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Viernes, 20 de mayo de 2016

CINE

Encantos y flojeras del drama romántico

Aunque por momentos se deje llevar por los lugares comunes y nunca se anime a patear el tablero, la película tiene sus virtudes. Sobre todo por su convincente pareja de actores protagonistas, que va más allá de los programas de chimentos.

 Por Horacio Bernades

Tras el éxito de Abzurdah, sus pilares básicos –compañía productora, realizadora, guionistas, estrella– se reúnen para un proyecto más comercial. Lo que no quiere decir que sus elementos más sensibles –los de la segunda parte de la ecuación, digamos– hayan vendido el alma al diablo. Más que un melodrama, género que remonta su venerable tradición hasta el siglo XVII y en cine reconoce obras maestras por doquier, El hilo rojo es equiparable a una novela romántica, género utilitario, con legiones de lectoras fieles de este lado del mundo y permanente volumen de producción. La diferencia entre ambos reside en el nivel de riesgo estético y subversión potencial del melodrama, que suele arrastrar a sus protagonistas al extremo, mientras que los “novelones” explotan, por el contrario, la ilusión vicaria de las lectoras. Melodrama era, de hecho, Abzurdah, cuya enfermiza heroína adolescente no podía evitar esclavizarse, humillarse ante el macho que la despreciaba, llegando al límite de la autoflagelación y el intento de suicidio. Drama burgués, El hilo rojo no patea el tablero: juega un juego de convenciones mutuamente aceptadas. No por ello la oposición que plantea entre amor a largo plazo y pasión de mecha corta es descartable o necesariamente conservadora. Le puede pasar a cualquiera. De hecho, le pasa a cualquiera. La capacidad de interpelación de El hilo rojo es universal. Siempre y cuando se esté dispuesto a aceptar la convención más tramposa del género: la de que los ricos pondrán en peligro su estabilidad económica por amor.

El choque de planetas Suárez–Vicuña debe ser el más promocionado desde el de Susana y Monzón en La Mary.

Abril Saguier (nombre como para que quede claro que la chica no nació en Villa Soldati) es azafata. O, como aclara ella, “auxiliar de a bordo”. Como corresponde a un ciudadano chileno, Manuel es enólogo. Ella tiene 23, él algunos más. Se conocen en el check in de Ezeiza, los dos escuchando en las play lists de sus celus el mismo tema de Amy Winehouse (¿una referencia al oficio de él? No.) Se miran, se sonríen, está claro que se gustan, arriba del avión se vuelven a ver y, de modo insólito, en la zona reservada para las azafatas o auxiliares de a bordo se trenzan en tremendo chape, lo cual a la chica podría costarle el puesto. Arreglan para verse en Barajas pero un accidente que no se entiende muy bien (se entenderá sólo cuando se reencuentren y lo expliquen) les impide hacerlo. Cartel sobre fondo negro: “Siete años después”. La pucha, qué salto, piensa uno. Siete años después los dos están casados y con hijos. Ella (Eugenia “La China” Suárez) con un actor español muy bueno, Hugo Silva, que hace de músico y productor de rock. El, Benjamín Vicuña, con Guillermina Valdés, que hace de fotógrafa (la escena en la que les saca una foto a marido e hija en el viñedo, los tres vestidos de blanco y con unos sombreritos remonos, parece una publicidad del vino Bordolino de los años 70).

Por una de esas casualidades de biógrafo (lo cual no tiene nada de malo; si no fuera por estas casualidades no existirían los melodramas, las comedias y varios géneros más), Abril y Manu se reencontrarán en la paradisíaca Cartagena de Indias, que provee su fondo de tarjeta postal, un hotel 5 estrellas, un paseo turístico y un chaparrón entre tropical y genérico para que finalmente ambos consumen lo que la platea está esperando. El choque de planetas Suárez-Vicuña debe ser el más promocionado desde el de Susana y Monzón en La Mary, otro drama romántico bastante despreciado en su momento. Aquél era un melodrama, claro, con todos esos gritos, esos fantasmas y esa sangre, y éste no, como ya se dijo. Pero como La Mary y disculpando una fotografía destinada a que se vea todo con la mayor claridad posible, El hilo rojo va más allá de su guión, gracias a tres elementos: las buenas actuaciones en general, la de Eugenia Suárez en particular, y la utilización dramática de los primeros planos.

En su debut en un protagónico cinematográfico, Suárez había sorprendido en Abzurdah, con un nivel de entrega infrecuente a un papel sumamente tortuoso, que por otra parte se prestaba al peligro contrario: el de la sobreactuación, el camelo, la actuación para la tribuna. Todo ello limpiamente sorteado por la autenticidad de esta actriz de origen televisivo, cuyos antecedentes hasta ese momento eran de mera rubia linda. En El hilo rojo Suárez ratifica, en los momentos en que la cosa se pone densa, su grado de compromiso. El resto del tiempo es pura presencia, que la tiene y mucha, realzada por los justísimos primeros planos de la realizadora Daniela Goggi. Que serán de manual, destinados a intensificar los momentos eróticos o dramáticos, pero cumplen elocuentemente su función. ¿Académicos? No, lo académico carece de pasión y estos planos la transmiten. Lo que sí es sumamente acomodaticio es el final, diseñado para todos los gustos: cerrado para la espectadora que prefiera que Abril vuelva con su marido, abierto para la que quiera verla próximamente en brazos de su amante, y hasta fatal para las más pesimistas.

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