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Sábado, 9 de julio de 2016

CINE › ALL THE WAY, CON BRYAN CRANSTON, EN LA GRILLA DEL CANAL PREMIUM HBO

Un Maquiavelo entrenado y desconfiado

Si algo produce asombro en All the Way, coproducida por Steven Spielberg, es la caracterización que Cranston, el mismísimo Walter White de Breaking Bad, hace de Lyndon B. Johnson, el sucesor de John Fitzgerald Kennedy en la presidencia de Estados Unidos.

 Por Horacio Bernades

“Hacer lobby es como levantarse a una mujer”, le dice el hombre blanco al hombre negro. El blanco es alto, engominado, de modales toscos y una franca propensión al humor chabacano. El negro es serio, solemne incluso, y se lo nota bastante incómodo con la comparación y el trato confianzudo que propone el otro. El blanco es un típico texano de tierra adentro llamado Lyndon Baines Johnson, súbitamente elevado a Presidente de la Nación cuando meses atrás, en su estado natal, tres balazos terminaron con la vida de John Fitzgerald Kennedy. El negro también es sureño, pero de Atlanta. La otra costa, literal y metafóricamente. Es pastor bautista, se llama Martin Luther King y desde hace una década lidera la lucha por los derechos civiles, que su contertulio ha tomado como bandera. Basada en una obra teatral y estrenada en la televisión estadounidense a fines de mayo, desde hace un par de semanas All the Way (Hasta el fin) integra la grilla del canal premium HBO, pudiendo vérsela mañana y días subsiguientes en distintos horarios, de esos absurdamente precisos que este canal estila (ver al pie). Si esos horarios no son cómodos, internet ofrece otras opciones, por el momento sólo con subtítulos en inglés pero pronto también en castellano.

Si algo produce asombro en All the Way es la caracterización que Bryan Cranston, el mismísimo Walter White de Breaking Bad, hace de Lyndon B. Johnson. Cranston ya había hecho el papel en teatro y repite aquí. Hay, en primer lugar, un trabajo de maquillaje de primera línea, que por una vez no se nota, sino que convierte el rostro del actor –que a cara limpia no se parece en nada al del personaje– en el de la persona representada. Olvídense de gruesos yesos, arrugas de elefante, prótesis nasales como aquella trompa legendaria (de elefantito, también, oh casualidad) con la que en Las horas se ideó hacer pasar a Nicole Kidman por Virginia Woolf. Nada de eso. Largas orejas (¡de elefante!), una prótesis nasal ejemplar, el escaso pelo tirante y el par de anteojos. El resto es la titánica labor de mimesis de Cranston, en base a horas y horas de visión y revisión de material de archivo, de modo de hacer revivir a LBJ ante el espectador.

En cuanto a la actuación en sí, tal como en Trumbo, otra tarea de orfebrería, Cranston vuelve a adscribir al estilo bien visible. El estilo Dean-Brando-Nicholson-Pacino, pongamos, para trazar una línea con marcador grueso. Ése que para muchos espectadores es el no va más de la actuación y para otros, entre quienes el cronista se incluye, peca de exhibicionista. No por nada Cranston es uno de los productores ejecutivos del telefilm: el papel le sirve en bandeja el Emmy allí donde en teatro ya ganó un Tony, un par de años atrás. Otro de los productores ejecutivos de All the Way es Steven Spielberg y no llama la atención, teniendo en cuenta que parte de las dos horas y cuarto de duración están dedicadas a la caza de votantes, tal como sucedía de una punta a otra de Lincoln, antepenúltima realización del autor de la inminente El buen amigo gigante (se estrena el jueves próximo).

Adaptada para televisión por su autor, Robert Schenkkan, All the Way debe su título al eslogan de campaña de Johnson cuando se postuló para presidente en 1964, y es justamente en ese momento, cuando el hasta entonces “presidente accidental” se convierte en presidente electo, que Hasta el fin finaliza. Habida cuenta de que es inminente el estreno de una segunda parte de la obra, llamada The Great Society, que cubre la segunda presidencia de Johnson, todo indica que no pasará mucho tiempo antes de que Cranston vuelva a calzarse la prótesis nasal y las orejas de elefante para las cámaras. “Clausewitz dijo que la política era la guerra por otros medios”, dice el Lyndon Johnson de All the Way. “No es así. La política es la guerra, simplemente.” Efecto tal vez de la proximidad en la grilla televisiva del Francis Underwood de House of Cards, de la pérdida de ingenuidad propia de la época o de la verdad histórica pura y dura, el LBJ de Cranston y Schenkkan es un político de raza. Esto es: un Maquiavelo entrenado y desconfiado, que cuando jura como Presidente en el Air Force One (es lo que sucedió el 22 de noviembre de 1963, día de su cumpleaños y del asesinato de JFK) tiene a sus espaldas un cuarto de siglo en la política.

Como el Lincoln de Spielberg, Johnson “muñequea” a diestra y siniestra, en un tiempo y un país que eran como un toro furioso. Y en Texas se dedican, entre otras cosas, a montar a esa clase de bestias. Recordemos: en la Estados Unidos modelo ‘63 venía de cometerse un magnicidio que conmocionó al planeta; el mundo se hallaba en plena Guerra Fría; Fidel y los suyos acababan de echar a patadas a la CIA y los gusanos de Bahía de los Cochinos; durante la primera presidencia de Johnson escalaría la intervención estadounidense en Vietnam; crecían la lucha por los derechos civiles y, por consiguiente, el racismo, la intolerancia y el crimen racial; al frente del FBI estaba J. Edgar Hoover, dispuesto a microfonear hasta al propio Presidente si su paranoia se lo aconsejaba; se avecinaban otros magnicidios.

All the Way se circunscribe a ese año de gestión que va de noviembre 1963 a noviembre 1964. En la ceremonia de asunción Johnson promete que va a profundizar la política de derechos civiles de Kennedy, convirtiendo en ley lo que hasta entonces era un decreto. Martin Luther King (Anthony Mackie, casi más parecido a Duke Ellington que al reverendo King) se para y aplaude, con cierta sorpresa, mientras los llamados “dixiecrats”, demócratas sureños segregacionistas, liderados por el senador Richard Russell (el gran Frank Langella, siempre imponente) no entienden nada, y el facho de Hoover (Stephen Root) se apresta a meter las narices bajo la cama de quien sea. La cosa es complicada, porque el demócrata-blanco-racista Russell es el mentor de Johnson en política, y Johnson deberá intentar hacer pasar la ley que Russell no está dispuesto a dejar pasar. Deberá vencer a su vez la desconfianza del reverendo King y su gente, presionados por sus bases, que ven a los suyos asesinados en atentados en la lejana Mississippi.

Hasta el fin es una especie de House of Cards algo menos despiadada, con un Johnson más progre de lo que el antiimperialismo tercermundista de aquellos tiempos nos permitió ver en su momento. Más progre puertas adentro, al menos: el tipo no sólo logró hacer aprobar las leyes de derechos civiles sino las de seguros de salud para los pobres y los jubilados, además de lanzar planes de viviendas sociales y alcanzar durante su segunda presidencia la etapa de mayor prosperidad más parejamente repartida de su país. Más progre y más chancho: en una escena atiende a su secretario privado cagando, con la puerta del baño abierta.

Una minucia: el telefilm, que tiene el estándar de calidad técnica habitual en las producciones de HBO, fue dirigido por Jay Roach, que tras haber hecho lo propio con dos famosas sagas cómicas, las de Austin Powers y La familia de mi novia, pasó al cine “serio”. Lo curioso es que ésta es la tercera producción sobre elecciones que dirige, luego de Recuento (2008, sobre las del 2000), Game Change (2012, sobre las del 2008, en particular sobre James McCain y Sarah Palin) y Locos por los votos (2012, sátira sobre una campaña imaginaria), todas las cuales fueron editadas aquí en DVD. ¿Si existe algún paralelismo entre los años 60 de All the Way y la actual campaña eleccionaria? Si se toman los discursos más cerrilmente racistas de los dixiecrats y se remplaza a los negros de antes por los inmigrantes mexicanos de ahora, se hallarán significativas semejanzas entre aquellos retrógrados y el actual candidato del pelo batido, con la peculiaridad de que los dixiecrats eran unos demócratas muy particulares y éste es un republicano de ley.

* Hasta el fin (All the Way) se verá por HBO mañana a las 17.03; el miércoles a las 17.48 y el jueves a las 19.45.

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Una especie de House of Cards menos despiadada, con un Johnson más progre de lo que se creía.
 
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