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Viernes, 6 de marzo de 2015

CINE › MARTIN SOLA PRESENTA SU DOCUMENTAL HAMDAN, SOBRE UN EX COMBATIENTE PALESTINO

“Es un personaje con claroscuros”

Hamdan Alí Mahmud Sefan, el protagonista del film, es un líder de la resistencia palestina que sufrió quince años de cárcel en Israel después de un atentado fallido. “No es la típica víctima que suelen mostrar los medios”, señala Solá.

 Por Ezequiel Boetti

Martín Solá dudaba. Un amigo palestino le insistía para que filmara una película sobre su tierra y la oferta se volvía cada vez más tentadora. Al fin y al cabo, a él siempre le interesó el aprendizaje surgido de los rodajes y también la religión, tanto que incluso incursionó en el ámbito académico estudiando teología. Pero también sabía que el cine reciente, y en particular el documental, se había ocupado bastante de las vivencias de los pobladores de aquella zona atravesada por un conflicto religioso, económico, político y social en apariencia eterno. Entonces impuso condiciones: haría la película si y sólo si su amigo le permitía llegar hasta un conocido suyo llamado Hamdan Alí Mahmud Sefan, un líder de la resistencia palestina encarcelado durante quince años después de ser apresado a raíz de una misión fallida, en 1973. El contacto finalmente se realizó y, una vez obtenido el visto bueno para incursionar en las arenas de la memoria personal del entrevistado, el realizador puso manos a la obra y dio forma a Hamdan, primera parte de una trilogía centrada en territorios atravesados por el pesar de no ser reconocidos como países (ver recuadro:/diario/suplementos/espectaculos/subnotas/34883-8464-2015-03-05_1.html) cuyo lanzamiento comercial se anuncia para este jueves en el Espacio Incaa Km 0 Gaumont y para mañana en el Malba.

Estrenado en el prestigioso festival suizo de Visions du Réel y visto aquí en el marco del DocBuenosAires 2014, el film recorre los pormenores de aquel fallido operativo y los años de encierro y soledad posteriores, todo mediante la propia voz del protagonista. “Teníamos claro que lo que iba a sostener el clima era el tono de su voz, que él nos llevaría a través del relato de la indagación en su memoria. Trabajamos mucho en posproducción, grabando varias veces para que mantuviera el tono”, recuerda el egresado del Observatorio de Cine de Barcelona. Durante ese viaje, mental pero también físico, Hamdan –personaje y película– ubican al espectador en un lugar “complejo y difícil”, tal como reconoce el director de Caja cerrada y Mensajero. “El no es la típica víctima que suelen mostrar los medios, sino alguien que en su momento accionó, y esa forma de actuar le trajo como consecuencia la cárcel. Por un lado, uno entiende su sufrimiento, pero por otro, y al margen de que hoy planteé que fue un error, prepararon lo que para Occidente es un atentado, aunque para ellos se haya tratado de una incursión armada. Son cuestiones de retórica, pero lo más interesante es que el personaje tiene claros y oscuros”, explica.

–Usted vivió un tiempo prolongado con los protagonistas de Mensajero antes de comenzar la filmación y varios meses en el barco de Caja cerrada. ¿Cómo trabajó aquí la previa del rodaje?

–Cuando conocimos a Hamdan prácticamente no nos habló. Sólo nos preguntó cuál era la extensión territorial de la Argentina y cómo era el clima. También nos dijo que a la semana nos iba a contestar y efectivamente lo hizo. Una vez que te dicen que sí, te abren todas las puertas. Nosotros vivimos tres meses en su aldea, Deir al-Gusun, que está en el norte, en la zona más caliente del conflicto. Estuvimos en una casa de dos pisos. En la planta baja vivía una familia palestina y arriba nosotros. La gente fue extremadamente amable. El Corán dice que todo peregrino que venga a tu tierra y no te ataque debe ser bien atendido, así que la hospitalidad fue extrema.

–¿Cuál es el peso social de Hamdan en su aldea?

–Nosotros decíamos que estábamos filmándolo a él y ya estaba. De hecho, cuando filmamos unas escenas en un mercado de Tulkarem, que es un pueblo cercano mucho más grande, la gente nos preguntaba qué estábamos haciendo y cuando decíamos que era una película sobre la vida de Hamdan, no pasaba nada. A él lo conoce todo el mundo, sobre todo porque habla muy bien hebreo y ayudó a mucha gente tratando con las autoridades israelíes de la zona. Es alguien muy respetado en el lugar.

–¿Hubo algún condicionamiento respecto de los temas a tratar?

–Desde el momento en que nos dijo que sí, jamás quiso ver qué estábamos filmando ni nada. De hecho, gracias a él entramos en una cárcel en la que estuvo preso. Y también nos trajo a sus amigos, entre ellos a un guerrero de elite que vino por él. Lo único que pasó fue que cuando le preguntamos dónde se entrenó en Siria y cuál era el objetivo final de la misión, respondió: “Me interrogaron y torturaron durante años y no lo dije, no se los voy a decir a ustedes”. Fue lo único que no nos dijo.

–Tanto Caja cerrada como Mensajero estaban centradas en el mundo del trabajo, algo que aquí prácticamente ni se menciona. ¿Sentía que el tema estaba agotado?

–No, al contrario, el mundo laboral sigue interesándome y seguiré indagando en el futuro. Lo que pasó acá es que surgió la oportunidad de filmar en Palestina y me interesa mucho lo que ocurre en estos lugares de conflicto. Siempre decimos que la experiencia humana a la hora de un rodaje a veces puede ser más interesante que la propia película. Me gusta filmar lo que no conozco, descubrirlo a partir del rodaje y de vivir con la gente en el lugar.

–Otra de las diferencias con sus trabajos anteriores es el peso mayor de la palabra. ¿Coincide?

–Desde ya. Como director era un desafío que la palabra no funcionara solamente como anclaje, sino que tuviera un valor más climático, de atmósfera. Más allá de que aquí era necesaria para contar un relato, el desafío era cómo hacer para que esa palabra no tuviera una función solamente descriptiva y pudiera llevar al espectador a un estado particular.

–¿De qué forma trabajó la relación con las imágenes, teniendo en cuenta esa importancia climática del sonido?

–Lo primero que hicimos fue juntarnos con Hamdan para que nos contara toda su vida. A él le pasaron mil cosas (hubiéramos podido hacer una película de quince horas), así que era necesario recortar. Entonces elegimos el período entre su llegada de Siria, el entrenamiento a Omar y los años en la cárcel. Nos volvimos a juntar, profundizamos en esos hechos y empezamos a escribir el guión con él. Recién entonces salimos a buscar las imágenes y locaciones. En muchos festivales me decían que daba la sensación de que la memoria estaba encapsulada en las paredes, y todo eso surgió después del guión. Lo que no implica que no hayamos trabajado las imágenes con el mismo cuidado que en las películas anteriores. Para mí la parte formal es muy importante. Estábamos convencidos de que por hacer una película en Palestina y con un contenido político clarísimo no había que perder de lado la reflexión formal.

–¿Por dónde pasa aquí esa reflexión?

–Hamdan decía que tenía la misma importancia que sus compañeros y que por una circunstancia determinada se hizo líder en la cárcel. Todo el tiempo decía eso. Entonces pensamos cómo podíamos reflejarlo y se nos ocurrió que los amigos aparecieran en un plano cerrado similar al de él para que tuvieran la misma importancia formal. Eso no es explicado con palabras, sino a través de un discurso cinematográfico. Después hay cuestiones de montaje. Nos parecía interesante abrir la película con una imagen cerrada de él sin que se sepa quién es, y después, cuando ya se sabe todo sobre su vida, cerrar con la misma imagen. Eso nos permitía reflexionar sobre la lectura audiovisual, cómo una imagen en un momento puede significar una cosa y después otra mucho más compleja.

–Más allá de una suerte de alegato final, el protagonista narra los hechos con mucha frialdad y distancia emocional. ¿Eso fue una búsqueda artística o era una característica propia del personaje?

–Fue compartido. Es cierto que hay una búsqueda para que toda la película tome una unidad con un tono uniforme, pero los palestinos tienen una relación muy distinta de la nuestra con el dolor y el sufrimiento. Ellos narran cosas que a uno podrían parecerles terribles con una frialdad e incluso con un grado de humor que descoloca. Sienten que todo lo que les pasó es parte de una estrategia de resistencia y lo narran desde ese lugar.

–¿Lo viven con mayor naturalidad?

–Absolutamente. Hay que tener en cuenta que Hamdan actuó en los ’70, pero hoy Al Fatah ya no está de acuerdo con este tipo de acciones, sino que plantea la vía diplomática. Entonces hay mucha capacidad de reflexión sobre lo que hicieron, y cuando lo cuentan siempre lo hacen desde ese lugar. De hecho, tanto él como los amigos que aparecen en la película son personas absolutamente formadas. Es muy difícil encontrar a alguien en la resistencia que no sea médico, ingeniero o licenciado en literatura; gente con mucha racionalidad sobre lo que han hecho y hacen.

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“El Corán dice que todo peregrino que llegue en paz a tu tierra debe ser bien atendido, así que la hospitalidad fue extrema”, dice Solá.
Imagen: Sandra Cartasso
 
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