espectaculos

Jueves, 3 de noviembre de 2005

CINE › “VIDA EN FALCON”, DOCUMENTAL DE JORGE GAGGERO

Monoambiente con cuatro ruedas

El director de Cama adentro se interna en la cotidianidad de los que se quedaron afuera después de la crisis del 2001.

 Por Horacio Bernades

“Esto es libertad, vida al aire libre, sol, canto de los pajaritos”, dice el hombre, que no está tirado sobre una reposera precisamente, sino en el interior de su Falcon todo roto y eternamente estacionado junto a la vereda. Ya que no lo usa para andar sino para vivir, comer y dormir a bordo. Cruce entre documental social y película de freaks, posible versión disfuncional de El país que no miramos, Vida en Falcon le abre al espectador –sin el menor rastro de condescendencia– una de esas ventanas a lo cotidiano que la cotidianidad muy raramente permite entornar. El choque con estos dos sin techo, que se han inventado su propio modo de (no) vivir (tan) a la intemperie, tira al tacho los manuales de sociología a los que tantos documentales parecen seguir al pie de la letra. En lugar de ello, Vida en Falcon pone al espectador en presencia de lo inefable, lo singular e inclasificable. Y sin embargo, allá en el fondo, la situación de estos dos sin techo refleja también –desde su lumpenidad asumida, despreocupada y feliz– la de la Argentina del 2001-2002, que es cuando la película se filmó.
Según cuenta su realizador, fue de pura casualidad que Jorge Gaggero (el mismo de Cama adentro, una película bastante menos espontánea) se topó con esos dos personajes, cuando estaba intentando filmar otro documental, que finalmente jamás realizó. Lo propio de Vida en Falcon, lo que la hace tan vívida como única, es justamente ese componente de azar, la mezcla de perplejidad y curiosidad que el encuentro habrá despertado en Gaggero. Hay una sensación de impromptu e inmediatez que el espectador experimenta de entrada, con esa cámara metida entre los personajes, narrando una acción cuando ésta ya está empezada y recordando los comienzos de las películas de John Cassavetes, que solían abrirse de la misma manera. Hay una completa identificación entre la mirada del espectador y la del realizador, que se encontró con esa escena al bajar a la calle, en esa esquina de Manuela Pedraza y Arribeños, en el barrio de Núñez. Esa curiosa perplejidad, esa mirada compartida no se perderán en todo el curso de la película, con la cámara del realizador, prolongación de su ojo, funcionando como ojo del espectador.
La escena con la que dio Gaggero, con la que se abre la película, no es cualquier escena. Hay tres personas alrededor de un Falcon todo destartalado, con la chapa más arrugada que la piel de un rinoceronte y pedales que basta pisarlos para que sigan de largo. Dos de los presentes, aparentemente más entendidos en mecánica, asesoran al dueño del auto, que en ese momento viene de comprarlo (de comprárselo al Comando en Jefe del Ejército, informará más tarde). Y aclara que no sabe manejar. Si no sabe manejar, ¿para qué lo compró?, es la pregunta que nadie dejará de hacerse. Para vivir en él, tal como le aconsejó Orlando. Hace como cuatro años que Orlando vive en otro Falcon, estacionado adelante. A diferencia del recién comprado, el auto de Orlando está, podría decirse, acondicionado. No para correr sino para cumplir la función de dormitorio, cocina, antecocina, comedor y ... ¿baño? No, baño no. Orlando y Luis son gente limpia, y usan un McDonald’s de las inmediaciones para higienizarse y todo lo demás.
Lo que Orlando sí tiene dentro de su Falcon-vivienda es un montón de gatos, a los que alimenta (uno de ellos con correa y todo) y que andan entre lo que quedó de los asientos, con resortes a la vista. Una de las cosas más sorprendentes de Vida en Falcon es el clasicismo con que la película de Gaggero define narración y elementos dramáticos, aproximándose hasta tal punto al cine de ficción que hay quienes creen que está toda actuada. No sólo tiene dos protagonistas bien definidos, sino que éstos funcionan, además, a la manera de un típico dúo cómico: el veterano experimentado y exuberante y su discípulo inexperto y “colgado”. Este es capaz de jurar en una escena que al auto no lo vende por nada, y a la escena siguiente haberlo vendido ya, por el valor de “un sandwich de mortadela” (Orlando dixit).
Pero no es sólo cuestión de protagonistas sino el firme eje narrativo, que va de la compra del auto hasta su venta, pasando por todas las etapas de la relación dueño-vehículo. Qué decir de esos increíbles secundarios, Tito Latita (así llaman a uno que trabaja en un taller), Pepe Zapato (también conocido como “Zapatero loco”) y el muchacho que a partir de un momento se convierte en okupa automovilístico, usurpando el Falcon del pobre Luis, que no sabe cómo decirle que se vaya. ¿Y esas elipsis narrativas, que permiten que el espectador pueda reconstruir toda la vida anterior de Orlando, a partir de lo que cuentan unos vecinos? Todo con la cámara metida ahí y el ojo del realizador también, en las antípodas de esos conductores televisivos que juegan la carta de la corrección política, acercándose a la marginalidad mientras posan falsa comprensión.

8-VIDA EN FALCON
Argentina, 2005
Dirección: Jorge Gaggero.
Guión: Pablo Fendrik y J. Gaggero.
Estreno exclusivo en el Malba (sábados y domingos a las 18.30) y Cine Cosmos, en todos los horarios.

Compartir: 

Twitter
 

Orlando y Luis al frente de sus viviendas, en la esquina de Manuela Pedraza y Arribeños.
 
CULTURA Y ESPECTáCULOS
 indice

Logo de Página/12

© 2000-2019 www.pagina12.com.ar | República Argentina | Política de privacidad | Todos los Derechos Reservados

Sitio desarrollado con software libre GNU/Linux.