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Viernes, 28 de diciembre de 2007

CINE › LA CREACION ARGENTINA VIVIO UN AÑO DE PUROS CONTRASTES

Pantallas demasiado llenas para salas demasiado vacías

¿Cómo llegar a una definición ajustada de lo que vivió el cine argentino durante 2007? Hubo películas de calidad, grandes documentales y una sana intención de crear contra viento y marea. Pero abundaron las incógnitas.

 Por Horacio Bernades

Se podría ilustrar un balance del cine argentino 2007 con cinco fotos tomadas a lo largo de la temporada, en alguna de las multisalas líderes. Si se quiere obtener la mejor imagen posible convendrá hacerlo durante las funciones de mayor concurrencia, que son las de los sábados a la noche. Y empezar a comienzos de año. Mediados de marzo es una buena fecha. Fin de semana de estreno de Ciudad en celo, que venía de ganar el Premio del Público en el Festival de Mar del Plata. Primera conmoción: a pesar de ese antecedente, la foto muestra apenas unos 30 espectadores desperdigados. La situación se repite un mes más tarde, en la misma sala, con La antena, que en todas las votaciones de fin de año fue elegida entre las mejores de 2007. Pegando un salto hasta agosto puede probarse qué ocurre con El destino, lo nuevo de Miguel Pereira, todo un nombre desde que filmó La deuda interna. Para qué: la foto obtenida ofrece un panorama aún peor que las anteriores.

¿Tal vez la cosa haya mejorado hacia fin de año? Se puede intentar con UPA, una película argentina, una comedia ligerita, ideal para ver un sábado a la noche con amigos. Además ganó varios premios en la última edición del Bafici. Nada de todo eso la hace funcionar: en la función del sábado 17 de noviembre a las 20, en el Village Recoleta, hay unos 20 espectadores. La instantánea más reciente fue tomada el 15 de diciembre, en una función de Estrellas, que tiene por protagonista a uno de esos personajes que hacen reír a cualquiera y también ganó varios premios en el Bafici. Más vale resignarse: en esa foto aparece tan poca gente como en cualquiera de las anteriores.

Taxonomías

Si bien la disminución de espectadores no alcanza cotas alarmantes, el consumo de cine argentino ya no se reparte, como otros años, entre subproductos superrecaudadores y películas de arte –que llevan un público reducido pero fiel–, con dos o tres casos de “cine industrial de calidad”, de asistencia media, funcionando como bisagra entre un extremo y otro. No, ahora se tira la perinola y sale siempre “pierden todos”, con contadísimas excepciones. Pierden los supersubproductos (la más recaudadora del año, Incorregibles, llevó un 50 por ciento menos de la cantidad de espectadores a la que aspiraba), pierden las cada vez más escasas películas “de arte” (por ejemplo, Encarnación) y pierde el cine industrial de calidad, con El pasado a la cabeza.

Sí, es verdad, a algunas no les fue tan mal. Sobre todo, a varias enrolables dentro del mencionado “cine industrial de calidad”, como pueden ser La señal, XXY y, sobre todo, Quién dice que es fácil, que terminó segunda en recaudaciones (ver aparte). Con ella, Juan Taratuto, que tres años atrás la había pegado con No sos vos, soy yo, se confirma como el cineasta más exitoso del último lustro. Dentro del cada vez más flaco rubro “cine de arte”, tampoco le fue mal a El otro, aunque haya tenido un desempeño levemente inferior al de El custodio, su equivalente de un par de temporadas atrás. Otro tanto podría decirse de Una novia errante, a la que –por tono, perfil y tamaño de producción– la cifra de 25.000 espectadores le calza como un triunfo. Ni qué hablar de los casi 15.000 concurrentes, en sólo 3 salas, que redondeó Música nocturna, cifra que ni el propio Rafael Fillipelli, cineasta secreto si los hay (o había), hubiera soñado jamás. Pero esas son las excepciones, y no es con excepciones que giran las ruedas de una industria.

Sólo 80
(y algunas más)

¿Cómo se llega a 80 y pico de estrenos nacionales, cifra record que no tiene nada que envidiarle a la producción anual de cinematografías mucho más ricas y poderosas, como la española, la alemana o la italiana? La respuesta es muy sencilla: sumando más de un 20 por ciento de películas que no sólo nadie va a ver, sino cuya misma existencia se borra, poco más tarde, hasta de la memoria de los periodistas especializados.

¿Por qué se estrenan tantas? Tampoco es un secreto. Como la ley vigente prevé un subsidio para toda película estrenada en una sala del circuito oficial (sin que para cobrarlo deba reunirse un mínimo de espectadores), el simple hecho de estrenar es negocio, aunque se lo haga a sala vacía. Pero el problema no es tanto la sala vacía –al fin y al cabo, eso no puede preverse, y en caso de que se pudiera, la cantidad de butacas ocupadas no dirían nada sobre la calidad del film proyectado– como algunas películas que en ellas se exhiben. Es aquí donde parecerían estar fallando los controles de calidad, que son responsabilidad de los distintos comités que deliberan en esferas del Instituto de Cine. Las autoridades del Incaa aseguran, sin embargo, que todo funciona como es debido y que una mayor severidad en la preselección representaría una política restrictiva y elitista.

Descentrándose

Si hubiera que definir un mainstream o corriente principal de lo que alguna vez se conoció como Nuevo Cine Argentino, esa línea la trazaría una serie de películas adustas y programáticas, con protagonistas que emprenden viajes interiores y una cámara-testigo que comparte cada uno de sus silencios. Balizada por hitos como La libertad, Parapalos, Los muertos, Extraño, El custodio y Hamaca paraguaya, esa traza da la impresión de haber llegado a un límite este año, con estribaciones postreras como El otro y, en menor medida, Encarnación.

Frente a ese agotamiento surgió un puñado de películas disímiles, que coinciden en su voluntad de apartarse de aquel modelo. No del todo logradas, se trata de películas fuera de norma, que parecerían preferir el riesgo de la imperfección antes que aspirar a una ilusión de redondez. Eligen los márgenes cinematográficos y no el centro de la escena, el registro menor en lugar de la gran ambición, un cierto grado de espontaneísmo en vez de rigor programático. Más dionisíacas que apolíneas, esas películas son ¿De quién es el portaligas? (obra de un rockero, Fito Páez), Las mantenidas sin sueños (dirigida por una actriz de fuerte formación teatral, Vera Fogwill), UPA (de sus cuatro directores, sólo uno tiene formación de cineasta) y Más que un hombre (de un cómico popular de la tele, Dady Brieva).

Habrá que ver en qué medida ese impulso marca tendencia y hasta qué punto sus realizadores tienen intención de seguir produciendo cine con regularidad. Pero todos ellos parecen advertir, con grados variables de autoconciencia, que el cine argentino está necesitando cambios de marcha, variantes, quiebres. Eso es lo que les da valor.

Año Doña

Otro rasgo saliente de 2007 fue la abundancia de películas meritorias que tuvieron, detrás de cámara, a mujeres realizadoras. No es un fenómeno nuevo, como lo demuestran los nombres de María Luisa Bemberg, Lita Stantic, Lucrecia Martel o Albertina Carri, pero lo cierto es que este año la huella femenina parece haberse impreso con más fuerza que nunca. No se trata, claro, de una sensibilidad determinada o de capacidades “distintas”, sino de una simple potencia genérica, expresada en términos de cantidad y calidad.

Presidiendo la rama femenina aparece la que posiblemente sea la película más resonante del año, XXY, que a su consagración en la Semana de la Crítica de Cannes le sumó un considerable éxito de público en casa, nominaciones al Oscar y al Goya y premios varios. Y sin embargo, la ópera prima de Lucía Puenzo no es una película pensada para complacer a todos los públicos. Por el contrario y aunque no carezca de ripios, su capacidad de generar inquietud parece fuera de discusión. Detrás de ella se encolumnaron el notable documental Los próximos pasados, primera película da sola de Lorena Muñoz, correalizadora de Yo no sé qué me han hecho tus ojos; la mencionada Las mantenidas sin sueños, debut en la dirección de Vera Fogwill; Una novia errante, magnífico opus dos de Ana Katz (que también viene del teatro); Encarnación, de Anahí Berneri; Vísperas, de Daniela Goggi; Cuando ella saltó, de Sabrina Farji... Si hasta de los cuatro realizadores de UPA, tres son mujeres.

Se trata, sin duda, de la punta de un iceberg que seguirá asomando.

Una vieja gaffe

Cuando se piensa 2007 como una temporada pobre, se está incurriendo en una vieja gaffe: la de suponer que cuando se habla de cine, es al cine de ficción a lo que uno se refiere. Porque en términos estrictamente estéticos, el hecho relevante del año fueron los documentales. Que cada vez son más y mejores.

En su empuje, el documental argentino tiende a desafiar todo límite. Si Los próximos pasados aparece animada por una pulsión narrativa que al cine de ficción no suele sobrarle, Pulqui, un instante en la patria de la felicidad derrocha el espíritu lúdico y épico de una de aventuras, mientras que M puede ser vista como film noir político, en el que nada es lo que parece y no hay certeza que no tambalee. Si a ellas se les suman Fotografías, Argentina latente, Hacer patria, Cocalero y hasta muestras más pequeñas pero igualmente estimulantes, como El exterior y Un pogrom en Buenos Aires, se tiene un registro perfecto de la variedad, audacia y voluntad de poderío que este campo cinematográfico ha alcanzado en la Argentina.

Sin ir más lejos, la mejor película “de ficción” del año, la casi secreta El árbol, de Gustavo Fontán, es más documental que ficción.

Esperando 2008

Si en términos de calidad el balance fue pobre, conviene tener en cuenta que 2007 fue un año de preparación, en el que lo más importante estuvo más en los sets de rodaje que en las pantallas. Varios de los nombres mayores de lo que alguna vez se llamó Nuevo Cine Argentino –desde Lucrecia Martel hasta Pablo Trapero, pasando por Daniel Burman, Lisandro Alonso y Albertina Carri– estuvieron encerrados filmando sus nuevas películas, que se estrenarán a lo largo de la próxima temporada.

Allí se verá si es posible convencer al espectador de que el cine argentino no tiene por qué ser sinónimo de truchada, escualidez o vacío. O tal vez se compruebe que ya ni con eso alcanza para convencerlo. De ser así, habrá llegado la hora de repensar la relación entre películas y público.



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XXY, de Lucía Puenzo.
 
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