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Jueves, 28 de mayo de 2015

CINE › EL INCENDIO, PRIMER LARGOMETRAJE EN SOLITARIO DEL REALIZADOR ARGENTINO JUAN SCHNITTMAN

El rito de una pareja al borde del estallido

Con dos únicos protagonistas (un soberbio trabajo de Pilar Gamboa y Juan Barberini), un tiempo acotado y pocos escenarios, el film aborda con acierto una historia en la que siempre hay cierta violencia contenida y que deja un final felizmente abierto.

 Por Horacio Bernades

“Ah, ¿querés pelear?”, provoca Marcelo (Juan Barberini) a Lucía (Pilar Gamboa) en la secuencia inicial, enfrascándose en un pugilato de mentiritas, en el que ella se defiende tanto como ataca. Después la siguen en la cama, aunque un compromiso impostergable los obliga a posponer el placer para más tarde. La escena tiene pluralidad de sentidos. Por un lado, deja ver en clave lúdica la dinámica real de esa pareja, anticipando además, como farsa, lo que cuando se cierre el círculo rozará la tragedia. A la vez, que Marcelo y Lucía se hagan tiempo para jugar a que se pelean, pero no para hacer el amor, resulta significativo del estado o la forma de su relación. Cuando lo hagan, será en clave de juego sadomaso, canalizando las altas dosis de violencia de la relación pero no expurgándola, como confirman las escenas posteriores. Por lo demás hay un elemento engañoso en esa primera escena, que es el hecho de que Lucía dé pelea de igual a igual: la que constituye con Marcelo es una típica pareja despareja, en la que la amenaza física del macho es permanente, con la hembra optando por callar y echar paños fríos. Hasta que Lucía no aguante más y se plante en medio del ring.

En su primera película en solitario (codirigió de a cuatro El amor (primera parte), 2004, y de a dos el rockumental Grande para la ciudad, 2007), Juan Schnittman (Buenos Aires, 1980) hace de esa pareja su interés exclusivo, concentrando todo sobre ellos. Tiempo (la diégesis se desarrolla en poco más de 24 horas), acción (todo se reduce a esperar que llegue “la hora señalada”), personajes (dos únicos protagonistas, el resto aparece en una escena cada uno), y es algo más flexible en términos de espacio (el departamento de ellos, sobre todo, pero también sus lugares de trabajo, el consultorio de un médico, una inmobiliaria, la casa de unos amigos). La peripecia es la mínima indispensable para servir como disparador: Lucía y Marcelo se mudan, por lo cual su departamento está ocupado por pilas de cajas, con todo embalado. Originalmente iban a firmar el boleto de compraventa hoy (el hoy del relato), pero surgió un inconveniente y deberán hacerlo mañana. Entonces, tensión por tener que andar con semejante cantidad de billetes encima y más tensión, porque en lugar de tenerlos consigo durante un rato deberán guardarlos por 24 horas. El plazo prefijado sirve, a la vez, como un tercer factor de tensión.

Pero Lucía y Marcelo no parecen necesitar de esa circunstancia para estar tensos. El, al menos. Ella es puro abrazo, tragar para adentro y, llegado el punto, estallar en lágrimas. Marcelo contesta agresivamente a primera hora de la mañana (en el primer minuto de la película), cuando ella le pregunta algo mientras él se está despertando. De allí en más, de su parte todo serán caras de culo, enojo, gritos, algún ataque de furia digno de un chico peligroso, rompiendo todo lo que tiene a mano y, lo más preocupante, zamarreos y sacudones muy violentos, dando la sensación de que Lucía está a un paso de convertirse en mujer golpeada.

Aunque ambos son gente de clase media, y ése es un detalle muy interesante (él es docente secundario; ella trabaja como cocinera en un buen restaurante), Lucía no parece advertir, o tal vez prefiera hacerse la zonza, su condición de mujer en peligro. Hasta que no aguanta más y reacciona pasando al frente, como en la primera pelea de mentiritas. Pero enseguida convierte la pelea en polvo. Un polvo violento, con elementos sadomaso y cierto coqueteo tanático por parte de ella. ¿Están sublimando la violencia entre ambos o la están actuando? Las dos o tres escenas siguientes (las finales) se ocupan de responderlo, de modo felizmente abierto y alusivo.

En términos de puesta en escena está todo bien en El incendio. La cámara varía de punto de vista (la película está narrada desde una tercera persona variable), encierra en ocasiones a sus muy aprisionados protagonistas, abre el encuadre cuando se requiere (el grave ataque de un grupo de alumnos al profesor), se mantiene fija, expectante, o sigue los movimientos de los actores (el plano secuencia en travelling que acompaña a Lucía y Marcelo, desde las cajas de seguridad del banco hasta la calle). El espacio puede adquirir una significación extra, sin necesidad de caer en la alegoría unilateral: los barrotes de las cajas de seguridad aluden a la situación de los protagonistas. La iluminación aprovecha las zonas oscuras del departamento para funcionar también con sentido expandido.

En su debut como protagonistas cinematográficos, Pilar Gamboa y Juan Barberini, ambos con amplia experiencia teatral, están magníficos, en roles que les exigen mantener presión desde el comienzo hasta el final de cada plano. Si El incendio no llega a ser una película mejor, es en parte por un par de desbalances (en una escena de interior se cae en el teatro filmado; la escena con los amigos trastabilla), pero sobre todo porque su horizonte parecería ser, a la larga, demasiado corto: ¿cuánto interés puede tener una pareja que no para de pelearse, por la misma clase de disputas de poder doméstico que suelen larvar a millones de otras parejas?

7-EL INCENDIO

Argentina, 2015

Dirección: Juan Schnittman.

Guión: Agustina Liendo y J. Schnittman.

Fotografía: Soledad Rodríguez.

Montaje: Andrés P. Estrada.

Duración: 95 minutos.

Intérpretes: Pilar Gamboa, Juan Barberini, Luciano Suardi, Marcelo D’Andrea, Andrea Garrote.

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Los protagonistas conforman una típica pareja despareja, en la que la amenaza física del macho es permanente.
 
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