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Domingo, 9 de agosto de 2015

CINE › DESTACADA PRESENCIA ARGENTINA EN EL FESTIVAL DE FILM LOCARNO

Cortos y largos detrás de un Leopardo

Gulliver, de María Alché, y La novia de Frankenstein, de Agostina Gálvez y Francisco Lezama, compiten por los Pardi di domani al mejor cortometraje, mientras El movimiento, segundo largo de Benjamín Naishtat, concursa en Cineasti del presente.

 Por Luciano Monteagudo

Desde Locarno

Pablo Cedrón (al centro) en una escena de El movimiento, de Benjamín Naishtat.

Los Alpes suizos –y ni hablar del chocolate– parecen a punto de derretirse por la tremenda ola de calor que en estos días abruma a toda Europa, con temperaturas que se empeñan en no ceder de los 40, pero el Festival de film Locarno, ubicado en el cantón de habla italiana de Ticino y recostado sobre el Lago Maggiore, no se rinde. Y menos el cine argentino, que como suele ser costumbre en Locarno tiene una presencia importante. Uno de los más antiguos y venerables festivales de cine del mundo, Locarno sin embargo ha sabido ganarse –primero bajo la dirección del francés Olivier Père y desde hace tres años bajo la del italiano Carlo Chatrian, su actual conductor– justa fama de festival cinéfilo, abierto tanto a las Historia(s) del cine a la manera de Godard (de hecho, así se titula una de sus secciones) como a las nuevas tendencias y los directores jóvenes. Y de éstos tiene muchos el cine argentino actual, con un alto promedio de óperas primas y cortos de alumnos y egresados de las escuelas de cine.

De hecho, este año en la competencia Pardi di domani, por el Leopardo de Oro al mejor cortometraje, hay dos títulos flamantes, que vienen a reforzar la idea –como ya sucedió también en Cannes, en mayo pasado– de que el formato chico no le queda grande al cine argentino. Tanto Gulliver, de María Alché, como La novia de Frankenstein, dirigido a cuatro manos por Agostina Gálvez y Francisco Lezama, son dos films muy sólidos, que tienen una dosis importante de frescura y humor, pero de los que no puede decirse que trabajen exactamente la cuerda de la comedia. Es en esa franja ambigua, deliberadamente equívoca e inasible, donde se encuentran sus mejores virtudes.

Formada en la Enerc, la escuela de cine del Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (Incaa), María Alché es reconocida sobre todo como actriz (fue la protagonista de La niña santa, de Lucrecia Martel), pero tiene una amplia experiencia como fotógrafa y cortometrajista. Y Gulliver –que hace esperar lo mejor de su primer largometraje, aun en su fase de escritura– es un corto sumamente logrado, 25 minutos en los que una banal cotidianidad es atravesada sorpresivamente por el misterio, que sigue siendo banalmente cotidiano. Hay algo cortazariano en esa rara dimensión donde lo familiar se vuelve tenuemente fantástico. Un chico y una chica, típicos hermanos postadolescentes, van a bailar y cuando están volviendo a casa, con la resaca a cuestas y las primeras luces del día hiriéndoles los ojos, descubren de pronto en la incongruente escultura de Gulliver que se levanta en el Parque de la Ciudad, que los acompaña otro chico, que también dice ser su hermano. Y que ni bien llegan a la casa es reconocido como tal por la madre (excelente Susana Pampín), como si la noche anterior hubieran salido los tres juntos de casa. Una precisa dirección de actores, complejidad en la elaboración de cada plano y esa sensual promiscuidad familiar que es una marca del cine de Martel y que Alché aquí parece haber heredado, son algunos de las singularidades de su Gulliver.

Algo de la ambigüedad de ese título que remite a un personaje fantástico tiene también La novia de Frankenstein, que no transcurre en la Mitteleuropa del siglo XIX sino en plena Buenos Aires de hoy. Y donde nadie experimenta con la vida ni mucho menos con la muerte. Una chica (Miel Bargman, que tiene un personaje secundario en Gulliver) trabaja como asistente de una inmobiliaria que alquila casas y departamentos a turistas extranjeros. Pero sucede que a uno le exagera, a otro le miente y a un tercero directamente le roba el celular, provocando todo tipo de malentendidos y extrañamientos, no sólo con sus clientes sino también con sus amigos. Se diría que se trata de una fabuladora serial, una mitómana, pero hay una ligereza de tono, un aire festivo muy post nouvelle vague que convierten al corto de Agostina Gálvez y Francisco Lezama (egresados de la Universidad del Cine) en una suerte de ejercicio sobre la levedad.

Si ambos cortos son, cada uno a su manera, alegres, luminosos, no se puede decir lo mismo de El movimiento, segundo largometraje de Benjamín Naishtat después de Historia del miedo, estrenado en la Berlinale del año pasado. Realizado gracias al programa de producción dedicado a directores emergentes que tiene el festival coreano de Jeonju, donde Historia del miedo fue premiada, El movimiento está filmada en un opresivo blanco y negro y ambientada en un espacio indeterminado del interior de ese territorio virgen que comenzaba a llamarse República Argentina, allá por 1835. La película de Naishtat –que compite en Locarno en la sección Cineastas del presente, dedicada a primeros y segundos films– viene a sumarse así a ese imaginario que el año pasado reabrió para el cine argentino Jauja, de Lisandro Alonso, esos amplios horizontes apenas poblados, donde las fronteras se estaban haciendo a sangre y fuego y la violencia formaba parte consustancial del paisaje.

Pero a diferencia de Jauja, que elegía finalmente el camino del fantástico para extraviarse en una suerte de leyenda nórdica, El movimiento en cambio se concentra en el enfrentamiento tácito, siempre demorado, de dos facciones de un mismo bando, dos grupos sumamente violentos que vienen trajinando esa pampa virgen saqueando y matando, en nombre de una supuesta organización nacional. Deliberadamente abstracta, la película de Naishtat se abstiene de mencionar a unitarios y federales o, por caso, de dejar caer siquiera el nombre de Rosas, pero esos fantasmas alimentan su relato. Al menos para un espectador argentino. El espectador extranjero, en cambio, quizás comprenda que en ese caldero hirviente que era el territorio argentino dos siglos atrás ya había antagonismos brutales que El movimiento tiene la intención de marcar como fundantes de la idiosincrasia argentina hasta hoy en día, un poco como señalaba ya Historia del miedo, donde ya había dos bandos enfrentados, los medrosos habitantes de los barrios cerrados y la clase prestadora de servicios que rumiaba en la periferia y era percibida como una sorda amenaza.

Filmada en apenas once días en condiciones extremas y con sólo dos escasísimos meses de postproducción, debido a los tiempos que impusieron los coproductores coreanos (en Argentina se sumaron Federico Eibuszyc, Barbara Sarasola Day y Varsovia Films, de Diego Dubcovsky), El movimiento es una película en muchos sentidos febril y esa fiebre y esa urgencia son los que le dan su temperamento, al que no es ajeno la estupenda actuación de Pablo Cedrón como el feroz cabecilla de uno de esos bandos en pugna. Cuando llegue el estreno en Argentina, dará lugar seguramente a una discusión más profunda, que ponga sobre la mesa cuestiones ideológicas pero también formales, como esos pequeños anacronismos que parecen decir que ese pasado sigue impregnando el presente.

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