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Jueves, 15 de febrero de 2007

CINE › “CARTAS DESDE IWO JIMA”, UN NOTABLE CIERRE PARA EL DIPTICO REALIZADO POR CLINT EASTWOOD

Muy lejos de toda corrección política

Con varias cartas escritas por soldados japoneses como punto de partida, Eastwood construye una narración íntima, infrecuente en el cine bélico. Así, Cartas... relata la debacle japonesa con una perspectiva diferente, a la que contribuyen una música asordinada y la ominosa fotografía de Tom Stern.

 Por Horacio Bernades

La idea de filmar dos películas mellizas, como modo de narrar un episodio bélico desde los encontrados puntos de vista de ambos contendientes, puede sonar a tic de la corrección política. Segunda parte del díptico dedicado a la batalla homónima, abierto un mes atrás con La conquista del honor, basta ver Cartas desde Iwo Jima para verificar que Clint Eastwood, el más clásico de los realizadores contemporáneos, difícilmente haga concesiones a cualquier tendencia de época. No hay ni sombra del menor artificio ético o estético en Cartas desde Iwo Jima, y aquello que en otras manos hubiera sonado a coqueteo políticamente correcto (filmar en Japón, con elenco casi exclusivamente de ese origen hablando en ese idioma) responde en este caso a estrictas, impostergables necesidades expresivas.

Si La conquista del honor, versión desde el lado de los ganadores, hacía foco en temas como la mentira oficial, el simulacro y la construcción mediática (prefigurando así la forma que adoptaría el mundo en la posguerra), ahora Cartas desde Iwo Jima representa la crónica, triste y melancólica, de una tragedia anunciada. Juntas, ambas constituyen un proyecto de una ambición, madurez y compromiso (compromiso con la historia, con el presente, con el cine mismo) absolutamente inusitados, teniendo en cuenta la infantilización que mella el cine contemporáneo. Detalle llamativo, ambas partes del díptico narran sendas formas de la derrota: la militar, en el caso de Cartas...; la política y moral, en el de La conquista del honor.

Basada en el epistolario del general Tadamichi Kuribayashi y con guión de Iris Yamashita (asistida por Paul Haggis, cuya primera colaboración con Eastwood fue la desafortunada Million Dollar Baby), Cartas desde Iwo Jima recoge no sólo las cartas enviadas por aquél a los suyos desde la alejada isla de Iwo Jima, sino las que otros soldados y oficiales escribieron desde el lugar de combate. Nominada a cuatro Oscars, la película de Eastwood abre en presente, con un grupo de investigadores descubriendo, en las cuevas que Kuribayashi ordenó construir, una saca de correo con cartas jamás enviadas. De allí en más, Cartas desde Iwo Jima funciona como transcripción de ese epistolario retenido. Recurso que la voz de cada uno de los emisarios refuerza desde el off, emparentando a Cartas... con la polifónica La delgada línea roja, que también narraba un episodio de la batalla del Pacífico. Por otra parte, que la palanca narrativa sean cartas enviadas a seres queridos asegura, para la película de Eastwood, un carácter de narración íntima, altamente emotivo y nada frecuente en un film de guerra.

A poco de llegar a Iwo Jima, el general Kuribayashi (el magnífico Ken Watanabe, de El último samurai y Memorias de una geisha) se entera de que –producto del estado de debilidad en el que se hallan las fuerzas imperiales– el Alto Mando no enviará fuerzas de mar ni de aire para fortalecer la defensa, ante el inminente ataque de las tropas aliadas. Lo cual es como decretar la derrota y anticipar la muerte de 20 mil hombres de infantería apostados en la isla, cuya negra arena volcánica parece funcionar como recordatorio de lo que se avecina. Con la ayuda de Tom Stern (su director fotográfico de cabecera desde Río Místico), Eastwood refuerza el carácter elegíaco mediante una ominosa fotografía, muy próxima al blanco y negro. En ella, lo único que se destaca es el color del fuego, producto de las bombas descargadas por los Mustang P-51. Con la alta, reconcentrada emotividad colabora fuertemente la asordinada música compuesta en buena medida por Kyle Eastwood, hijo del realizador.

“Qué me importa la patria”, dice un soldado en el comienzo mismo, aportando a la película uno de sus vectores morales: el pragmatismo, el sentido de realidad, cierta picaresca incluso, que derivarán, cuando todo esté perdido, en intentos varios de deserción. En tensión con esta línea (que parece admitir como antecedentes no sólo los films de guerra de Sam Fuller, sino incluso a los desertores Gassman & Sordi en La gran guerra, de Mario Monicelli) asoma otra, la del honor y la nobleza, representados por varios soldados y oficiales. Sobre todo, el general Kuribayashi y su amigo, el barón Nishi, unidos no sólo por valores compartidos sino por un latente e inesperado homoerotismo, con el amor por los caballos como alusión más evidente. Frente a ellos se recortan necios altos mandos, oficiales propensos al castigo y soldados norteamericanos capaces de asesinar al enemigo sin razón, barriendo con toda regla bélica.

Cineasta premoderno, Eastwood honra, en Cartas desde Iwo Jima, un tema que la contemporaneidad echó por tierra: el de la dignidad en la derrota, tantas veces celebrado por John Ford. Es que el maestro de La diligencia sigue siendo, de modo evidente, el gran referente cinematográfico del realizador de Cazador blanco, corazón negro. Si La conquista del honor contradice aquello de que “si la leyenda es superior a la realidad, hay que imprimir la leyenda” (síntesis de la voluntad fordiana de mitificación histórica), en Cartas desde Iwo Jima Eastwood parece reencontrar al Ford de Viñas de ira, Fuimos los sacrificados, Más corazón que odio o El ocaso de los cheyennes. En ellas, el otrora poeta épico optaba, como lo hace ahora su discípulo, por darles voz a aquellos a quienes los Estados Unidos derrotaron, traicionaron o excluyeron. Cosa curiosa, la obra de ambos cineastas, a los que tiende a identificarse con la América más reaccionaria, termina denunciando como ninguna otra los crímenes de la Nación, en los momentos en los que éstos se identifican.

9-CARTAS DESDE IWO JIMA

(Letters from Iwo Jima) EE.UU./Japón, 2006.

Dirección: Clint Eastwood.

Guión: Iris Yamashita, sobre libro escrito por Tadamichi Kuribayashi.

Fotografía: Tom Stern.

Intérpretes: Ken Watanabe, Kazunari Ninomiya, Tsuyoshi Ihara, Ryo Kase y Shidou Nakamura.

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La película de Clint Eastwood representa la crónica, triste y melancólica, de una tragedia anunciada.
 
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