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Viernes, 5 de febrero de 2016

CINE › EL HOMBRE NUEVO, DEL URUGUAYO ALDO GARAY, RODADA ENTRE MONTEVIDEO Y MANAGUA

En la lucha, que es cruel y es mucha

Premiada como el mejor documental LGBT en la Berlinale 2015, la nueva película del director de El casamiento cuenta la vida de Stephania, una travesti uruguaya que durante su infancia en Nicaragua fue Roberto, un niño alfabetizador para la Revolución Sandinista.

 Por Diego Brodersen

Más allá de su idiosincrasia y características únicas, el nuevo documental del uruguayo Aldo Garay parece conformar un díptico junto a su anterior El casamiento (2011), que seguía a la pareja integrada por Ignacio y Julia, un hombre y un transexual de casi setenta años, a lo largo de varios meses previos a su unión matrimonial. El hombre nuevo tiene como protagonista a una travesti (o mariquita, como ella misma se define en un momento del film). Ambas películas retoman un proceso de investigación que Garay había iniciado hace varios años y que había tenido su correlato en pantalla en el mediometraje Yo, la más tremendo (1995) y el largo Mi gringa, retrato inconcluso (2001), fragmentos de los cuales fueron utilizados como material de archivo en estos dos últimos esfuerzos. Puede verse a una joven Stephania Mirza Curbelo en algunos pasajes de El hombre nuevo, pero su presente es el del año 2013, mientras sobrevive trabajando de “trapito” en las calles de Montevideo, se entrevista con una asistente social antes de una posible intervención quirúrgica para cambiar de sexo o prepara un viaje a su país de origen luego de casi treinta años de ausencia.

Stephania nació con el nombre de Roberto a muchos kilómetros de Uruguay, en Nicaragua, y su historia pasada es tan particular como su presente. Aldo Garay realiza una operación similar a la de El casamiento, permitiendo que el espectador conozca a un personaje (y a una persona, tratándose de un documental) más allá de su fachada, de su rostro y rasgos físicos. Desde muy joven, Roberto formó parte de un grupo educativo revolucionario como docente (a una edad en la que usualmente se es alumno), durante los años de la Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional. Luego de conocer a una pareja de tupamaros de “visita” en Nicaragua, Roberto decidió abandonar un hogar numeroso donde el alcoholismo y la violencia eran moneda corriente e iniciar una nueva etapa en el sur, cerca de las costas rioplatenses. Esa vida nueva dio otro vuelco, años más tarde, cuando decidió dejar atrás su imagen masculina, génesis de una dura separación de sus padres adoptivos. Esas y otras historias –que incluyen un período de prostitución y marginalidad– son narradas por la propia Stephania sin falsas grandilocuencias y con un sentido del humor a prueba de balas, poco antes de ir al reencuentro de su madre, padre y hermanos en Managua.

Que Stephania es un personaje fuera de lo común –y no precisamente por su travestismo– es algo que va quedando nítidamente en claro a medida que El hombre nuevo comienza a entrecruzar pasados y presentes a través de diversos encuentros y entrevistas. En ese sentido, el film no es tanto un documental de observación –como sí lo era El casamiento– como un registro de realidades recortado por la propia protagonista y los suyos, aquellos que alguna vez fueron cercanos y ahora, tal vez, vuelvan a serlo. Que la familia nicaragüense de Stephania, convertida durante su ausencia al evangelismo, pretenda “enderezarla” y transformarla de nuevo en varón es una de las ironías de ese reencuentro que el film pone de relieve como una de las consecuencias agridulces del viaje.

Tal vez el mayor logro de El hombre nuevo –estrenada a comienzos del año pasado en la Berlinale, donde obtuvo el premio Teddy al mejor documental LGBT– sea el de darle visibilidad a un colectivo minoritario a través de la singularidad de uno de sus integrantes y no a partir de la generalización o la pintura de ambientes. La historia de Roberto y la de Stephania (la misma historia, al fin y al cabo) merecía ser contada y el realizador lo ha permitido destacando, por sobre todas las cosas, la humanidad de la protagonista. Incluso con bastante admiración por un ser humano que ha luchado durante toda su vida por muchas y muy diferentes causas. La historia de un hombre nuevo que –fracaso revolucionario mediante– nunca fue. Y la de una mujer nueva que lo es en todo derecho.

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La familia nicaragüense de Stephania, convertida al evangelismo, pretende “enderezarla”.
 
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