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Viernes, 28 de diciembre de 2007

TELEVISION › DE PASEO POR EL POBLADO PLANETA DE LAS SERIES

La isla perdió misterio, Los Angeles se sumió en el caos

 Por Julián Gorodischer

Lost pasó de una metafísica de la conspiración a la reclusión a manos de enemigos sin cara tapada.

¿Las series del año? Hubo pocas novedades y muchos testimonios de la adicción por Lost y 24 (y además quedó instalado el sistema “pague para verlas” que subordinó al vivo de los canales de cable). “La mejor literatura se está haciendo en la televisión”, aseguró a Página/12 el escritor y blogger Hernán Casciari (el autor de esa especie de Simpson argentos apellidados Bertotti, en la blogonovela Más respeto que soy tu madre) y la compulsión a consumir series estadounidenses, durante 2007, parece darle algo de razón. Es verdad que la drástica huelga de guionistas que amenaza con paralizar toda la industria televisiva de 2008 es la noticia de fin de año (¡peligran las futuras temporadas de todos los ídolos catódicos!), pero al menos queda recordar y, en cualquier caso, volver a ver lo que tanto emocionó frente al televisor o el monitor, ahora que son más los fans que se las bajan de Internet o las compran al pirata favorito que los que esperan al vivo semanal, que hasta parece démodé.

En el caso de Lost, cambió el tono de la epopeya de los náufragos para convertirse en una guerra contra los llamados los otros, ya sin el halo de misterio que caracterizó a las dos primeras temporadas. Lost empezó el 2007 con un cautiverio que anunciaba el declive de la trama: sería el viraje de lo que fue una metafísica de la conspiración (hecha de silencios y ausencias) a la reclusión a manos de enemigos sin cara tapada, jaula de barrotes, el fin del misterio en el más trivial de los cautiverios posibles. Pero la historia fue levantando su intensidad a medida que la serie transcurría, llegando a picos de dramatismo con la muerte del rockero Charlie, y con un quiebre formal en el reemplazo de los históricos flashbacks por un flash forward que anticipó lo que ya puede verse en YouTube, como preludio de la cuarta temporada: hay un rescate inminente, pero no se sabe si eso es bueno. El guionista dejó en claro que la dilucidación de los secretos sobre los náufragos no significaba dar por tierra con la intriga y el deseo de seguir mirando; cada vez se está más cerca de entender ese limbo que se asociaba a lo sobrenatural y tiende más puentes hacia lo terreno y lo mundano.

En 24, la novedad fue una Los Angeles devastada por una serie de atentados que libanizaron el territorio de EE.UU., dando un giro total a la trama que ya no abordó la prevención del fin del mundo, sino cómo atenuar el daño, con Jack Bauer (Kiefer Sutherland) tratando de frenar la escalada de violencia. Ni en tiempos de adicción a la heroína, ni durante el duelo por su viudez, se vio al rey de CTU tan atormentado, anticipando un retiro a la fuerza parapolicial, descreído del poder político y más preocupado por atenuar el daño que por evitar la catástrofe. La que se vio es otro tipo de cuenta regresiva: menos ligada a una bomba a punto de estallar que a una seguidilla de explosivos reventando juntos, para los cuales sólo restó adivinar la duración de los intervalos entre uno y otro.

De lo nuevo, se destacaron los Héroes, de Universal, que forjaron desde su trama una metafísica del ser alado, del hombre invisible y la mujer inmortal o desdoblada en una buena y una mala, pero en estadío de aprendizaje. Lo que se vio es una novela de iniciación coral que siempre los localizó un poco torpes en el manejo de sus superpoderes, afines a la lógica de los X-Men y menos invencibles que los héroes clásicos, encumbrando a uno de ellos sobre los otros: el japonesito Hiro Nakamura, cuya cualidad es viajar en el tiempo y que descansó en un leve autismo, o un extravío de sonrisa invariable, inaugurando al superhéroe alienado y, gracias a su contradictoria condición de posibilidad, consolidado como favorito. Californication, de Warner, trajo de vuelta a la pantalla a David Duchovny como un alter ego masculino, más oscuro y decadente, de Carrie Brad-shaw (la protagonista de Sex & the city, a cargo de Sarah Jessica Parker), en un intento de exploración de la calentura masculina a los 30 y largos; se estrenó sobre el final del año y por ahora apenas reclama ser seguida de cerca en 2008.

De las “habladas en español” se destacó Ugly Betty (Sony, con América Ferrera), a la altura del original de Francisco Gaitán, transformando el tono de culebrón colombiano en una comedia más emparentada con El diablo viste a la moda, con interés incluso para los que ya seguían la historia de Ecomoda. El muy publicitado Tiempo final, desde Fox, convirtió el conflicto asfixiante ideado en la Argentina por los hermanos Borensztein en una liviana comedia de un enredo por cada capítulo, hecha de voces chillonas y textos recitados con la boca muy abierta, todo muy artificial e inadecuado en el mismo canal que emite la serie decana del tiempo real: nada menos que 24.

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