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Miércoles, 20 de septiembre de 2006

CINE › VERONICA CHEN HABLA DE SU PELICULA “AGUA”, QUE SE ESTRENA MAÑANA

Cuando la vida está bajo la superficie

“A veces, uno quiere pedir que no todo sea ganar o perder”, dice Chen sobre los personajes que habitan su nuevo film.

 Por Oscar Ranzani

Hace cuatro años, la cineasta argentina Verónica Chen sorprendió en la cartelera cinematográfica con su ópera prima Vagón fumador, una película cuya historia trazaba un retrato de la Buenos Aires nocturna a partir del encuentro entre un joven taxi boy y la cantante de un grupo de rock. Después de un estreno elogiado por la crítica, mañana comenzará a correr la cuenta regresiva de su nuevo desafío: en Agua es, además, guionista y coproductora junto al francés Denis Freyd, productor de los hermanos Dardenne. Precisamente la cuestión del desafío atraviesa –junto a otros temas– el hilo dramático de Agua, cuya trama tiene como protagonista al viejo campeón de natación Goyo (Rafael Ferro), que abandonó su carrera deportiva –y su mundo afectivo– después de una injusta acusación de doping en el Maratón Santa Fe-Coronda. Pero después de ocho años, Goyo decide volver a su pueblo y limpiar su nombre compitiendo nuevamente. Allí conocerá al Chino (Nicolás Mateo), un empedernido nadador de pileta que no logra clasificar para la selección nacional y con el que traba amistad. Desde ese momento, los afectos y el pasado de Goyo volverán a salir a la superficie, como su cuerpo del agua.

Chen concibió su nueva película a partir de dos imágenes que su mente conserva. Por un lado, la joven realizadora disfruta al manejar. “Entonces, tenía la imagen de la ruta y esa raya ancha y blanca que la conservo por un viaje a San Juan que hacía bastante seguido”, comenta en la entrevista con Página/12. “La otra –agrega– es la raya de la pileta. Cuando uno nada entrenando muchas horas, al final tiene una imagen congelada que es esta raya blanca o negra del fondo del piso de mosaico de la pileta. A partir de ahí, cada una desarrolla un personaje diferente. En el caso de la pileta era un nadador, y en el de la ruta era alguien que volvía después de ocho años y un pasado oscuro a recuperar sus afectos.” Chen señala que en el casting no era una condición el entrenamiento físico de los actores. “Rafael Ferro había practicado deportes, tiene estado físico y la noción de disciplina. Entonces, me despreocupé. Nico Mateo no sabía nadar, pero es un actorazo. Tiene una soltura y una plasticidad física natural.” Por eso lo eligió y Mateo se sometió, entonces, a un entrenamiento intensivo de tres meses.

–Dentro del agua desaparecen los conflictos del mundo exterior. ¿La idea de mostrar a esta gente acostumbrada a sumergirse y que sale a la superficie es también metafórica?

–Sí. Desaparecen los problemas del mundo exterior y aparecen otros problemas. Tienen mayor grado de interioridad. Lo que tienen en particular estos personajes es aquello que los diferencia de cualquiera que tiene una pasión o una actividad muy absorbente: este mundo es totalmente interior. En el agua no se oye, no se ve. Uno no puede hablar con nadie. Muchas horas de esto hacen que uno se enfrente con uno mismo. A veces, eso puede ser un infierno.

–¿Cómo buscó que funcionara ese concepto en la película?

–Por un lado, tratando de centrarme en esa subjetividad. No quería nada naturalista. Me documenté, pero no mostré esta documentación. Fue para crear un mundo propio. Yo quería usar el plano detalle o el primer plano. También quería hablar de este grado de exposición física de fragmentar el cuerpo. Eso era visualmente. Y jugué mucho en el sonido con este mundo interior. Sabía que es ahí donde se escapa, donde uno no controla. Porque uno puede cerrar los ojos y deja de ver si quiere negar algo. Pero uno no deja nunca de oír, no puede cerrar los oídos. Y este mundo interior se va filtrando.

–Reducir los diálogos al mínimo, ¿tenía que ver con transmitir una idea de aislamiento?

–Sí, pero estos son personajes naturalmente parcos: no hablan. Tal vez me interesan por eso también. Son austeros, secos. Así es como uno los ve que son en la vida real. Evidentemente, es un gusto particular mío contar con pocos diálogos. Me interesa la gente que habla poco.

–¿Por qué?

–Me gusta la gente que es en un punto misteriosa. No es que oculta, sino que uno puede ver una profundidad más claramente, y un pasado. Hay gente que lo verbaliza y que lo expone más. Tal vez, a mí me gusta la gente que le cueste mostrarse.

–Algo que se desprende de la película es que, al igual que en otras competencias, la intolerancia al fracaso es muy fuerte.

–O también la sensación de injusticia. Se comete una injusticia con Goyo, se lo acusa de algo que no había hecho. Pero al escaparse y abandonar a todo el mundo, por más que el mundo es injusto con Goyo, él repite una injusticia. Ese es su punto de oscuridad. Por eso yo no quería que fuera simple. El fue injustamente acusado, pero también es injusto con los demás. Es un personaje en algún punto soberbio. Hay algo que pasa con él y con cualquiera que tiene una actividad y una pasión muy fuerte: esa pasión no te deja ver a los costados. Vos seguís para adelante y no importa qué pase. A mí me pasa mucho con el cine y le pasa a cualquiera que quiere sacar algo adelante y que es lo que más quiere en el mundo, y que no tiene que ver con el dinero ni con una cuestión material. Pero, a veces, eso hace que uno lastime también.

–En su película también subyace una crítica al salvajismo y a la ferocidad que muchas veces implican las competencias.

–Al mundo competitivo o al mundo en sí, y como yo veo la realidad, que es casi como una carrera de caballos. Lo vivimos de una manera feroz. Es casi un grito más que una crítica. A veces, uno tiene ganas de pedir que no todo sea ganar o perder. Y sobre todo que ese ganar o perder no se defina en un día, en una hora o por dos segundos. Eso es un poquito lo que se plantea en un momento de la película entre los dos personajes, que también representan a dos mundos de una actividad: para uno, en el mundo de la pileta lo único que importa es la velocidad. Y desde el otro lado, lo que importa es la resistencia. Hay una dualidad entre ellos.

–¿Por qué no hay música?

–No había música que pudiera imaginar. Me imaginaba sonidos fragmentados. Esta construcción del mundo es así. Uno saca la cabeza del agua y escucha, la vuelve a sumergir y no escucha. Entonces, escucha otras cosas que son melodías, frases, una construcción propia. Quería reflejar esto. Y aun cuando los personajes hablan entre sí en el mundo cotidiano de la tierra, esto sigue pasando. Entonces, para mí no había música posible, a menos que surgiera de algún elemento propio de la filmación como la tele o la radio prendidas. Estos personajes son de algún modo autistas. Una música era una influencia de afuera de este mundo.

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“Este mundo es totalmente interior. En el agua no se oye, no se ve, no se puede hablar con nadie.”
 
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