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Martes, 16 de septiembre de 2014

CINE › GUSTAVO TARETTO PRESENTA SU SEGUNDO LARGOMETRAJE, LAS INSOLADAS

“Me interesan las historias urbanas”

El director de Medianeras vuelve a hacer de la ciudad el escenario privilegiado de sus personajes, aquí un grupo de amigas en una terraza de un edificio porteño, donde se preparan para lucir radiantes esa noche en un concurso de salsa.

 Por Oscar Ranzani

Si el cortometraje suele ser un paso previo al largo, para el director Gustavo Taretto lo es por partida doble. Así como su ópera prima, Medianeras, fue un corto que luego mutó a un largo, lo mismo sucede con su opus dos, Las insoladas, que se estrena este jueves. “Tanto Medianeras como Las insoladas son dos cortos que me gustan mucho y sobre los que me gusta seguir trabajando. Nunca tuve la sensación de que estaba alargando una cosa. Yo estoy revisitando una idea que para mí es interesante y tiene potencial y la construyo alrededor”, comenta el realizador en diálogo con Página/12.

Para construir Las insoladas como largometraje, Taretto convocó a seis bellas actrices: Luisana Lopilato, Carla Peterson, Violeta Urtizberea, Elisa Carricajo, Maricel Alvarez y Marina Bellati. En la ficción son seis amigas con personalidades diferentes que tienen un sueño en común: irse quince días de vacaciones al Caribe. Pero la realidad económica apremia y, entonces, las chicas planean estrategias para poder concretar el deseo colectivo. Todos sucede durante un sábado veraniego en una terraza de un edificio porteño, donde las amigas se preparan para lucir radiantes esa noche en un concurso de salsa, cuyo premio es justamente el dinero para viajar a Cuba.

La historia está anclada temporalmente en 1995 y la elección no fue casual: tiene que ver con la idea de “paraíso” tan vinculada con los ’90, un momento en el que la clase media argentina accedió a viajar frecuentemente al exterior, debido al uno a uno, y cuando se pusieron de moda destinos que no existían muchos años atrás, como por ejemplo Punta Cana, isla Margarita y República Dominicana, entre otros. “Además, Argentina y Cuba tienen una gran relación. Es el lugar de toda Latinoamérica en el que el argentino se siente más querido. La película refleja eso y yo me quedé con ganas de seguir trabajando sobre esa idea. El corto no estaba anclado definitivamente en los ’90, pero el largo sí. Entonces, rescaté la esencia del corto y, a partir de ahí, construí un largo”, afirma Taretto.

–¿Qué otros elementos mantiene y modifica el largo respecto del corto?

–Del corto mantiene la idea de un deseo que se transforma en una obsesión. Sigue manteniendo la unidad del lugar. No sé cómo será el resto de los días para las chicas, sí sé cómo es ese día. Es un momento de balance del año, entre Navidad y Año Nuevo, en el que ven cómo todo el mundo se va al Caribe y ellas no pueden ir. El premio que necesitan para un año que estuvo lleno de frustraciones laborales, amorosas, etcétera, ese día se transforma en una obsesión que les toma la cabeza y empiezan a hacer toda clase de planes para cumplir ese objetivo basado en los mitos de Cuba: las playas paradisíacas, la imagen de la arena blanca, del agua transparente y las palmeras. Tan distinta de la realidad en la que ellas están ancladas: una terraza en el microcentro en una época en que las terrazas no tenían ni solarium ni ninguna de las modernidades que tiene ahora la ciudad.

–Al igual que en Medianeras, la ciudad aparece en forma destacada. ¿Le interesan particularmente las historias urbanas?

–Sí, sí, me interesan las historias urbanas. Lo hice accidentalmente al principio y después un poco ayudado por la visión de la gente del cine que empezó a ver los cortometrajes y a relacionarlos con la ciudad. Ahora, me resulta inevitable. Hace poco me invitaron a escribir el catálogo argentino de la Bienal de Arquitectura de Venecia y voy todos los años a la Facultad de Arquitectura a dar charlas, aun sin ser arquitecto. Pero se ve que hay algo de mi punto de vista que tiene una relación directa con la ciudad. A mí me encanta la ciudad porque es un escenario clave. No sé cómo voy a filmar hasta que no sé dónde voy a filmar. Elijo primero el escenario como un condicionante de todo lo que va a suceder ahí. En Medianeras es la ciudad y el monoambiente tiene mucho peso, y en Las insoladas la ciudad y la terraza tienen un peso enorme. De hecho, a la terraza siempre la pensé como una isla. Ellas se quieren ir a una isla, pero ya están en una isla.

–Sus dos largometrajes son comedias con matices. ¿Es el género que más le interesa?

–Es un género inevitable para mí. El humor y las emociones, en general, son las cosas que más valoro. En mi caso, no es una decisión, sino una necesidad: siempre me gustó hacer reír. Mi objetivo es hablar de cosas importantes y hacer películas que generen distintas capas de lectura. Y eso permite, en este caso, que uno pueda hablar de los ’90, de la idea de libertad, del comunismo, del sistema capitalista o de lo que fuere, pero siempre a través del humor, sin poner el acento en la reflexión misma. Con Medianeras he tenido charlas con sociólogos; en Brasil participé en charlas con filósofos hablando del comportamiento de la gente urbana, de la soledad, de la relación con los medios digitales o la tecnología, Internet. Me encanta que siendo una película que tiene humor haya abierto la puerta a tantos discursos e ideas inteligentes a su alrededor.

–¿Cómo fue la experiencia de un hombre dirigiendo seis mujeres?

–Las chicas me la hicieron muy fácil. Las adoro, terminé enamorado de las seis. Estoy encantado con la confianza que me han entregado, la generosidad y el compromiso con el que han trabajado; también la amplitud y el desprejuicio con que se han desempeñado porque es un elenco de una formación extraña. Pude tener un elenco con actrices mainstream, indies, que vienen del teatro experimental... Y poder fusionar eso y llegar a buen puerto me deja enormemente contento. Las chicas realizaron un esfuerzo enorme para hacer la película. Luisana Lopilato vino con su bebé de dos meses a despertarse a las cuatro de la mañana para estar maquillada a las nueve de pies a cabeza y aerografiada para hacer una película. Y así pasó lo mismo con Carla Peterson, con un bebé chiquitito; con Marina, que terminó de hacer un programa de televisión y al día siguiente empezó a filmar la película sin tener ninguna tregua. Maricel hizo un casting yéndose a México y cuando volvió se puso inmediatamente a trabajar en la película. Yo creo que ellas tenían muchas ganas de hacer la película y eso hizo que fuera muy fácil el trabajo. Yo y todo mi equipo generamos las mejores condiciones para que ellas estuvieran cómodas. Y otra cosa muy interesante del proceso fue que se filmó en una terraza de verdad, con un sol real y sin un solo farol. No había nada que enchufar. Entonces, también la idea de resistir al sol como grupo nos unió mucho. Teníamos con quién enojarnos y no era con ninguno de no-sotros: era con el sol. Fue el verano más caluroso de los últimos 107 años en Buenos Aires.

–¿Cómo fue la construcción del universo femenino? ¿Qué aspectos o experiencias lo inspiraron para escribir el guión?

–Coescribí el guión con Gabriela García, un poco para buscar un equilibrio natural y porque ella es conocedora del universo femenino. En mi caso, es una observación y hay mucho de fantasía. Yo no sé cuánto me he metido con la profundidad de una conversación porque detrás de todo esto hay una historia, que es la de un sueño como objetivo que se convierte en una obsesión. Y obviamente como guionistas llevamos ese cuento mínimo que tiene la película. Yo soy muy observador y, de todo ese archivo que tengo en la cabeza, casi todo lo que dicen las chicas en algún momento lo escuché.

–En base a lo que dice, ¿el film tiene la mirada de un hombre sobre el mundo de la mujer?

–Creo que no. Traté de hacerme invisible como director y como autor.

–¿Sería algo así como una ficción observacional?

–Sí, me gusta mucho la manera en que lo sintetiza. No es una visión sobre las mujeres. De hecho, Medianeras y Las insoladas no se parecen en esas formalidades. Para mí, son seis personajes que tampoco importa cuál es su género sexual, sino que tienen un montón de cosas que tienen los argentinos: cierta inocencia, la confianza que depositamos en los mitos, la idea del paraíso, esta cosa de “por qué yo no puedo ir si todos se están yendo siete días a Punta Cana” y la idea de grupo a pesar de las diferencias.

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“Voy todos los años a la Facultad de Arquitectura a dar charlas, aun sin ser arquitecto”, dice Taretto.
Imagen: Pablo Piovano
 
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