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Viernes, 27 de marzo de 2015

CINE › MOMMY, DEL CANADIENSE XAVIER DOLAN, PREMIADO EN CANNES

Cuidado, madre hay una sola

La sensiblería visual de Dolan no extraña en un film gritón y algo ampuloso, ideal para el despliegue de histrionismos, que alterna situaciones genuinamente emotivas con golpes de efecto melodramáticos de dudosa calaña.

 Por Diego Brodersen

Director jovencísimo (nació en 1989) y prolífico como pocos (cinco largometrajes a la fecha), al québécois Xavier Dolan el mote de “niño mimado” le queda chico, particularmente luego de que su última película recibiera el Premio del Jurado del Festival de Cannes, distribuido ex aequo junto a nada más y nada menos que Jean-Luc Godard. Mommy regresa, una vez más, a un tema que parece obsesionarlo: las relaciones problemáticas entre madres e hijos, que ya estaban presentes –y de qué manera– en su ópera prima, Yo maté a mi madre, estrenada en ese mismo festival en el año 2009. Y si bien, como en aquella película, ciertas cuestiones ligadas a la sexualidad están también presentes en este último esfuerzo, son otros los problemas que ponen al borde de un estallido emocional al dúo central. La primera escena presenta a Diane (Anne Dorval), a la que todos llaman simplemente Die, luego de un no tan leve accidente automovilístico. Así, un poco en shock, sin auto y con algo de sangre en la frente, se presenta en la escuela para retirar a su hijo quinceañero, Steve (Antoine-Olivier Pilon), expulsado del lugar por provocar un incendio de manera indudablemente intencional.

Por el diálogo que sigue entre Die y la rectora de la institución y los alaridos y epítetos de Steve que se escuchan a través de un walkie-talkie, resulta claro que ninguno de ellos calza ni remotamente en cualquier clase de arquetipo de madre o hijo ejemplar que se quiera imaginar, si es que tales cosas existen. Más datos: Die, cuarenta y pico de años, viuda y físicamente muy atractiva, sobrevive apenas con un trabajo que pende de un hilo (por cierto que la idea de supervivencia es muy distinta en la geografía canadiense); Steve, joven iracundo, solitario y agresivo con serios problemas de conducta y una fijación con la figura materna alterna episodios de violencia verbal y física con otros de absoluta dependencia emocional. Mommy concentra su atención en la posibilidad de reconstruir ese vínculo dañado, incorporando un tercer personaje a esa relación central, una vecina cuyos problemas de timidez la han alejado de la profesión docente y parecen estar acelerando la descomposición de su matrimonio.

Dolan decidió rodar la película en un formato de pantalla perfectamente cuadrado, nunca antes utilizado en un largometraje, que extrañamente genera la sensación de ser más alto que ancho –ilusión óptica mediante–, como esos videos grabados de forma errónea con un teléfono celular. Decisión como mínimo caprichosa, ese formato asfixiante (como la relación entre los protagonistas, por supuesto), que puede defenderse a partir del constante uso del primer plano de los personajes –como si se tratara de retratos en movimiento–, en otros momentos no alcanza a contener a los actores en el cuadro, ante sus movimientos y los de la cámara misma. Resultan particularmente molestas las dos instancias en las cuales la imagen se “abre” a un formato más tradicional, utilizando el ancho de pantalla como metáfora de... ¿libertad, profunda algarabía, joie de vivre?

Tamaña sensiblería visual no extraña en un film gritón y algo ampuloso, ideal para el despliegue de histrionismos, que por cada palada de cal echa también una de arena, alternado situaciones genuinamente emotivas con golpes de efecto melodramáticos de dudosa calaña. Resulta claro que uno de los objetivos de Xavier Dolan es provocar al espectador, llevarlo de la mano en una suerte de montaña rusa emocional con bruscos giros, subidas, bajadas y sacudones. Pero, en el fondo, detrás de ese lustre border y algo excéntrico que puede encandilar e incluso enamorar, no hay mucho más que un correcto telefilm de la semana sobre un chico con problemas de conducta y sus conflictos con la sociedad y el entorno más cercano. ¿Y qué hubiera pensado el drugo Alex DeLarge sobre esa ley de fantasía con la cual se abre y cierra el relato, excusa para el quiebre argumental y disparo de salva culposo sobre el espectador?

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Anne Dorval y Antoine-Olivier Pilon: las relaciones peligrosas entre madre e hijo.
 
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