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Miércoles, 30 de abril de 2014

CINE › EL DIRECTOR CALIN PETER NETZER HABLA DE SU PELICULA LA MIRADA DEL HIJO, OSO DE ORO DE LA BERLINALE

“Cuanto más se posee, más hay para defender”

Consagrado en el circuito de festivales como otros grandes directores de su país, el realizador rumano, exiliado en Alemania en tiempos de Ceausescu, propone un film protagonizado por una madre dispuesta a todo con tal de ayudar a su hijo.

 Por Etienne Barjot

Todo comenzó una década atrás, con esa obra maestra absoluta llamada La noche del señor Lazarescu, de Cristi Puiu. Aunque algunos fechan como primer indicio del fenómeno Marfa si banii, ópera prima de Puiu, que se vio en el Bafici 2001. Pero Lazarescu fue la prueba rotunda de que algo muy denso estaba pasando en Rumania. 4 meses, 3 semanas, 2 días, de Cristian Mungiu; Bucarest 12:08 y Policía, adjetivo (ambas de Corneliu Porumboiu) y Aquel martes después de Navidad, de Radu Muntean(para nombrar sólo las más notorias, sólo las que se vieron aquí) confirmaron que lo que estaba pasando es que lo mejor del cine contemporáneo estaba pasando por Rumania. Nueva prueba de ello es La mirada del hijo, que aporta a la lista un nuevo nombre no tan nuevo: el de Calin Peter Netzer, de quien ésta es su tercera película. Y no la primera que gana premios, como enseguida se verá. El premio que ganó Pozilia copilului (que se traduce como La postura del hijo) fue uno de los tres más importantes del cuadro de honor internacional: el Oso de Oro, en Berlín 2013. Mañana se estrena en Buenos Aires, con el título La mirada del hijo.

Nacido, como Porumboiu, en 1975 y exiliado junto a su familia en Alemania en tiempos de Ceausescu, Netzer debutó en 2003 con la muy oscura Maria, con la que ganó tres premios en el Festival de Locarno. La siguiente, Medalla de honor (2009), ganó nada menos que cuatro en el prestigioso Festival de Tesalónica, y pudo verse en Mar del Plata 2010. En La mirada del hijo aparecen dos nombres claves para la consagración internacional del cine rumano. Uno es el guionista Razvan Radulescu, el mismo de Marfa si banii, Lazarescu, 4 meses... y Aquel martes después de Navidad. La otra, la señora Luminita Gheorgiu, a la que el papel de Cornelia en La mirada del hijo termina de consagrar como una de las grandes actrices del cine contemporáneo. Nacida en Bucarest en 1949, Gheorgiu ya había deslumbrado con su papel de enfermera en Lazarescu, habiéndosela visto también en 4 meses... y posteriores películas de esos realizadores.

En La mirada del hijo, Gheorgiu es la omnipresente Cornelia, una madre con muy buenas vinculaciones, dispuesta a todo con tal de que su hijo no vaya a prisión, tras haber atropellado y matado a un niño, por exceso de velocidad, en una ruta rumana.

–¿De dónde surgió la idea de construir una película alrededor de una madre tan manipuladora como esta Cornelia?

–¡De mi madre, y de la madre de mi coguionista! (risas) En serio, no es chiste. Me basé en ella para componer este personaje, y cuando se lo planteé a Razvan Radulescu, resultó que su madre era igual a la mía...

–¿Qué fue entonces lo que inventaron?

–Todo lo demás. La protagonista se parece a mi madre, pero la película no cuenta una experiencia personal. En verdad, la historia en sí la tomamos de un episodio que ocurrió en España, en la Costa del Sol, protagonizado por una familia británica. Nos pareció que ese incidente daba lugar a plantear situaciones morales complejas, perfectamente trasladables a la Rumania actual.

–Sabemos de la posesividad de las madres mediterráneas con respecto a sus hijos, pero no conocemos cómo funcionan las madres rumanas. ¿El de Cornelia es un caso atípico o las madres suelen ser así en su país?

–Lo que noto es que en los países europeos que alguna vez fueron parte del bloque comunista hay un alto grado de posesividad. No sólo por parte de la madre, sino de los padres en general para con sus hijos. En Alemania, donde viví doce años, no es así. Creo que en los países sajones tampoco.

–¿Piensa que esto puede tener alguna relación con el totalitarismo?

–Tal vez la haya. Países en cuyas culturas suele haber una fuerte posesividad paterna o materna, como Rusia, Italia o España, tuvieron gobiernos totalitarios de larga duración. Pero conviene ser prudente con las generalizaciones: fíjese que recién puse a Alemania como ejemplo de un menor control de los padres con respecto a sus hijos, y sin embargo si uno piensa en un caso extremo de totalitarismo, difícilmente encuentre un ejemplo más acabado que el del nazismo. Así, habría que tomar el tema con pinzas.

–Cornelia no tiene escrúpulos a la hora de salvar a su hijo de prisión y sin embargo el espectador no puede evitar ponerse de su lado.

–Esa era la intención: obligar al espectador a ver las cosas desde el punto de vista de ella. Identificarse con las víctimas es fácil y tranquilizador, acá podíamos haberlo hecho. Pero justamente elegimos mostrar las cosas desde el otro lado, para obligar al espectador a enfrentarse con sus propias zonas oscuras.

–¿Cómo reacciona el público femenino frente al personaje de Cornelia?

–Muchísimas espectadoras me confesaron que frente a la misma situación, reaccionarían igual que Cornelia. Lo cual a mi mamá le encantó (risas).

–¿Por qué ubicaron la historia en el seno de la clase más acomodada?

–Porque cuanto más se posee más hay para cuidar, para preservar, para defender.

–La mayoría de las películas rumanas recientes están protagonizadas por gente de clase media o clase media-baja. Es raro encontrar una familia de buena posición económica en una película de ese origen.

–Esa fue otra de nuestras razones: queríamos hablar de una clase que hasta ahora apareció poco en nuestro cine.

–En la película, los representantes de la clase alta están estrechamente vinculados con el poder y parecen habituados a corromper funcionarios. ¿Así son las cosas en la Rumania actual?

–Creo que la corrupción institucional es la “normalidad” en Rumania. Viene de tiempos de Ceausescu y no cambió mucho en estos veinte años. Las cosas siguen siendo más o menos iguales. Por eso nos interesaba mostrarlo.

–No sólo funcionarios: está también el personaje del hombre que intervino en el accidente, de quien depende que el hijo de Cornelia vaya o no a prisión, con el que Cornelia negocia una suma de dinero, como si se tratara de una reunión de negocios.

–Cuando la corrupción es la norma, tiñe al conjunto de la sociedad, y eso es lo que sucede en mi país.

–¿Cómo fue recibida la película allí?

–Inmejorablemente: La mirada del hijo es la película rumana más exitosa de la última década. La gente no para de hablar de ella, el tema “pegó” mucho en mi país. Tuvo un fuerte boca en boca, que permitió que la película fuera sumando público semana a semana.

–El título original es “La postura del hijo”. ¿Por qué “postura” y no “posición”?

–“La postura del hijo” es una de las más simples del yoga, la que normalmente se usa cuando uno está estresado. Originalmente había una escena en la que Cornelia practicaba esa postura. Finalmente la sacamos, pero igual decidimos dejar el título, que nos gustaba, porque en rumano “postura” y “posición” se dicen igual. Eso permite un juego de sentidos que en una de ésas, en otros idiomas no resulta tan claro.

–La actriz protagónica, Luminita Gheorgiu, a quien conocíamos de La noche del señor Lazarescu y 4 meses, 3 semanas, 2 días, está, como de costumbre, extraordinaria. ¿Cómo fue el trabajo con ella?

–Muy esforzado, porque contábamos con un presupuesto estrecho, que nos obligó a filmar la película entera en un mes, la mitad del tiempo (o menos) de lo que suele durar un rodaje. Por otra parte, Luminita no estaba habituada a interpretar personajes de clase alta, por lo cual tuvo que trabajar duro para meterse en el papel. Ensayamos juntos siete u ocho meses antes de empezar a rodar. Hablamos mucho sobre el personaje, lo fuimos construyendo juntos.

–¿Es habitual para usted trabajar tanto tiempo con los actores?

–Sí, es lo que suelo hacer. Siempre ensayo mucho antes del rodaje, hablo mucho del personaje con el actor que va a interpretarlo. Me gusta llegar al rodaje con las cosas bien asentadas.

–En términos de puesta en escena, ¿se permite alguna libertad a la hora de rodar o se atiene a lo previsto?

–Esta es la primera vez en que busqué deliberadamente perder algo de control sobre la puesta en escena. Como el personaje y la historia estaban muy próximos a mí, quise tomar distancia y dejar que otros miembros del equipo tomaran decisiones. Por ejemplo, el director de fotografía. Como filmamos todas las escenas con dos cámaras digitales, con las escenas ya bien ensayadas les di libertad a ambos camarógrafos para seguir a los actores y filmar desde los distintos puntos de vista implicados en cada escena.

–La escena culminante, en la que Cornelia se enfrenta a los padres de la víctima, ¿también estaba muy ensayada?

–No, ésa no, porque como era una escena muy emocional quise dejarla librada a la intensidad del momento. La dejamos para el final de todo y “tiramos” pocas tomas, porque lo que buscábamos no era perfección visual sino crudeza emocional.

–¿Por qué usa tanta cámara en mano, incluso en escenas “quietas”, de interiores?

–La idea era que la cámara siguiera siempre bien de cerca a Cornelia, por una simple cuestión de atracción mía por el personaje. Y la mejor manera de no perderle pisada era con cámara en mano, aunque eso produjera inestabilidad. Siempre tuve claro que no quería planos fijos de larga duración.

–Lo cual es una de las características estilísticas más marcadas de lo que se conoce como “nuevo cine rumano”...

–Sí, puede ser que también haya buscado diferenciarme de varias de las películas más conocidas de mis colegas, probar formas menos exploradas.

Traducción, edición e introducción: Horacio Bernades.

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“Esta es la primera vez en que busqué deliberadamente perder algo de control sobre la puesta en escena”, dice Calin Peter Netzer.
 
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