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Martes, 15 de septiembre de 2015

CINE › DISPARIDAD DE ESTETICAS Y MODELOS DE PRODUCCION EN EL FESTIVAL DE TORONTO

Unas brechas cada vez más profundas

Mientras las superproducciones de Hollywood, como The Martian, de Ridley Scott, hegemonizan la atención del público y la prensa, películas mucho más modestas pero más valiosas, como la italiana Bella e perduta, también necesitan del festival.

 Por Luciano Monteagudo

Desde Toronto
Bella e perduta, del italiano Pietro Marcello, desconcierta por su belleza y su misterio.

Si hay algo por lo que se distingue el Toronto International Film Festival es por su multiplicidad casi esquizofrénica, por la posibilidad que ofrece de contrastar brutalmente –en un mismo día, saltando de una sala a la otra– estéticas y modelos de producción, de intentar pensar el cine desde los polos no sólo más dispares sino incluso antagónicos. Nacido hace 40 años como un “festival de festivales” y concebido para acercar al público de la ciudad los grandes títulos de Berlín, Cannes y Venecia, Toronto creció de manera exponencial como mercado, ganó en influencia y poder económico, construyó su propia sede con cinco salas propias sobre las cuales se levanta una lujosa torre-condominio, pero nunca quiso sacrificar esa pretensión de calidad, por más que se haya visto invadido cada vez más por la maquinaria de Hollywood y el festival sea ya desde hace tiempo una de las plataformas al Oscar, casi seis meses antes de la ceremonia de la Academia.

¿Qué pueden tener en común, por ejemplo, The Martian (Misión Rescate, se titulará en Argentina), la última supeproducción en 3D dirigida por Ridley Scott y protagonizada por Matt Damon, a un costo de más de cien millones de dólares, con Todo comenzó por el fin, el diario personal del colombiano Luis Ospina sobre los pocos buenos amigos –Andrés Caicedo, Carlos Mayolo– que junto a él conformaron el llamado Grupo de Cali, que a fines de los años ’70 sacudió la modorra del cine de su país? Nada, en absoluto. Y ahí están, compartiendo democráticamente la grilla y el catálogo del TIFF, aunque no el interés de la prensa y el público, por cierto. Pero una película permite hacerle lugar a la otra, aseguran en Toronto, que para las 399 películas de este año dispone de 28 salas de todos los tamaños y formatos, desde los Imax 3D con olor a pochoclo hasta el pequeño, cálido auditorio de la Art Gallery of Ontario, vigilado desde la entrada por una bellísima escultura de Henry Moore.

Lo que desnuda año a año Toronto es que cada vez es más ancha y profunda la grieta que separa ambos cines, el llamado de autor y los tanques destinados a arrasar con la taquilla. Eso no implica que dentro del cine “artie” no haya también películas –y son muchas– hechas a pura fórmula, como Dégradé, por ejemplo, una producción palestina protagonizada por una docena de mujeres recluidas en una peluquería, un ejemplo de cine políticamente correcto fabricado a la manera de un gran teleteatro. Pero eso no hace más valiosa a The Martian, que aún siendo lo mejor que ha hecho el director de Blade Runner en años (lo que no es mucho decir) no deja de ser una variación más larga y menos lograda de Gravedad, la película dirigida por el mexicano Alfonso Cuarón que volvió a poner en órbita al cine ambientado en el espacio exterior.

Donde se notan más claramente las diferencias no es tanto cuando está en juego el cine como espectáculo sino cuando Holly-wood se pone serio. Es el caso de Beasts of No Nation, la película que trajo a Toronto Cary Joji Fukunaga, el director de la celebradísima primera temporada de la serie True Detective. Basada en una historia real, novelada en 2005 por el mismo agonista que la padeció, esta producción de Netflix –la plataforma de streaming que este año ha pasado definitivamente a la realización de su propio material– narra la historia de un niño africano víctima de una guerra civil, convertido de un día para el otro en huérfano de padre y madre, y al siguiente en un soldado asesino, con apenas 10 u 11 años.

Hay que reconocer que la película de Fukunaga es mucho más brutal y gráfica en su violencia de lo que suelen ser las producciones estándar de Hollywood, en especial considerando que quien ejerce esa violencia es muchas veces el protagonista, un niño. Pero a la vez esa pretensión de realismo no parece estar al servicio de ninguna reflexión. Con una banda de sonido en la que la música aturde tanto como el fuego de metralla, Beasts of No Nation parece buscar el efecto de shock hasta anestesiar los sentidos, con esa tranquilidad final tan propia de Hollywood de saber que el autor vivió para contarlo, escribió un libro y ahora con él han hecho una película que se exhibe en los festivales de Toronto y Venecia, donde el niño actor (Abraham Attah) se acaba de llevar un premio “revelación”, en lo que puede ser otra antesala del Oscar.

Si de revelaciones se trata, hay una que llama la atención: ¿no es sintomático que tanto esta película como Beasts of the Southern Wild (2012), también protagonizada por una niña negra (Quvenzhané Wallis), que fue nominada por la Academia, lleven en su título la palabra “bestia”? ¿De qué “bestias” estamos hablando? Hasta en Argentina el distribuidor seguramente se sintió incómodo y decidió rebautizar aquella película –premiada en Sundance y Cannes– como La niña del sur salvaje.

Al margen de la digresión, en Toronto también hay películas que están en las antípodas de este modelo de importancia impostada. Películas perdurables, significativas de verdad, como la italiana Bella e perduta, que llegó aquí directamente desde el Festival de Locarno y que sigue desconcertando con su belleza y su misterio. Lo que ha conseguido Pietro Marcello (el director de La bocca del lupo, premiada en el Bafici 2009) es algo único en el cine italiano: recuperar el espíritu de la obra de Pasolini sin siquiera pretender imitarlo. Lo que ha hecho es –como quería Pasolini– volver a las raíces míticas de su cultura y extraer de allí una fábula que se proyecta al presente.

Su protagonista no podría ser más real, ni más trágico: un pobre pastor de la región de Campania, en el sur de Italia, que durante años, como si se tratara de un mandato ancestral, se empeñó en cuidar él solo, ante la indiferencia del gobierno y las amenazas de la mafia, de un hermoso castello abandonado, pero que aun en su estado ruinoso daba cuenta de la la rica herencia cultural de la región. La sospechosa muerte del pastor, a quien Marcello venía filmando hacía años, reconfiguró por completo la película, que pasó a convertirse en un film coral, que incluye la voz y la imagen de ese pastor, la de un Pulcinella que –como en la tradición de la commedia dell’arte– va comentando críticamente la acción, y hasta la de un pobre búfalo destinado al matadero, un animal que no se puede sino asociar al inolvidable burro de Al azar Baltazar (1965), el clásico de Robert Bresson.

Todas esas voces van narrando juntas la trágica historia de un paese que es también la del país todo, dominado por la indiferencia y la corrupción. Porque la película adquiere su verdadero sentido cuando se repara en que el título del film está tomado del famoso “Va, pensiero”, el coro del tercer acto de la ópera Nabucco, de Giuseppe Verdi, que expresa toda la nostalgia por la tierra natal. No por nada, su verso más recordado es “Oh mia patria sì bella e perduta!”.

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