dedillo el tailandés para saber qué es de su vida en la actualidad). Mary is Happy... no sólo utiliza esos mensajes de hasta 140 caracteres como disparadores de la acción, sino que los pone en pantalla a lo largo de más de dos horas de metraje, a un promedio de dos tuits por minuto. En otras palabras, el universo de Twitter no es sólo una excusa sino que forma parte esencial del estilo y la forma del film: fragmentario, emocionalmente voluble, veloz, por momentos enigmático.

La Mary del film es una adolescente que se encuentra en una encrucijada de fines de era, a pocos meses de la clausura de su vida en la escuela secundaria. La amistad con una compañera de cuarto (el establecimiento es una escuela-dormitorio para chicas), el posible amor con un joven de la zona, la difícil tarea de editar el anuario del colegio, la relación con un celador estricto, la omnipotencia y egocentrismo de un nuevo director a quien nunca se ve. Los primeros 30, 40 minutos de la película son frescos y estimulantes, dueños de un humor absurdo que por momentos recuerda a algunos títulos de Richard Lester y (inevitablemente) a las Locas margaritas de la checa Chytilová. Desafortunadamente, Mary is Happy... sufre de un síndrome de autoindulgencia que se va haciendo preeminente a medida que avanzan los extensos 128 minutos de metraje. Esa recurrencia de tonos y estados de ánimo, cierta repetición de circunstancias e imágenes, le juegan en contra y terminan anulando esa desfachatez que había sabido conseguir sin demasiado esfuerzo.

Carlitos vive en el otro extremo del mundo, en Ecuador, en una región semirrural en las afueras de Quito llamada Guápulo. Su vida no es como la de otros chicos veinteañeros de la zona. Su discapacidad intelectual le permite trabajar unas horas en una fábrica de salchichas o salir a desmalezar, machete en mano, el bosque cercano a su casa, pero otras actividades como relacionarse verbalmente con su madre o su hermano menor le son esquivas. Opera prima de José Antonio Guayasamí, Carlitos fue rodada intermitentemente a lo largo de tres años. Cercano a la idea de “mosca en la pared” de Frederick Wiseman, con una cámara que intenta desaparecer y pasar inadvertida, acercando la mirada a cierta idea de “objetividad”, es posible imaginar el rodaje como un arduo trabajo de acercamiento y acostumbramiento por parte del protagonista y su familia al realizador y el equipo de rodaje.

Como en otra película exhibida en este Bafici, la notable Escuela de sordos, de Ada Frontini –que ya tuvo su estreno en el pasado Festival de Mar del Plata–, los mejores momentos de Carlitos son aquellos en los cuales el trabajo de encuadre y montaje logra transmitir, casi sin palabras, el mundo interior del joven, sus anhelos, la lucha cotidiana por la convivencia y la comprensión de los suyos y del resto de la sociedad. En ese sentido, no es tan potente la escena en la cual Carlitos logra el tercer puesto en un maratón municipal, en medio de las fiestas de fin de año, como aquella otra en la cual la cámara se detiene sobre su rostro durante casi un minuto, sin énfasis ni intenciones obvias. Es el espectador el que conecta la mirada del protagonista con lo que vio hasta ese momento; la humanidad surge inesperadamente, sin que sea necesario forzar su presencia desde el guión o la música. Film pequeño, breve y frágil, Carlitos logra, gracias a su falta de grandes ambiciones, dos o tres momentos de pura verdad. Cinematográfica y de la otra.

* Mary is Happy, Mary is Happy se exhibe hoy a las 14.25 en Village Recoleta 6 y el domingo 13 a las 20 en Village Caballito 7.

* Carlitos se exhibe hoy a las 17.35 en Village Recoleta 6 y el miércoles 9 a las 18.20 en Village Caballito 4.

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Mary is Happy, Mary is Happy es el opus dos del tailandés Nawapol Thamrongrattanarit.
 
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